Alberto Camarero Orive
Actualizado 04/08/2026 - 06:40h.
Era el 6 de septiembre de 1522. Una nao maltrecha, con las velas rotas y el casco comido por la brea, entró en la desembocadura del Guadalquivir con el sigilo de quien regresa de entre los muertos. Se llamaba Victoria, y el nombre era una ironía cruel, ya que de las cinco naves y los 270 hombres que habían partido de Sanlúcar de Barrameda tres años antes, solo ella volvía, y lo hacía con 18 supervivientes a bordo, famélicos, escorbúticos, incapaces casi de tenerse en pie. No había trompetas en el puerto. Apenas hubo palabras, solo el peso inconmensurable de haber hecho algo que ningún ser humano había realizado jamás: rodear la Tierra.
Quien los condujo hasta allí no era el hombre que había concebido la empresa. Fernando de Magallanes, el navegante portugués al servicio de la Corona española que ideó la expedición y la lideró durante más de un año, había muerto el 27 de abril de 1521 en la isla de Mactán, en las Filipinas, atravesado por las lanzas de los guerreros del rey Lapu-Lapu. Magallanes no vio el Pacífico volverse familiar, ni cruzó el Índico de regreso. El hombre que sí lo hizo, el que tomó el mando entre el caos, el miedo y la muerte, era un marino vasco, nacido en Guetaria, que se llamaba Juan Sebastián Elcano, y este 4 de agosto se cumplen quinientos años de su muerte.








