La capacidad de escribir sin perder de vista los seres no humanos, de convertir la naturaleza y el mundo rural en protagonista, con sus luces y sus sombras, vive un nuevo resurgir a medida que se agrava la situación de la naturaleza. Para unos una imprescindible necesidad, y para otros una moda, la llamada liternatura está en un buen momento y genera redes y eventos que aúnan intereses literarios con la mirada sobre las crisis ambientales y la pérdida de una cultura rural que ha sido muy denostada.El artífice de la palabra liternatura tiene un nombre en España: el periodista y escritor catalán, de raíces extremeñas, Gabi Martínez, creador del festival Siberiana hace ya siete años en un pueblo de Badajoz, Tamurejo, como punto de encuentro para autores unidos por esa fusión de la creación literaria y la observación del entorno y los fenómenos que lo afectan. “Lo principal es la calidad literaria, la palabra escrita, pero lo que la diferencia es tener en el centro la naturaleza, dar voz o protagonismo a lo no humano. No es algo nuevo, porque nuestra literatura tiene grandes escritores que ya le daban esa voz, como Delibes, Manuel Rivas, Bernardo Atxaga o Jesús Carrasco. En el mundo anglosajón se conoce como nature writing , pero aquí no había término y liternatura me pareció adecuado. No diría que es un boom porque falta una apuesta editorial contundente, pero hay más autores que ven que el mundo natural y rural cambia a un ritmo nunca antes visto y cómo nos afecta. Y lo reflejan en sus obras. A la vez, surgen más clubes de lectura con ese foco, más eventos”, reconoce el padre de un concepto al que unos ven más futuro que otros, pero que es muy real.Manuel Rivas: “Hay una guerra contra la naturaleza, que grita angustiada. No se puede escribir sin oír el grito”Entre los que llevan toda la vida en ello, está Manuel Rivas, que en 2024 publicó Detrás del cielo , una novela negra que funciona como metáfora sobre el poder, la corrupción y la destrucción ambiental y en la que da voz a un jabalí. Para Rivas, desde la Odisea ya existe la liternatura , pero ahora observa una nueva forma de acercarse al entorno, un paso que va más allá de una visión contemplativa, de su retrato como el escenario en el que suceden las cosas. Impulsor de un grupo en las redes que se llama Literatura y Ecología, para Rivas vivimos “una guerra contra la naturaleza, que grita angustiada. No se puede escribir sin escuchar ese grito y, en el fondo, las palabras son también de ella. La estamos tratando con un nuevo DDT: despotismo, degradación y ese terror semántico que paraliza las conciencias. Es algo que está en el ambiente, un polen que se comparte y se expresa”.El escritor de En salvaje compañía (1992), no puede evitar mencionar algunos nombres de escritoras y títulos que en los últimos años van en esa línea, como el de la catalana Irene Solá y su Canto jo i la muntanya balla , la andaluza María Sánchez y su Tierra de mujeres o la leonesa Marta del Riego, autora de Cordillera , en lo que califica de “una vanguardia incesante” que sigue la estela de autores del pasado.Julio Llamazares: “No comparto esa mirada urbana que vuelve al campo buscando la salvación”Más comedido es Julio Llamazares, que observa el fenómeno “con curiosidad y prevención”. El autor de La lluvia amarilla –y recientemente de El viaje de mi padre –, recuerda que la naturaleza es parte de todos sus libros: “Algo se pone de moda y se hacen jornadas, congresos; para mí es lo que siempre escribí, pero sin una mirada bucólica, idealizada, porque es paraíso e infierno a la vez. Puede ser muy cruel. No comparto esa mirada urbana que vuelve al campo buscando la salvación. Allí no está, porque la naturaleza no es inocente, ni culpable, y desconfío de modas que, en general, se olvidan con el tiempo”. Llamazares, que pasa largas temporadas cerca de donde estuvo su inundado pueblo leonés, Vegamián, nunca fue condescendiente con el territorio nacional: “A lo largo de los siglos, se nos dijo que la belleza era lo verde, que tenemos poco. El nuestro es un paisaje duro, extremo, cuya biodiversidad comenzamos a valorar cuando los que llegaban de fuera lo hicieron”. En la misma línea se manifiesta la