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El secreto mejor guardado de Inés Rosales no se encuentra en una fórmula matemática ni en un software de última generación, sino en las manos de sus trabajadoras. En la fábrica de Huévar del Aljarafe, el factor humano se eleva a la categoría de arte e ingeniería gracias a las 'labradoras', un equipo compuesto exclusivamente por mujeres que estiran la masa a mano, una a una, antes de entrar al horno. Juan Carlos Espinosa, director general de la marca, revela la asombrosa magnitud de este trabajo artesanal: cada una de estas profesionales es capaz de moldear 10.000 tortas de aceite al día, un ritmo vertiginoso que combina una resistencia física impecable con una sensibilidad casi milimétrica.

Lograr la excelencia en este oficio tradicional no es una tarea al alcance de cualquiera, ya que el proceso de aprendizaje requiere un mínimo de seis meses y depende enteramente de una destreza innata. La compañía busca perfiles con un don específico para el movimiento y la memoria muscular, cualidades que les permiten dar la forma y el grosor perfectos al producto de manera automatizada. Según detalla el propio Espinosa, la ausencia de hombres en este departamento clave responde a una cuestión puramente de constancia, ya que, hasta la fecha, la empresa solo ha identificado esa sensibilidad y habilidad natural en las mujeres del obrador.