En los últimos años, la tarta de queso, en sus infinitas versiones, se ha convertido en uno de los postres más populares, independientemente de la estación del año en la que nos encontremos. Su textura, versatilidad y la posibilidad de elaborarla tanto con horneado como sin él han conquistado los recetarios caseros y las cartas de numerosos restaurantes. Sin embargo, su éxito actual no significa que se trate de una elaboración reciente. Sus orígenes se remontan a la Antigua Grecia, donde ya se preparaban elaboraciones consideradas precursoras de la tarta de queso actual. Consistían en una mezcla sencilla de queso fresco, harina y miel que, según algunas referencias históricas, se consumía también entre los atletas de los Juegos Olímpicos por su valor nutritivo.

Con la expansión del Imperio Romano, las preparaciones elaboradas con queso se difundieron por buena parte de Europa y fueron evolucionando con el paso de los siglos. Cada territorio adaptó la receta a los productos autóctonos y a sus propias tradiciones culinarias, dando lugar a una gran variedad de versiones que todavía perduran en la actualidad. Siglos más tarde, la aparición del queso crema marcó un antes y un después en la historia de este postre.