0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialLa semana pasada les conté la historia del cuento de los croissants que han sobrado del desayuno y que por la tarde nadie quiere: entra una chica con una Brompton y se los lleva todos por un euro. Una lectora que vive en Alemania me preguntó si la chica había pasado por casualidad o si lo había pactado con el propietario, si había acordado el precio y si existía una app de alimentos sobrantes con una tabla de precios. Puso como ejemplos la app Too Good To Go y Foodsharing, una organización de voluntarios que rescatan alimentos condenados a la basura. No supe qué decirle. Yo sólo buscaba un final y una amiga me dio la idea: cuando croissants y dónuts llevan horas discutiendo sobre cual de ellos está más apetitoso (los han horneado a primera hora de la mañana y están hechos una birria), viene una chica y arrasa con todo.La moralina empezó con los cuentos para niños y en los colegios Otras FuentesEmpezó con los cuentos para niños y en los colegios. No bastaba con que la historia fuera divertida, que estimulara la imaginación, la inteligencia y la ironía. Tenia que transmitir valores: promover la sostenibilidad, favorecer la integración, preparar a los niños para la muerte de los yayos. Esta idea de la literatura con valores ha pasado de las escuelas a las librerías. Muchos de los temas de moda están relacionados con algún tipo de moralina progresista. Son historias que nos enseñan a superar el duelo, reconciliarnos con los padres (o desfogarnos a costa de ellos), abordar los traumas y enfermedades mentales y reivindicar la identidad sexual.Muchos de los temas de moda en literatura están relacionados con algún tipo de moralina progresistaPaso el artículo a una serie de fieles lectores entre los que se encuentra mi amiga chinchona, que nunca está de acuerdo con lo que digo y que a la más mínima me mete el dedo en el ojo, de cachondeo. Fue quien me dio la idea del final del cuento de los croissants, cuando entra la chica y los compra por un euro. “¿Me dices en serio que no te acuerdas de lo que pasó? Te conté que gracias a la app Too Good To Go puedes comprar pastas que sobran, y comerlas de un día para otro. Te gustó la idea y la incorporaste al cuento” “¡Yooooooo?” “¡Si, tu! Te conté que algunos días desayuno pastas de Too Good To Go. Y tú te olvidas, le dices a esta chica de Alemania que no sabes de qué te habla y la sacas en un artículo como ejemplo de utilitarismo literario. ¡Esta chica no te ha hecho nada!”.Lee tambiénRebobino para intentar comprender lo que ha pasado. Le conté la idea a mi amiga chinchona, que me habló de Too Good To Go y me sugirió un posible final. Pero yo había escrito un cuento fantástico, en el que los croissants hablan y en el que un señor que se ha tomado dos copas de coñac a media tarde cree que las oye discutir. Introducir el tema del reaprovechamiento no me funcionaba y menos aún con una app. Me pareció mucho más divertido que una chica espabilada, por propia iniciativa, entrara en el bar y se llevara los croissants y, de paso, burlarme de mi amiga chinchona. Ahora el reto sería: Guillamon, ¿puedes escribir un cuento sobre Too Good To Go con la misma gracia?
Más croissants del desayuno, por Julià Guillamon
La semana pasada les conté la historia del cuento de los croissants que han sobrado del desayuno y que por la tarde nadie quiere: entra una chica con una Brompton y se los lleva todos por un euro. Una lectora que vive en Alemania me preguntó si la chica había pasado por...






