Con la llegada de Abelardo de la Espriella, Colombia es el siguiente país suramericano que vuelve a apostar por la disciplina fiscal, la inversión privada y la estabilidad macroeconómica. Este cambio puede aumentar el atractivo relativo de América Latina dentro del universo de economías emergente, pero la experiencia aconseja prudencia. La lección de los últimos treinta años es que la disciplina fiscal es necesaria, pero no suficiente. Así, el mayor riesgo para el nuevo rumbo regional no es económico, sino institucional, y una pregunta permanece: ¿Será América Latina invertible de nuevo, o es sólo un nuevo giro del péndulo político? La elección de Javier Milei en Argentina en 2023 marcó una nueva etapa política en la región. Su victoria mostró que, después de años de inflación, estancamiento y deterioro fiscal, una parte importante del electorado está dispuesta a respaldar programas de ajuste que hace pocos años parecían políticamente inviables. Desde entonces, varios países se mueven en una dirección similar. En 2025, Chile eligió a José Antonio Kast; en Perú, ganó Keiko Fujimori; y ahora, Colombia. Tras dos décadas de experimentos socialistas, el país cafetero regresa a un programa de reformas que recuerda al Consenso de Washington de los años 90. Para los mercados financieros, el cambio es significativo. Después de años en los que el debate político estuvo dominado por la redistribución, el gasto público y la expansión del Estado, temas como el equilibrio fiscal, la inflación, la sostenibilidad de la deuda y la competitividad económica vuelven al centro de la discusión. La primera reacción de los mercados al nuevo rumbo político ha sido positiva. Pero aunque los mercados pueden premiar rápidamente una señal de disciplina fiscal, también pueden retirarla con la misma velocidad si la política vuelve a erosionar la credibilidad. TE PUEDE INTERESAR La experiencia latinoamericana muestra que la estabilidad macroeconómica, por sí sola, no garantiza la política. La explicación habitual, aunque incompleta, es que los beneficios del crecimiento se distribuyeron de forma desigual. Buena parte de la ciudadanía percibe que las reglas del juego siguen favoreciendo solo a aquellos con determinados ingresos, conexiones políticas o la capacidad de participar en la economía formal. Después de unos 80 marcados por crisis de deuda, recesiones y alta inflación, las reformas implantadas resultaron en una clara mejora de la estabilidad macroeconómica, pero el descontento político no desapareció. A finales de los 90, partidos que prometían una mayor intervención del Estado comenzaron a ganar apoyo. La elección de Hugo Chávez en Venezuela en 1998 marcó el inicio de una nueva etapa. Impulsados por la industrialización de China, los precios de materias primas como el petróleo, el cobre y el carbón aumentaron con fuerza desde comienzos del nuevo siglo. Esto financió políticas fiscales expansivas, sostuvo ingresos externos y ocultó riesgos para la sostenibilidad de las finanzas públicas. TE PUEDE INTERESAR El año 2015 marcó un punto de inflexión. Después de más de una década de precios excepcionalmente altos de materias primas, el entorno externo favorable que había permitido buena parte de la expansión fiscal desapareció, resultando en derrotas electorales de gobiernos de izquierda. Pero ese giro duró poco. Tras la crisis de 2008 y la pandemia, que impulsaron políticas favorables a la redistribución estatal y a la intervención pública, llegó 2022 y una larga era de financiación barata tocó a su fin con el mayor repunte inflacionario en décadas. Así, y como en los 90, la alta inflación vuelve a despertar el deseo de disciplina fiscal, un Estado más pequeño y más espacio para la economía de mercado: un Consenso de Washington 2.0. Si los gobiernos actuales restauran la estabilidad fiscal, sin ampliar al mismo tiempo las mismas reglas para todos, podrían recrear las condiciones políticas que hicieron posible el ascenso de la izquierda. Las sociedades necesitan instituciones que hagan creíble y políticamente sostenible esa disciplina, pero los mercados necesitan señales reales. Para los inversores, el giro actual puede mejorar el atractivo relativo de América Latina, pero esa mejora depende de algo más que de balances fiscales más ordenados. La respuesta queda en el futuro: ¿logrará América Latina combinar estabilidad macroeconómica con igualdad ante la ley?