La nieve endurecida cedía bajo cada cramponazo mientras el viento obligaba a reducir el paso sobre la última pendiente de la montaña. Los montañeros avanzaban hacia la cima del Everest con el cuerpo inclinado y la respiración recortada por un aire que apenas alimentaba sus músculos.

Cada metro exigía detenerse unos segundos porque las piernas perdían fuerza antes de recuperar el ritmo. Las gafas se cubrían de escarcha mientras los guantes buscaban apoyo en la cuerda fija para impedir cualquier traspié. La cercanía de la cumbre aumentaba la presión sobre un organismo que ya trabajaba al límite. A esa altura cualquier demora podía convertir el último tramo en una amenaza.

La arteria femoral permitió obtener muestras con mayor seguridad

Cuatro escaladores aceptaron que les extrajeran sangre arterial cerca de los 8.400 metros durante la expedición Caudwell Xtreme Everest. Tuvieron que bajarse parte de la ropa térmica y dejar al descubierto la ingle mientras un compañero introducía una aguja en la arteria femoral.

Hugh Montgomery, profesor de medicina de cuidados intensivos en University College London e investigador del proyecto, explicó a ZME Science que el equipo descartó la arteria radial de la muñeca porque el frío extremo podía provocar espasmos. La femoral ofrecía un vaso mayor que podía pincharse y comprimirse con mayor seguridad.