Actualizado a las 19:49h.
Las visiones más divergentes sobre el futuro del vínculo atlántico se pondrán estos días sobre la mesa en la cumbre de la OTAN en Ankara, probablemente la reunión más tensa de los últimos años. La tarea de los aliados consiste en preservar la unidad en un momento en el que la organización es más necesaria que nunca y, al mismo tiempo, atraviesa una de las etapas de mayor incertidumbre desde el final de la Guerra Fría. La creciente inseguridad internacional, el regreso de la guerra al continente europeo, la inestabilidad en Oriente Próximo, la rivalidad con China y la arriesgada política exterior de Donald Trump obligan a redefinir los equilibrios dentro de la Alianza en un clima enrarecido. Ni siquiera el bloque europeo sostiene una posición monolítica y está sometido a divergencias ante un horizonte nuevo y desafiante.
Por su parte, los Estados Unidos lleva años reclamando a sus socios europeos un mayor esfuerzo inversor en defensa. Trump ha convertido esa exigencia en uno de los ejes de su política exterior y la ha formulado con una dureza que ha tensionado las relaciones entre aliados. Washington asegura que no va a seguir representando su papel tenedor del gran ejército del mundo si los demás no ponen de su parte. España se encuentra, además, en el punto de mira de Washington después de que Pedro Sánchez abriera un innecesario conflicto con la Casa Blanca para alimentar uno de los numerosos debates con los que ha intentado desviar la atención de los graves casos de corrupción que afectan a su Gobierno, al PSOE y a su entorno familiar. Sin embargo, el propio Donald Trump incurre en una evidente contradicción: reclama mayor compromiso a sus socios mientras adopta posiciones cada vez más alejadas del consenso que ha sostenido durante décadas la cohesión atlántica. Exige lealtad mientras erosiona la confianza mutua.













