Alberto San Juan (Madrid, 1968) es actor y dramaturgo. Seguro que no se ofende si se le califica más como actor de teatro que de cine o televisión. Cuestión de amores: es más seductora la mirada de un solo espectador de sala que el ojo vítreo de una cámara. Aunque ha actuado en una cincuentena de largometrajes, más de 20 montajes escénicos, otras tantas series de TV y tiene dos Goya, se le recordará más (con otros socios) por haber creado el Teatro del Barrio en el entorno madrileño de Lavapiés, un espacio escénico libertario y popular que sobrevive a la gentrificación y a los especuladores por razones ignotas. Quizá es que Talía, más que una simple musa, es una santa apóstata capaz de obrar milagros.PublicidadComo esta sección consiste en poner en apuros a los entrevistados, vamos a dejar que sea el padre de Alberto San Juan quien lo interrogue. Máximo (1932-2014) fue uno de los más grandes viñetistas españoles desde la Transición hasta su muerte. Sus dibujos, cargados de incertidumbres, ternuras y denuncia, se hicieron tan populares que durante 30 años muchos los elevamos a la categoría de editoriales periodísticos. Os dejamos con padre e hijo.Mi padre era un pacifista radical. Según me contaron, Herman Tertsch -siendo aún periodista de El País- quiso agredirle en el vestíbulo del teatro María Guerrero tras publicar mi padre un dibujo en el que elogiaba la deserción como acto heroico. También, su defensa constante del diálogo con ETA le valió más de una carta indignada y aderezada con insultos por parte de Fernando Savater, publicadas en el diario donde en esos años trabajaban ambos. No imaginaban entonces, supongo, que los dos acabarían siendo despedidos. ¿Qué decir? Poco. Es una de las herencias paternas que me enorgullece: el asco por las armas. El día de la fiesta nacional no debería desfilar ninguna persona armada. Nadie. Si acaso, reunirnos en plazas y avenidas para homenajear a maestros, sanitarios y algún que otro oficio.PublicidadContribuir a visibilizarlos como lo que son: niños robados al paraíso. O al menos, menores expulsados de sus hogares, barrios, pandillas por la violencia extrema que rige la sociedad humana. Una violencia perfectamente planificada y al servicio de la lógica capitalista (todo lo existente es susceptible de convertirse en mercancía de la cual se puede extraer beneficio) para sus beneficiarios (los propietarios de las mayores concentraciones de capital y sus sicarios: gobiernos, consejos editoriales, etc, etc). Y aún mejor: sumarse a algún colectivo de apoyo a estos menores. Existen en todas las localidades en las que hay centros de internamiento para ellos. El apoyo se concreta en acompañar a los chavales para resolver gestiones burocráticas o simplemente para ir al cine o hacer vida en la ciudad donde estén. Para romper, en definitiva, la certeza de no ser queridos en ningún lugar.Coincido: el Jesucristo de los Evangelios se sitúa decididamente junto a los oprimidos frente a los opresores. Esa es la buena nueva: el dominio de unos sobre otros no es natural, es una construcción política y, como tal, puede ser demolida para recuperar el edén: una sociedad levantada sobre la idea de la igualdad universal, la idea de una sola alma común a todas las almas individuales. La iglesia (el colectivo que se ha apropiado de la palabra de Jesucristo) es una institución histórica y cómo tal debe ser analizada. Parece claro que su papel ha sido contrario a los evangelios: siempre junto al poder opresor. Me refiero a la cúpula de la jerarquía eclesiástica. Por supuesto, siempre ha habido sacerdotes outsiders que, fieles a la buena nueva, han luchado y luchan contra la opresión. El papel histórico de la Iglesia española es singularmente cruel. Consolida su inmenso poder sobre un proceso de limpieza étnica, la ordenada por Isabel La Católica contra aquellas comunidades hispánicas calificadas como judías, moriscas o gitanas. Y se reafirma en un segundo clímax genocida durante la agresión militar contra la democracia del 36 y la posterior, interminable dictadura.PublicidadCreo que la especie humana no ha experimentado aún lo que pueda ser vivir en democracia. Es decir: un gobierno de todos. Es decir: el autogobierno que supondría una sociedad de iguales, libres y fraternos (es decir: de hermanos en lo político. No de papás e infantes --seres sin voz propia). Una sociedad en la que el solo hecho de nacer conlleve garantías de acceso suficiente a los recursos básicos para la vida (comida, techo, salud, cultura, etc). ¿Cómo? Estableciendo, democráticamente, mecanismos directos de control colectivo sobre los recursos generados en un determinado territorio por parte de los habitantes de ese territorio. Eso supone decir no, tanto al totalitarismo de estado como al totalitarismo de mercado. Las pistas para aproximarse al edén parecen encontrarse en lo que se denomina economía social y solidaria (cuyo objetivo primero es el beneficio colectivo, no el privado) y en las formas posibles de propiedad cooperativa en red. Hay experiencias históricas (siempre extinguidas a fuerza de cañones): la revolución española del 36, por ejemplo (El corto verano de la anarquía, según Hans Magnus Enzensberger).Mientras el acceso a la vivienda, la salud y educación, la energía, el transporte, la comunicación, la información, etc, estén en manos privadas motivadas por intereses privados (en España se asocian en esa cosa llamada Ibex 35) la democracia no es posible. Lo dijo hasta la jefa de gabinete de Adolfo Suárez, Carmen Díaz de Rivera, durante la Transición: "Mientras el capital no cambie de manos, todo seguirá igual". En resumen: creo que la democracia sigue siendo una aventura aún por emprender.La vida solo es posible con el otro. Si dos no follan, nada puede nacer. En sentido literal y simbólico. Cualquier acto creativo, aunque se realice físicamente en soledad, es con los otros. No existe el monólogo puro. Sólo del diálogo puede nacer algo.La pregunta final no la puede ya hacer tu padre, aunque sospecho que le gustaría. ¿Cuál fue el gran error de tu vida?El gran error de mi vida (repetido una y otra vez, una y otra vez...) es elegir el miedo frente al deseo. Soy extremadamente miedoso y he dejado de vivir cosas muy importantes para mí por no ser capaz de actuar, aún con miedo. Me identifico mucho con los personajes burgueses descritos por Simenon, aquellos que, no atreviéndose a abandonar sus cárceles vitales, acababan cometiendo un asesinato para que todo reventara. No he llegado a tal acción. De momento.El personaje de Anthony Hopkins en Lo que queda del día (The Remains of the Day, James Ivory, 1993), el mayordomo sometido a la estricta jerarquía clasista inglesa que no se atrevía a amar (vivir tendiendo a la plenitud), es para mi un espejo. Mis madrugadas están pobladas de fantasmas y sigo escondiéndome bajo las sábanas.Una última cosa para acabar: gracias. Gracias por traer estos dibujos de mi padre. Todos ellos publicados por el diario El País, empresa a la que dedicó la parte mayor de las horas de su vida. Empresa que, a través de un director de nombre Javier Moreno (dudo que por sí mismo, sin apoyo de algún Cebrián, incluso de algún González) le despidió con crueldad después de 30 años de trabajo continuado, desde los números cero previos a la salida del periódico en el 76, hasta aquel 2006 de euforia neoliberal previa al reventón del 2008.
Alberto San Juan: "Mi gran error ha sido elegir el miedo frente al deseo"
Aníbal Malvar habla con Alberto San Juan a través de las viñetas de su padre, Máximo.








