Si uno admira y quiere al actor Luis Bermejo, lo primero que debe hacer es rezar a dios o al diablo –dependiendo de sus creencias- para que nunca lo pare un policía. Si a Luis Bermejo lo para un policía en un control de carretera, en una manifestación o en un paseo azaroso y lo cachea, encontrará que lleva un bulto redondo en el bolsillo de la pechera. Un bulto medianamente grande y enormemente sospechoso. En Estados Unidos le dispararían al instante. Aquí, en España, se comenta que todavía somos un poco más civilizados. Con mucha suerte, le ordenarían que vaciara sus bolsillos. Y el actor Luis Bermejo pondría sobre el capó del coche una peligrosa nariz de payaso, que lo acompaña siempre. Lo que pudiera ocurrir después lo dejo en manos de vuestra imaginación.PublicidadVamos a empezar por una fácil. ¿Por qué uno se hace actor? Cuando eres niño, si eres guapo, las abuelas todas te dicen: "Ay, este niño va para actor". Pero tú siempre has dicho que no te gustas nada. ¿Te hiciste actor para que nos creyéramos que eres guapo? A Humphrey Bogart, que era bajito y cabezón, le salió de puta madre. ¿Te ha salido bien a ti, la gente se cree que eres guapo? Ah, sí. Creo que sí. Todos los actores, igual que los payasos, salen a escena y quieren gustar, que el público esté encantado. Yo nunca me gusté. No me gustaba ni mi físico, por supuesto, y menos aún la manera en la que me expresaba. Debía de tener cierta gracia, eso sí, pero yo me juzgaba mucho. Ahora lo miro con retrospectiva y digo: joder, pues seguramente no era que no me gustara tanto. Yo creo que me hice actor por una concatenación de sucesos.¿Qué sucesos?Yo he nacido en Collado Villalba. Allí descubrí que interpretar me venía bien, me hacía bien. Sentía que a través de la interpretación podía enfrentarme con las cosas que en ese momento me trastornaban, me dificultaban sentirme a gusto. Empecé con unos amigos en un grupo de teatro de Villalba y dije: "Pues yo voy a probar esto".¿Cuántos años tenías?19 o 20. Y me fui a Madrid, y en la escuela de Cristina Rota conocí a todos estos grandes payasos, grandes cómicos. Yo era compañero de Roberto Álamo y luego de Alberto San Juan, el gran hacedor que aglutinó a todo ese grupo y empezó a movernos con consignas y eslóganes.¿Qué tipo de consignas y eslóganes? Porque Alberto San Juan es muy mitinero.Cuando nos conocimos no era tan mitinero. Es más, era un tipo con sus dificultades, como todos, pero era un gran galán, un gran seductor. Tenía la energía necesaria para aglutinar. Todos queríamos hacer teatro. Nos parecía que era el espacio en el que poder enfrentar la dificultad que tiene el ser humano para amar. Era el espacio donde se podía cortar el lenguaje y diseccionar. Alberto no era tan mitinero. Tengo anécdotas, como estrenar El fin de los sueños u otra obra de la primera etapa de Animalario, y le daba por quedarse retraído, se quedaba bloqueado. Es un tipo maravilloso. Para mí, una pieza clave.PublicidadO sea, que al final te sentiste guapo.Estaba rodeado de gente muy guapa y talentosa. Yo a veces iba como: "Yo formo parte, yo también sé". Pero no me he sentido guapo nunca. Creo que hay algo subterráneo que hace que me haya dedicado a esto para intentar quererme.Has hablado enseguida de los payasos. Llevas siempre una nariz de payaso en el bolsillo de la chaqueta, como otro carné de identidad.Sí, así es. La tengo aquí.¿Y a veces para ensayar la usas?La máscara del payaso, la nariz, te posibilita sentirte más juguetón. Empecé a gustarme como payaso. Sentí que todo lo dramático lo podía transformar en un cuerpo cómico, burlarme, reírme y mostrar el ridículo. Por eso llevo siempre la nariz. Bueno, casi siempre. A veces, pocas, me olvido.PublicidadEs un elemento esencial, pero cuidado con los payasos, porque son seres abyectos que simulan hacernos reír. Yo sé que en el fondo os reís de nosotros, de nuestra sociedad, de nuestra forma de amar y odiar. Para hacer un buen payaso hay que saber reírse del mundo en el que vives, de tus espectadores, ¿no?Para mí lo más importante es que aprendas a reírte de ti, a ser consciente de quién eres tú. Si no consigues reírte de ti, puedes ser un gran bufón o