Hay imágenes que resumen una época mejor que cualquier tratado de geopolítica. El Financial Times lo describía con todo detalle estos días. Un joven nada de espaldas hacia Ceuta mientras se graba con un selfie stick. Otros protegen el teléfono móvil —quizá un iPhone de última generación— dentro de esas fundas impermeables que los europeos compramos en Amazon antes de bajar a la piscina del hotel. Algunos llevan aletas, gafas de buceo y trajes de neopreno. Uno aparece incluso empujando una bicicleta. No improvisaron la travesía. Llevaban días preparándola. Consultaron las corrientes, compartieron capturas de Google Maps, compraron el material necesario en grupos de Facebook y, en algunos casos, aprendieron a nadar expresamente para alcanzar territorio español. La frontera convertida en tutorial. La inmigración ilegal, versión how to. No son, por tanto, náufragos sorprendidos en patera por una tormenta ni inmigrantes abandonados a su suerte en mitad del Mediterráneo por una mafia, como nos han tratado de vender desde la ya fatigada máquina de crear relatos de Moncloa. Tampoco es la sentencia del Supremo. O, al menos, no solo eso. Tampoco se trata de que la inmigración se haya digitalizado. Se trata de performance, de que unos hacen reels mientras otros hacemos el ridículo. La crisis de Ceuta de estos días es una demostración de fuerza, la cabeza de caballo con la que Marruecos nos recuerda que allí están ellos, aliados de referencia de Estados Unidos e Israel, olfateando la debilidad de un Gobierno que no gobierna, que regulariza masivamente y cuya máxima aspiración exterior consiste en lograr que la UE reconozca el catalán. TE PUEDE INTERESAR Opinión Agresión a España POR El Confidencial España posee dos ciudades cuya única frontera terrestre pertenece a un país que jamás ha reconocido plenamente su españolidad y que las considera parte integrante del imaginario del Gran Marruecos. Y esa reivindicación, lejos de haberse apagado, reaparece periódicamente bajo distintas formas. La interpretación de lo ocurrido estos días es precisamente esa: un ensayo de presión. No tanto para conquistar hoy Ceuta sino como para recordar que mañana podría discutirse internacionalmente su estatus. Sería ingenuo pensar que el precedente de Gibraltar pasa inadvertido en Rabat. Si el Reino Unido y la Unión Europea han terminado negociando un modelo singular para un territorio cuya soberanía España reclama desde hace tres siglos, ¿por qué no habría de intentar Marruecos situar algún día Ceuta y Melilla en el centro del debate internacional? Decenas de miles de personas no aparecen simultáneamente en una playa por generación espontánea. Llegaron andando, en bicicleta, en coche y en camiones. Las carreteras quedaron colapsadas. Algunos descendieron de vehículos prácticamente ante la mirada de los gendarmes marroquíes. Después caminaron hacia el mar y cruzaron. La frontera española no fue derribada. Fue desconectada. No deja de resultar llamativo el contraste entre las palabras de Felipe VI y la política marroquí de Pedro Sánchez Y un Estado que no controla quién entra en su territorio deja de ejercer una de sus funciones esenciales. Puede repartir mantas, desplegar sanitarios, movilizar policías y organizar ruedas de prensa. Pero únicamente estará gestionando las consecuencias de una decisión que otro Estado ha tomado por él. Quizá por eso resultó tan significativa la reacción de Felipe VI. No tanto por el tono —inusualmente contundente— como por el contenido. El Rey no habló de inmigración. Habló del Estado. Expresó su preocupación e indignación por los graves acontecimientos vividos en Ceuta y Melilla, recordó la obligación de preservar la seguridad y la integridad territorial y reclamó que episodios semejantes no vuelvan a repetirse. Era un lenguaje inhabitual porque inhabitual era la situación. Mientras la presión aumentaba sobre Zarzuela y el silencio institucional se hacía cada vez más difícil de sostener, Moncloa evitó incluso visualizar públicamente la coordinación entre el presidente del Gobierno y el jefe del Estado que cabría esperar en una crisis de esta naturaleza. Finalmente fue la propia Casa del Rey quien decidió difundir una nota extraordinaria un sábado, al final del día y en pleno éxodo vacacional. Mientras el pasado sábado Felipe VI hablaba del Estado, Moncloa seguía afinando la banda sonora de TikTok Más que un gesto protocolario parecía un recordatorio de que, además del Gobierno, todavía existe el Estado. No deja de resultar llamativo el contraste entre las palabras de Felipe VI y la política marroquí de Pedro Sánchez. En marzo de 2022, el presidente modificó unilateralmente la posición histórica de España sobre el Sáhara mediante una carta cuyo contenido conocimos antes por Rabat que por el Parlamento español. Aquella misiva simbolizaba una política exterior practicada casi en susurros. El comunicado del Rey representa exactamente lo contrario: recordar que Ceuta y Melilla no constituyen un problema diplomático más, sino una cuestión de soberanía. Mientras Felipe VI hablaba del Estado, Moncloa seguía afinando la banda sonora de TikTok. Nunca una playlist describió mejor el desnivel entre una crisis de Estado y una política convertida en algoritmo. TE PUEDE INTERESAR Opinión La respuesta europea tampoco invita precisamente al optimismo. Es difícil recordar otra crisis fronteriza en la que algunos socios europeos parecieran más preocupados por proteger Schengen que por respaldar al Estado miembro cuya frontera exterior estaba siendo sometida a presión. Y Sánchez, enviando cartas. Hay algo profundamente inquietante en todo esto. No porque unos miles de jóvenes cruzaran el mar con un teléfono al cuello. Sino porque detrás de esa imagen aparentemente banal se esconde una pregunta mucho más trascendente: ¿quién decide realmente cuándo una frontera europea deja de ser una frontera? Europa empieza ahora a descubrir algo que en Ceuta y Melilla conocen desde hace décadas. Que las fronteras no desaparecen porque dejemos de hablar de ellas. Desaparecen cuando el vecino comprueba que nadie está dispuesto a defenderlas.
La cabeza de caballo de Mohamed VI
Europa empieza ahora a descubrir que las fronteras no desaparecen porque dejemos de hablar de ellas. Desaparecen cuando el vecino comprueba que nadie está dispuesto a defenderlas












