Hay ciudades que tienen museos y hay ciudades que parecen haber decidido convertirse en uno. En Resistencia, las esculturas no esperan detrás de una puerta ni necesitan una entrada: aparecen en las plazas, en las veredas, en las esquinas, acompañan el paso cotidiano. Son parte del paisaje, como los árboles o los perros. Y si hay un lugar donde esa idea se vuelve evidente es en la Bienal Internacional de Escultura, que cada dos años transforma la ciudad en el escenario de una ceremonia que combina arte, trabajo, fiesta y participación popular. La edición 2026 terminó el domingo 26 de julio después de diez días de polvo, martillazos y amoladoras en el Parque 2 de Febrero, junto al río Negro. Casi un millón y medio de personas, según los organizadores, pasaron por el predio durante la Bienal, que volvió a reunir a escultores llegados de distintos puntos del mundo y a un público dispuesto a seguir de cerca una tarea que suele ocurrir lejos de las miradas: la construcción de una obra de arte. Aquí sucede lo contrario. Diez artistas trabajan a cielo abierto, frente a los visitantes, y convierten el proceso en espectáculo. Bajo máscaras y equipos de protección, cubiertos de marmolina, parecen menos criaturas inspiradas por las musas que obreros de una obra en construcción. El público pregunta, conversa, opina y, al final, también vota.
Resistencia, la ciudad que convirtió el arte en paisaje
La Bienal Internacional de Escultura volvió a transformar durante diez días el espacio público en un gran taller a cielo abierto, donde diez artistas de distintos países trabajaron frente a casi un millón y medio de visitantes. El chileno Mauricio Guajardo obtuvo el Primer Premio con Cubo etéreo, una obra concebida para ser habitada, mientras las nuevas piezas se suman a las 731 esculturas que hicieron de Resistencia un museo sin puertas, nacido de un proyecto que Fabriciano Gómez imaginó hace casi cuatro décadas.







