Cuando Alejo Pérez era chico llegaba al Teatro Colón con el dinero justo para sacar una entrada de paraíso y descubrir un repertorio que, dice, le cambió la vida. Décadas después es el director titular de la Orquesta Estable, un cargo que el teatro no se ocupaba de manera permanente desde hacía casi veinte años. Su gran desafío al frente del organismo coincide con el regreso de Otello, la penúltima ópera de Giuseppe Verdi, que vuelve al escenario del Colón trece años después de su última producción. Para Pérez, el doble acontecimiento une dos historias: la personal, marcada por el teatro donde se formó como espectador, y la artística, al frente de una obra que considera una de las cumbres de la madurez verdiana. “El verdadero genio es el que escribió la obra”. —Después de muchos años de trabajar con la Orquesta Estable desde distintos lugares, hoy te toca dirigirla como titular. ¿Qué representa este momento? —Siempre tuve una química muy agradable con la Estable, de mucho entendimiento, respeto y afecto. Siempre trabajé muy a gusto con ellos y me pareció una orquesta con una mística, con un fuego sagrado muy noble. Me conmueve porque es una orquesta de ópera, acostumbrada a tocar en el foso, a acompañar historias, sostener grandes voces y la acción sobre el escenario sin estar necesariamente en el primer plano. Ese espíritu de servicio es algo que siempre admiré. Además soy porteño y nunca perdí el vínculo con mi actividad en el país. Naturalmente, asumir esta responsabilidad es un motivo de orgullo, pero también una enorme responsabilidad. Mientras me toque estar acá quiero aportar todo lo que pueda para que la orquesta siga creciendo, tenga todavía más efectividad en el escenario y también una mayor presencia sinfónica. Creo que una orquesta de foso necesita desarrollar ambas facetas y que ese equilibrio la fortalece.