El primer cruceElla segu�a siendo ella, pero de alguna forma el mundo hab�a dejado de ser su mundoGran V�a de Madrid.MUNDOActualizado Mi�rcoles,

agosto

23:50Audio generado con IAPaseando por un Madrid vaciado por el calor y el teletrabajo, me cruc� con alguien a quien no ve�a desde hace m�s de diez a�os. Ella ten�a entonces veintimuchos y ya debe haber cumplido los cuarenta. Pertenec�amos a un grupo de amigos amplio e indefinido. Coincid�amos en bares, cenas de cumplea�os y conciertos, incluso compartimos algunas madrugadas. Despu�s me fui tan lejos que aquellos d�as quedaron archivados en alg�n rinc�n rec�ndito de la memoria.Hablamos unos minutos. Segu�a trabajando en la misma galer�a y hac�a alg�n que otro trabajo como freelance. Recordaba que entonces ten�a aspiraciones art�sticas imprecisas. Compatibilizaba cursos de escritura creativa y talleres de poes�a con su trabajo en la galer�a: poco lucrativo pero suficientemente glamuroso. No le pregunt� si segu�a escribiendo.Nos despedimos, yo camin� pensando, como tantas veces, en c�mo el viaje de los 30 a los 40 transcurre a una velocidad inesperada. Y en la extra�a sensaci�n de comprobar que todo lo que parec�a estacional se ha vuelto silenciosamente irreversible. Los trabajos temporales echan ra�ces, las parejas improbables se convierten en familias y los amigos no regresan de ese pa�s donde iban a pasar �s�lo un par de a�os�.No pude evitar verla como una postal de otro tiempo. Como si el mundo al que pertenec�a se hubiera desplazado. Como si su pelo corto, sus labios russian-red, sus pelis de Jim Jarmusch fueran reflejos de un zeitgeist agotado.En la econom�a cultural de aquella Espa�a en crisis, era m�s f�cil coronarse en lo simb�lico que en lo material. Para muchos, la galer�a, la revista, el doctorado o la editorial independiente no eran tanto destinos como refugios temporales. Un lugar en el que esperar que llegaran las condiciones para hacerse mayor. Pero uno se hace mayor, las condiciones no llegan y el mundo deja sin valor las credenciales culturales de entonces. Ella segu�a siendo ella, pero de alguna forma el mundo hab�a dejado de ser su mundo.El mapa con el que aquella generaci�n -mi generaci�n- aprendi� a moverse ya no coincide con el territorio. Hay generaciones que tienen la suerte de envejecer en el mundo en el que aprendieron a ser adultos. Y otras que descubren que ese mundo ha desaparecido mientras segu�an intentando instalarse en �l.