autora Pilar Fraile, cuya novela Las leyes de la caza es un thriller psicológico que desmonta la idealización del regreso a la naturaleza.En realidad, son muchos los autores de liternatura que comparten un pasado o un presente de experiencias vitales en el mundo rural, como si fuera un requisito necesario imprescindible. Es el caso de Del Riego, que retrata en su Cordillera el conflicto entre lo rural y lo urbano, la ciencia y la tradición, lo humano y lo que no lo es. “Yo vengo de ese mundo rural, de ir con mi padre con las ovejas, así que escribir sobre ese mundo me tocaba el alma; en la ciudad me sentí al llegar como una impostora, una Heide fuera de lugar”, reconoce. Ella da voz a una osa, para la que inventa una forma de hablar. Ahora trabaja en otra obra donde la protagonista es un haya. “Para mí, hablar de liternatura es poner nombre a un renacimiento literario en el que el paisaje está imbricado en la historia, pero además son obras que recogen los problemas que hoy se viven en ese entorno tan distinto al de las ciudades y que la sociedad urbana también debe conocer”.“A Llamazares y a mí nos llamaban catetos por escribir sobre estos asuntos, pero seguimos, al margen de modas”De ese renacer forman parte réplicas del mencionado festival Siberiana en varios países y ciudades, como Colombia, Perú, Barcelona o Córdoba. En ésta última, el alma máter es el escritor Alejandro López Andrada, voz veterana de la literatura rural. Desde la dehesa de Los Pedroches, su tierra, recuerda cómo hace 40 años comenzó a escribir poemas sobre su espacio vital. “A Llamazares y a mí nos llamaban catetos por escribir de estos asuntos, pero nosotros seguimos, al margen de modas; lo que pasa es que ahora es más evidente la destrucción; que veo las encinas de mi abuelo secarse y no veo ni oropéndolas ni luciérnagas como antes. Sentimos esa alerta y nos viene la memoria lo que era. Es lo que cuento en El corazón de las golondrinas porque lo viví, como otros autores más jóvenes retratan sus vivencias”.Ese sería el caso de la catalana Vanesa Freixa, que vive en la comarca del Pallars Sobirà. La autora de Ruralismo: la lucha por una vida mejor llegó a la literatura de la naturaleza con el claro fin de romper con la estigmatización de lo rural. “Es una etiqueta, sí, pero nos sirve para ubicarnos en un país donde se desmorona la cultura rural, que pierde la conexión con las raíces. Quise recuperar el orgullo de lo que fuimos, que se ha menospreciado. Como otros, fui a formarme a una ciudad porque era donde estaba el conocimiento, pero volví y entendí el valor de saberes ancestrales en un país de monocultivos, macrogranjas o incendios. Es importante llegar con ello a la gente, que haya orgullo”.Marta del Riego: “Vengo del mundo rural, de ir con mi padre con las ovejas, escribir de ese mundo me toca el alma”A López Andrada su afán por que se mantenga vivo este fenómeno transversal, sea moda o tendencia, le ha llevado a crear con la Diputación de Córdoba el Premio de Novela Rural y Naturaleza, al que este año se presentaron 120 obras inéditas. La editorial Almuzara publica la ganadora.Igualmente lo promueve el escritor Javier Morales, que realiza cursos sobre liternatura que se llenan en cada convocatoria, sobre todo a raíz de la pandemia que, en su opinión, “fue un despertar” al ver cómo resurgía la vida no humana cuando la dejamos tranquila, pero “de la que salimos peor, como ahora se refleja en las obras”. “La liternatura es reflejo de la sociedad y ahí está el debate ecológico, un acercamiento que no la romantiza y deja espacio a la vida no es humana. Si se escribe bien y, además, se despierta una luz a lectores ajenos a ese mundo rural y natural, bienvenido sea. Transmitir lo que siente el ganadero, el ecologista y hasta el lobo”.Al margen de los ensayos de naturalistas –Joaquín Araújo, Antonio Sandoval, Odile Rodríguez de la Fuente-, desde la ecopoesía y el activismo, el profesor Jorge Riechmann considera el “fenómeno positivo”. “Más vale tarde que nunca –concluye– porque vivimos en sociedades con una pésima inserción de lo humano con la naturaleza y se necesita una transformación cultural profunda en la que todos debemos hacer lo que podamos”.