7 de agosto, 2026 - 07h00La tesis de Pablo Kleinman, presidente del Hispanic Jewish Endowment de Miami, según la cual la OTAN ha derivado en una relación de solidaridad desigual, no constituye una novedad coyuntural. Es la consecuencia de un proceso iniciado con el fin de la Guerra Fría, cuando desapareció el enemigo común que durante décadas mantuvo cohesionada a la Alianza Atlántica. Desde entonces, el vínculo transatlántico dejó de descansar solo en una amenaza compartida para depender, cada vez más, de la voluntad política de asumir responsabilidades comunes.La historia ofrece un contraste revelador. En 1982, durante la guerra de las Malvinas, Ronald Reagan decidió respaldar al Reino Unido, aun a costa del deterioro de las relaciones con buena parte de Iberoamérica. Aquella decisión reflejaba una concepción estratégica según la cual la unidad del bloque occidental prevalecía sobre cualquier cálculo circunstancial. Cuatro décadas después, el escenario es distinto. EE. UU. percibe que varios de sus aliados europeos exigen el respaldo de Washington frente a las amenazas que enfrentan, pero no siempre muestran igual disposición cuando los intereses estratégicos estadounidenses se desplazan hacia otras regiones.Los datos explican ese malestar. Durante años, la mayoría de los miembros de la OTAN incumplió el compromiso de destinar al menos el 2 % de su PIB a defensa. Entretanto, Estados Unidos continuó financiando la mayor parte del gasto militar de la Alianza y aportando las principales capacidades de inteligencia, logística, transporte estratégico y disuasión nuclear. La invasión rusa de Ucrania modificó parcialmente esa realidad, acelerando el incremento del gasto europeo, aunque más por necesidad que por convicción.La reciente Cumbre de La Haya confirmó ese cambio de época. El acuerdo para elevar progresivamente la inversión en defensa hasta el 5 % del PIB antes de 2035 constituye, en esencia, el reconocimiento de que la arquitectura de seguridad occidental ya no puede sostenerse sobre una dependencia mayoritaria de EE. UU. Al mismo tiempo, el centro de gravedad de la política exterior estadounidense se desplaza hacia el Indopacífico, donde la competencia estratégica con China concentra crecientemente recursos, atención y prioridades. Europa ya no ocupa el lugar excluyente que tuvo en el siglo XX. Como anticipó Irving Kristol, EE. UU. tendería a privilegiar la defensa directa de sus intereses nacionales antes que el mantenimiento indefinido de compromisos asumidos en un contexto histórico diferente.La OTAN conserva una capacidad militar sin precedentes. Sin embargo, las alianzas no sobreviven únicamente por la superioridad de sus arsenales, sino por la confianza mutua y la reciprocidad entre sus integrantes. Cuando uno aporta de manera sistemática mucho más que los demás, la solidaridad deja de percibirse como una responsabilidad compartida y comienza a entenderse como una obligación unilateral. Ese es el verdadero desafío que enfrenta hoy la Alianza: recuperar el equilibrio político que hizo posible su fortaleza militar. (O)
Roberto Passailaigue Baquerizo: OTAN: equilibrio perdido | Columnistas | Opinión
(...) las alianzas no sobreviven únicamente por la superioridad de sus arsenales, sino por la confianza mutua y la reciprocidad entre sus integrantes.








