En el lado marroquí de la frontera, Narjisse sujeta su teléfono móvil mientras graba la entrada de los jóvenes que vuelven al país desde Ceuta. “Estoy esperando al muchacho”, le explica a una amiga que le escribe desde España. Está inquieta. Se acerca a la puerta, vuelve, mira el móvil y levanta la vista otra vez.

El joven al que espera es Abselam. Decidió cruzar a España en la noche del pasado jueves junto a decenas de miles de personas migrantes más. “Lleva días en mi casa: le he dado comida, aseo y ha podido hablar con sus familiares todos los días”, explica la mujer a elDiario.es. Abselam, de 25 años, se marchó de una pequeña localidad de Larache, al sur de Tánger, para buscar una oportunidad laboral en Ceuta y, más tarde, en Europa. “Pero ha decidido volver a casa”, dice Narjisse.

Dos chicas caminan tranquilas de vuelta a Marruecos. Una de ellas carga con una bolsa de una tienda de ropa y, la otra, de un supermercado. Están duchadas, peinadas y llevan los móviles cargados. Una escena que contrasta con las imágenes de jóvenes descalzos, sin camiseta y heridos. “Estas chicas habrán recibido ayuda también. Aunque la gente no lo crea, en Ceuta les estamos ayudando. Les damos de comer, les compramos ropa y todo aquello que necesiten. Somos nosotros quienes estamos ayudándoles, con nuestros propios recursos”, apunta la mujer.