Las leyes suelen sobrevivir a las razones que las hicieron nacer. Uno sigue viendo en algunos pueblos esos carteles que ordenan avanzar al paso porque hace un siglo cruzaban caballos, aunque ahora apenas pase un automóvil cada veinte minutos. Algo parecido ocurre con ciertas costumbres del lenguaje. Conservan una explicación histórica que ya casi nadie recuerda. La poesía pasó varios siglos obedeciendo a una legislación minuciosa. Cada verso debía medir exactamente lo que debía medir; cada acento caer donde correspondía; cada rima caer en el momento preciso. Si una palabra no encajaba, el poeta no modificaba el verso: modificaba, aunque fuera apenas, la palabra. El idioma era un material noble, pero también maleable. La antigua métrica dio nombres técnicos a esas operaciones. Llamó diástole al desplazamiento del acento hacia una sílaba posterior y sístole al movimiento contrario. Eran licencias admitidas por un sistema extremadamente riguroso. Góngora, Quevedo, Lope de Vega y tantos otros escribían dentro de una arquitectura verbal cuya precisión hoy resulta difícil de imaginar. Un endecasílabo era una forma que exigía obediencia debida.
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