Empieza a haber establecimientos que muestran su rechazo a los creadores de contenido que convierten sus salas en platós improvisados. Los expertos recuerdan que el derecho de admisión tiene límites
Los influencers gastronómicos son prescriptores digitales que convierten muchas veces la experiencia culinaria en un espectáculo para las redes. Sobre la mesa despliegan focos, luces y varios teléfonos sujetos a atriles; narran a viva voz, con micrófono en mano (la ultima moda), cada plato que llega y mastican frente a la cámara mientras explican sensaciones y sabores a sus seguidores. Lo que para algunos es una eficaz herramienta de promoción y publicidad, para otros supone una alteración del ambiente y una transformación de la gastronomía en mero contenido audiovisual. Son figuras que han ganado un gran protagonismo en la última década, debido a la ingente comunidad de seguidores que han conseguido crear en redes como Instagram, TikTok, YouTube o Facebook, capaz de convertir un restaurante desconocido en un fenómeno viral de la noche a la mañana, sin reparar en su carácter efímero.
Y muchos son culpables, para esto no hay pena legal, de haber fomentado y alimentado algunas de las tendencias más sorprendentes del panorama culinario: desde los batidos coronados por montañas imposibles de nata, galletas y siropes hasta hamburguesas de dimensiones desproporcionadas, rebosantes de salsas y aderezos; desde platos concebidos para ser fotografiados antes que degustados hasta la obsesión, por ejemplo, por el queso fundido derramándose en cascada sobre cualquier alimento. También han contribuido a imponer la cantidad sobre la calidad, elevando a los altares cachopos de tamaño sábana y otras propuestas mastodónticas en las que el volumen importa más que el producto. La viralidad y el espectáculo por encima de la gastronomía.