un gran cómico con un lenguaje ácido. Pero, para mí, el payaso bueno es el que se ríe de sí, y eso es sanador, luminoso y necesario.Aparte de abyecto, yo creo que el payaso también es un cabrón. Es como ese esclavo de los emperadores antiguos que les iba susurrando: memento mori, memento mori, recuerda que vas a morir. Recuerda que eres ridículo, que no se te suba la libido, triste mortal. Eso es lo que a mí me dice un payaso cuando veo cómo se ríe de mi sociedad, de mi forma de ser, como el gran Chaplin.Pero si analizas bien, ¿quién hay detrás del payaso? Entiendo lo que dices en cuanto a que por los payasos habla la verdad. Pero para poder contar eso, el viaje pasa por poder mostrar tu propio ridículo. No me puedo reír de algo si no me estoy riendo de mí. Es importante poder vaciarte y que se te vean las costuras. Por supuesto, conviene ser ácido con esta sociedad y encontrarle el absurdo a este vivir, afilar el lenguaje contra los poderosos. El payaso es un gran arqueólogo que se adentra en lo extraño, con capacidad de asombro e intención de hacerte reír, y sacarte de donde estás.Claro, si me haces reír, abro la boca y te puedes meter dentro de mí, y ver todas mis vísceras y miserias.El payaso saca su corazón y lo muestra para que puedas respirar. No es el humorista de la comedia. Pero vamos, sí.Los actores que van de chulitos siempre presumen de que se meten mucho en los personajes. Daniel Day-Lewis, cuando hizo Gangs of New York, iba todo el tiempo con el hacha, cuando comía, cuando dormía, cuando hacía el amor. Creo que fue Brendan Gleason quien dijo que no había quien lo soportara. Tú interpretaste a Nicolás Franco, el hermano del Caudillo, en Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019). ¿Perpetraste muchos genocidios para preparar el papel de aquel noble fascista?Estás ejerciendo de gran pirotécnico. Me siento muy honrado de haber trabajado con Amenábar, que es un tío con una sensibilidad muy grande, de haber estado con Karra Elejalde, con Eduard Fernández, con Santi Prego, que hacía de Franco y es gallego como tú. Yo no me llevo el personaje a casa, eso es un poco un mito.¿También en teatro?En el teatro eres más soberano de tu trabajo, y el peligro es más acechante. Los espectadores te pueden matar si no les haces reír. Como decía Oscar Wilde: "Si quieres que los demás conozcan la verdad, hazles reír porque, si no, te matarán". En el cine y la televisión está todo ese mecanismo de corte, acción y secuencias. Según qué personaje, te lo llevas a casa o no, según tu estilo.Pero lo tienes que estudiar, ¿no? Tú estudiaste a Nicolás Franco.Me ocupé de mirar al tipo, que no lo conocía hasta que me cayó el personaje. Resulta que era una figura importante en la sombra de la sublevación militar.Pero, ¿cómo montas un personaje como Nicolás Franco? Llegas a tu casa y dices: coño, tengo que hacer a Nicolás Franco. ¿Cómo lo hago? ¿Cómo quiero al personaje? Como hacemos todos los actores: haces un análisis, piensas en la atmósfera… Pero lo más importante es lo que sucede con el otro. A veces hay posibilidad de ensayar y otras tienes que trabajarlo por tu cuenta. Amenábar es un tipo que maneja mucho lo técnico. Según la hondura de la secuencia, te sientes poseído por las palabras del guion. Al final, el actor presta cuerpo a unas palabras.PublicidadTambién protagonizaste El Rey, teatro y película. Ahí haces de Juan Carlos I. Noté un poso de crítica a la monarquía que no veo en series más oficiales como Anatomía de un instante, que es un maquillaje a la santa Transición. Lo de criticar a la monarquía no está bien visto. Yo también trabajé en Anatomía de un instante. Joder, no lo sabía.Hacía del periodista José María Armero, el que posibilitó el encuentro de Santiago Carrillo con Adolfo Suárez. Me lo pasé muy bien porque Alberto Rodríguez es un director al que le gustan los actores. En el caso de El Rey, no me parece un texto demoledor con la monarquía. Es sencillamente la idea de un autor como Alberto San Juan. Él se preguntó quién era Juan Carlos I y especuló sobre aspectos que nadie nos había contado. A mí la película me parece bastante elogiosa con esa figura.Permita que me