Un adolescente marroquí habla con un reportero de la cadena estadounidense CBS. Hace poco que llegó a Ceuta junto a las más de 50.000 personas que cruzaron ilegalmente al enclave el pasado 30 de julio. El joven recibe, decepcionado, la noticia de que las autoridades españolas no están dejando a los recién llegados quedarse y que casi toda la gente que ha cruzado la frontera ya está regresando a su país. “Quiero ir a España, a cualquier parte. Lo que sea menos Marruecos”, dice al periodista. “¿Por qué tienes tantas ganas de irte de Marruecos?”, le pregunta este. Tras pensar unos segundos, responde con dos palabras: “No hope”. No hay esperanza. Tras el cruce masivo del pasado jueves en Ceuta, que ha dado la vuelta al mundo, la reacción mayoritaria ha sido la de buscar una explicación geopolítica. ¿Un nuevo pulso de Marruecos, como el de 2021 y el resto de episodios anteriores? ¿Una respuesta a la visita de Pedro Sánchez a Argelia? ¿Una operación orquestada por los servicios de inteligencia israelíes? ¿O incluso una maniobra dictada desde Estados Unidos? El tiempo dirá quién estaba detrás de la campaña en redes sociales y WhatsApp que convenció a tantos jóvenes marroquíes de que, esta vez, encontrarían una vía para permanecer en Europa si llegaban al Tarajal. Sin embargo, no encontrará usted un joven marroquí que se lance al mar, arriesgue la vida —la última cifra de la Delegación del Gobierno es de 67 muertos a raíz del cruce masivo— y duerma en la calle hurgando en la basura algo de comer por los designios de Estado o servicio secreto alguno. Ni la teoría de la guerra híbrida ni la supuesta permisividad fronteriza del lado marroquí pueden explicar por qué había decenas de miles de personas dispuestas a creer que nadar hasta Ceuta con lo puesto era una oportunidad de mejorar sus vidas. Para eso hay que mirar hacia el interior de Marruecos, un país que acumula desde hace años buenas noticias macroeconómicas mientras una parte creciente de su juventud queda atrapada entre el desempleo y la falta de expectativas. Marruecos creció cerca de un 5% en 2025, un ritmo difícil de encontrar entre las economías de su tamaño en el Mediterráneo. El FMI habla de un impulso sostenido por la agricultura, la construcción, los servicios y una oleada de inversión pública y privada que continuará durante los próximos años. El país amplía sus aeropuertos, compra trenes, extiende la alta velocidad, levanta estadios y reforma ciudades de cara al Mundial de 2030, que comparte con España y Portugal. El turismo también avanza a velocidad de crucero. Marruecos recibió 17,4 millones de visitantes en 2024, un 20% más que el año anterior, y alcanzó con dos años de adelanto el objetivo que se había marcado para 2026. Nunca habían llegado tantos turistas ni habían dejado tanto dinero. El problema es: ¿cuántos marroquíes se están beneficiando de esta expansión? Según el último gran diagnóstico del Banco Mundial sobre empleo y crecimiento en Marruecos, entre 2000 y 2024 la economía creó de media 215.000 puestos menos al año de los necesarios para mantener estable la tasa de empleo. El desfase, además, se ha ido agravando: fue de 138.000 empleos anuales en los años 2000, subió a 208.000 durante la década siguiente y alcanzó los 370.000 entre 2020 y 2024. De acuerdo con los mismos datos, desde el año 2000, la población en edad laboral aumentó un 47%, mientras el número de personas empleadas solo creció un 20,7%. Cada nueva promoción de jóvenes entra así en un mercado con cada vez menos oportunidades. El propio Banco de Marruecos describió el empleo como el “eslabón débil de la economía nacional” en su informe anual de 2025. Ese año, de las 407.000 personas que alcanzaron la edad de trabajar, solo 177.000 llegaron a incorporarse al mercado laboral. El Alto Comisionado de Planificación, el organismo estadístico marroquí equivalente al INE español, situó el paro general en el 10,8% durante el primer trimestre de 2026. El paro juvenil estricto ascendía al 29,2%, pero esa cifra deja fuera a quienes han abandonado la búsqueda, a los menores que salieron del sistema educativo y a quienes sobreviven mediante trabajos ocasionales. El propio organismo calculó que la subutilización laboral, entre los jóvenes de 15 a 24 años, llegaba al 45,3%. A eso se añade el peso de la informalidad. En 2024, casi siete de cada diez empleos seguían fuera del circuito formal. Incluso dentro de las empresas registradas, aproximadamente la mitad de los trabajadores carecía de contrato. Además, el 43% de los titulados superiores trabaja en puestos para los que está sobrecualificado. El efecto acelerador de las redes Esa distancia entre educación y recompensa ayuda a explicar por qué emigrar de forma ilegal, por muy salto al vacío que suponga, puede parecer una decisión racional. Según Arab Barometer, el 55% de los marroquíes de entre 18 y 29 años contemplaba abandonar el país. Más de la mitad estaría dispuesta a hacerlo sin esperar un permiso de residencia. Esa disposición convierte a una parte importante de la juventud marroquí en una audiencia especialmente receptiva a los contenidos en redes sociales que presentan la emigración ilegal como una salida accesible. Durante décadas, la idea de Europa llegaba a través de familiares, vecinos y emigrantes que regresaban durante el verano. Ahora esa comparación es diaria. TikTok, Instagram, Facebook y YouTube muestran de manera constante a marroquíes que viven en España, Francia, Bélgica o Países Bajos. Muchos de esos contenidos se centran en los ingresos, los coches, los viajes, el consumo o el dinero enviado a la familia. La cara B, como la precariedad laboral, los problemas para regularizarse o la marginalidad, brilla por su ausencia. Las plataformas también cumplen una función práctica. En grupos públicos y privados circulan preguntas sobre visados, contratos, estudios, rutas, documentación y pasos fronterizos. Un análisis del proyecto europeo DYNAMIG sobre comunidades digitales vinculadas a Marruecos mostró que cuanto más empeoraban las perspectivas económicas de un usuario de redes, mayor contenido recibía sobre oportunidades laborales en el extranjero y vías de salida. Marruecos ha conseguido proyectar la imagen de un país que va en ascenso: más inversión, más turismo, una relación privilegiada con Estados Unidos y una mayor integración con Europa. Pero la paradoja que deja al descubierto lo ocurrido en Ceuta es que, sin importar estos avances, sus jóvenes siguen igual de dispuestos que antaño a arrojarse al mar con tal de pisar suelo español, aunque sea desafiando a la muerte y con una probabilidad casi nula de llegar a la península. Cuando no hay esperanza, todo vale. Un adolescente marroquí habla con un reportero de la cadena estadounidense CBS. Hace poco que llegó a Ceuta junto a las más de 50.000 personas que cruzaron ilegalmente al enclave el pasado 30 de julio. El joven recibe, decepcionado, la noticia de que las autoridades españolas no están dejando a los recién llegados quedarse y que casi toda la gente que ha cruzado la frontera ya está regresando a su país. “Quiero ir a España, a cualquier parte. Lo que sea menos Marruecos”, dice al periodista. “¿Por qué tienes tantas ganas de irte de Marruecos?”, le pregunta este. Tras pensar unos segundos, responde con dos palabras: “No hope”. No hay esperanza.