Nunca en domaLe ped� a Amadou que me llevara de vuelta a la choza en la selva donde naci�, y que me ense�ara los hitos de su camino hacia Europa. Juntos volvimos sobre sus pasosAmadou en una playa de Nador, apuntando a Espa�a.Actualizado Martes,
agosto
23:05Audio generado con IAHe pasado los dos �ltimos a�os siguiendo a un joven de Guinea-Conakri que entr� en Melilla a nado, a la hora en la que todos cen�bamos en la Nochebuena de 2016. Ten�a solo 14 a�os, hizo su traves�a a pelo, solo con un traje de ba�o para enfrentarse a un mar g�lido y tan oscuro como el cielo de aquella noche. Hab�a tardado dos a�os en llegar hasta Melilla desde su pa�s, Guinea-Conakri. Sali� con cinco compa�eros de clase cuando ten�a 12 a�os, despu�s de haber visto v�deos de c�mo viv�an los blancos. Cada uno se escap� de casa con un presupuesto de 50 d�lares para aquel viaje incierto. Por el camino dos murieron y a dos los repatriaron. Al cabo de varios a�os llegaron a la Europa continental solo dos de ellos, uno en patera, y el que nad� a Melilla en ferry, tras una larga temporada en un centro de menores.Tienen nombres: uno se llama Alpha y el otro, Amadou; tambi�n tienen hoy trabajos y vidas dignas.Sus historias tienen dimensiones hom�ricas, los viajes duran a�os, parte de sus compa�eros mueren, unos se ahogan, otros quedan varados para siempre en medio del camino, algunos regresan, otros no, se enfrentan a pueblos hostiles, a naufragios, a enormes obst�culos geogr�ficos. Pero con todo ello, no son historias singulares ni extraordinarias, sino la biograf�a com�n de la mayor�a de los subsaharianos que entran en Espa�a. Yo le ped� a Amadou -que es un gran narrador- que me llevara de vuelta a la choza en la selva donde naci�, y que me ense�ara los hitos de su camino hacia Europa. Juntos volvimos sobre sus pasos.Quise entender por qu� la migraci�n es hoy la mayor preocupaci�n de nuestra sociedad. Son muchos los factores. Por un lado, el empe�o de la ultraderecha por representar indiscriminadamente como a criminales a los migrantes sin papeles. Tambi�n la costumbre de cierta izquierda por exhibir un esp�ritu de acogida absurdamente pr�digo que parece obedecer m�s a ganar la batalla de la superioridad moral que a gobernar un problema complejo. No se puede obviar la dificultad de asumir nuestras normas de conducta de ciertos colectivos, o la inquietud que nos genera la marginalidad en la que viven los m�s pobres de los migrantes, condici�n esta que predispone por necesidad a las actividades ilegales.Hedicado dos a�os a investigar esto y no tengo soluciones para tama�o reto a la convivencia, pero al menos he conseguido dar nombre y voz a aquellos que hasta hace poco solo ve�a en forma de cifras (50.000, 1.2 millones...) y acr�nimos (ena, Ceti...). Para entender algo, se empieza por ah�.