ría.Ríete, pero para nada la intención era paródica.PublicidadNo es paródica, es trágica.Es que la vida de Juan Carlos I es trágica.Me encanta cuando, haciendo de Juan Carlos, te levantas del sillón y empiezas a bracear; pienso en el Quijote contra los molinos de viento.En la obra de teatro nos permitimos licencias a favor de lo teatral que posibilitaban momentos de comicidad, pero Alberto siempre decía: "Yo no quiero burlarme". En la última parte asistimos al momento de demencia del personaje, lleno de dolores y paliativos. Alberto se basó en conversaciones de José Luis de Vilallonga con el rey, son extractos literales. Todo está escrito en la historia.Uno de tus grandes amores es el Teatro del Barrio, en Lavapiés, un sitio invadido por la gentrificación. Alucino por cómo sobrevive. Cualquier día os van a poner un teatro facha enfrente para joderos. El Teatro del Movimiento, el Teatro de la Hispanidad, o algo así. Porque estamos en el Madrid de Almeida y Ayuso. Ese tipo de teatros son la barraca urbana de Lorca. Y cada vez quedan menos.Suscribo todo lo que dices. Es un reducto, una resistencia, una trinchera artística y de vanguardia. Está muy conectado con el pulso de una ciudadanía que pide a gritos un cambio. Espero que la gentrificación no lo ahogue. El Teatro del Barrio nació con propósito de teatro documental, cuestionando versiones oficiales, como en El Rey o Mundo Obrero, pero también busca lenguajes diferentes. Eso me conmueve mucho.Coño, me estás diciendo en el fondo que es un teatro político. Ya sabemos que los actores, futbolistas o comerciantes no deben hablar de política, salvo que sean de derechas. Tal vez deberías significarte un poquito menos.Es imposible no significarse todos los días. ¿Cómo no te vas a significar ante lo atroz? Más que significar, es posicionarte. Ahora se están cometiendo atropellos con los desahucios en Madrid y el genocidio palestino. El teatro tiene que estar conectado con lo que sucede a los ciudadanos y ser entretenido a la vez. Me interesa un teatro comprometido donde haya peligro en escena. Todos los grandes actores de la península y las islas recalan en el Teatro del Barrio. Es un espacio alternativo de referencia.PublicidadPara payasos revolucionarios.Absolutamente. Para actores que indagan en lo más profundo y buscan el estudio del lenguaje y la inhumanidad que hay en él.¿Qué estás preparando ahora?Estoy muy feliz y acojonado porque me voy a hacer teatro a Buenos Aires. Desde agosto hasta diciembre. Te lo cuento como primicia. La obra se llama A cielo abierto y es de David Hare. Me has pillado estudiando el texto, subrayando y todo. Lo más coñazo para un actor es la memorización. Es el gran trabajo. Luego viene el placer de decirlo, pero es un coñazo. Ahí no hay inteligencia artificial que valga.Pero supongo que cada vez que estudias pillas nuevos matices.Es como rebuscar y llenarte de imágenes. Hay algo que conecta con cierta santidad en el memorizar.O sea, que el payaso no solo es un cabrón canalla. También te defines como un santo payaso.Exacto. El payaso es un gran profeta y los actores son oficiantes de una ceremonia ilegal. El estudio te exige un mantra que se va repitiendo y que santifica los panes y los peces.PublicidadSeñor Payaso, ¿cuál fue el gran error de su vida?Hostia, no sé cuál.Lo tenías que haber pensado.Haberme deshecho de un R12 que tenía, maravilloso. Perdí mi R12. Yo era feliz con él. El R12 se inundaba de agua cuando llovía, no iban bien los parabrisas, pero yo era muy feliz.Para tu viaje a ninguna parte…Me acuerdo hasta de la matrícula. ¿Te acuerdas tú de la matrícula de algún coche? Pues yo sí: 6500 CW. Lo llamaba Cristóbal. El gran error de mi vida fue haberme deshecho de él. Seguro que aun lo amas porque con él hiciste los primeros bolos.Muchos bolos. Ir en coche a hacer bolos une mucho con las personas con las que viajas. Son viajes de descubrimiento. Aunque tu cuerpo se vaya desvencijando, cada viaje es iniciático.
Luis Bermejo: "Mi gran error fue deshacerme del Renault 12 con el que hice mis primeros bolos"
Aníbal Malvar habla con Luis Bermejo sobre el valor de la comedia y el compromiso político del teatro.






