Marlen Reusser. Demi Vollering. Fueron reina y vasalla en otros tiempos. Una estrella desde joven a la sombra de Van Vleuten y Van der Breggen en la Holanda todopoderosa de los últimos años, y una médica suiza que a los 27 años decidió que intentaría ser ciclista profesional. Una trabajaba, aprendía a colocarse, a leer las tácticas, a aguantar los contactos en el pelotón, y la otra recogía los frutos, las victorias. Ahora son rivales. Las dos máximas favoritas para ganar un Tour que no conoce la calma ni la compasión, ni le da paz a Paula Blasi. Reusser es calma pura, y control, una Miguel Indurain que se inmuta lo justo cuando Demi Vollering, relámpago inquieto, material inflamable, se empeña una, dos, tres veces, en prender fuego al Tour, que vive, en la travesía de las colinas pintorescas del Beaujolais, abrasadas al sol inclemente, su día más duro. Una etapa brutal, dicen todas, que acaba con las esperanzas de la frágil finalmente Pauline Ferrand-Prévot, deja la carrera en un duelo entre la suiza, sólida líder, y la feroz holandesa y devuelve a Paula Blasi, perdido el maillot blanco también, a la casilla de salida en su equipo, como si la libertad de la que gozó en la contrarreloj no fuera más que una falsa promesa sin compromiso: descubre la tremenda dureza del Tour y la gran calidad de las ciclistas que lo disputan, aprende de la soledad no deseada cuando Vollering ataca y revienta los pelotones y se sacrifica por la polaca Dominika Wlodarczyk y la italiana Elisa Longo-Borghini, y quizás sueña aún, después de estrellarse contra los montecitos explosivos entre viñedos en conquistar el viernes la desolación blanca del Mont Ventoux, un horno humeante en la llanura fragante de lavandas de la dulce Provenza.Antes de comenzar el Tour todas hablaban de Belleville en Beaujolais, el pueblito en el que terminaba una etapa que era como una mini Lieja, tan atractiva, tan complicada. Blasi la había estudiado y soñado con ella; Longo Borghini había declarado que se daría un capricho e intentaría hacer ruido, y su equipo, ambicioso, organiza una estrategia ofensiva para darle gusto, con Wlodarczyc, que sufrió un golpe de calor en la contrarreloj, un acontecimiento tan extraño en su tierra que en polaco no hay palabra que lo designe, y Squiban en la fuga, por si acaso. Paula Ostiz, estrepitosa a los 19 años, renacida la campeona del mundo júnior el día más duro del Tour, lidera el grupo a medias con las FDJ para controlar la fuga. Se prepara la tormenta. Entre tanto ruido, silenciosamente, Vollering, hormigas en las piernas, rendida al instinto cada vez que la carretera se eleva durante todo el Tour, calcula sus golpes. El primero, a 31 kilómetros de la meta, en la pequeña cota de Durbize, hace saltar por lo aires todo el montaje del UAE y las mínimas esperanzas de Ferrand Prévot, quien, como en todas las subidas explosivas, sufre e intenta subir a su ritmo lejano, lejanísimo. Solo Niewiadoma, en su terreno, y Reusser, tranquila, aguantan a su rueda. Longo se queda a unos metros de enlazar. Blasi, más diésel, se queda más atrás. Ni un segundo de respiro, y les espera el Mont Brouilly, una cúpula boscosa de volcán dormido pasadas las viñas, allá donde se reveló Alaphilippe hace nueve años, cuando aún nevaba, donde los compromisos se cumplen aunque duela y las esperanzas inocentes se entierran. “Ha sido un día brutal, brutal. Nos hubiera gustado estar en la lucha con las tres primeras, pero la carrera no se acaba hasta Niza”, resumía Cherie Pridham, la directora del UAE, mientras su líder, Logo, mirada perdida, intenta olvidarlo todo sumergida en una piscina de agua helada. “Nosotras seguimos luchando. Tengo que dar las gracias a todas y cada una de mis corredoras, pero quiero destacar a nuestra joven Paula Blasi, que lo ha dado todo por el equipo”.Las tres mejores se ponen de acuerdo y relevan. Blasi alcanza a Longo y tira de ella, gregaria magnífica, esfuerzo inútil. Se acercan a medio minuto del trío de Reusser, pero no enlazan. Llegan a 50s al pie del monte, pero allí la batalla es otra. Vollering ataca varias veces. La última, en el sombrío pasillo que un techo de hojas de árboles juntitos a la carretera les ofrece a todas un respiro. Reusser controla, la fuerza tranquila que emana paraliza cualquier iniciativa en su contra, y detrás Blasi se sacrifica hasta que no puede más. El sprint premia al fuego de Vollering, un rayo que iluminó la etapa como ninguna y atormentará a Reusser hasta el último metro. “Todo está a favor de Marlen”, dice. “Lo único bueno es que yo ya he ganado un Tour, y Kasia [Niewiadoma] también. Marlen es la que aún no ha conseguido ganar ningún Tour, así que tendrá que aprender a hacerlo. Pero, por supuesto, lo daré todo para evitarlo”. Y así estará hasta el domingo. Hasta Niza y más allá.