En el inicio de su camino solista a fines de los 70, Terry Gilliam convoca a otro Monty Python, Michael Palin, para protagonizar Jabberwocky, inspirada en el poema homónimo de Lewis Caroll incluido en Alicia. No le fue bien en su momento, se le achacó ser demasiado delirante, cruda, lenta, todo lo necesario para que a la larga devenga en película de culto. Efectivamente es lenta o más bien de un ritmo que se deshilacha para volver al ruedo con dificultad y volver a caer en el sopor, amén de caer, también, en la acostumbrada caracterización de la Edad Media en su dimensión más sucia, sanguinaria y pobre, en su fragor de supersticiones apuntaladas por la inocencia medio macabra de la ignorancia. Pero hay buenos momentos. Uno en particular se lleva todas las palmas por un motivo un poco espurio, que es la conexión con el presente, pero en un diario es maniobra más que legitimada. Nuestro protagonista vaga por calles llenas de animales, basura y gente cubierta con harapos, hasta dar con un artesano en lo que hoy llamamos situación de calle, porque no forma parte de los gremios que organizaban el trabajo en la época. El tipo se acaba de cortar un pie para que pedir limosna sea más rentable. Como el personaje de Palin también está desocupado, le propone hacer lo mismo, es decir, mutilarse. Ajeno a la miseria de su tobillo sangrante, al ver a Palin huir a la carrera, dice con tono superado, “Qué oportunidad de oro se pierde”. Es una escena que hace pensar en los focos más turbios de Internet, donde se monetizan aberraciones que a veces incluyen severos daños físicos para satisfacer el morbo de otros, e incluso en el ánimo de nuestra época. Cobrar por la propia degradación puede parecer algo elegido en un contexto global de pérdida derechos, poca capacidad de adquirir algo dure más de cinco años, sacrificio mal pago y auto explotación creciendo en una escala menos cruenta, pero masiva. El emprendedurismo de redes promete el ascenso social que escasea en el plano del trabajo formal. No demanda grandes inversiones, pero sí un re-brandig acelerado; hay que ser un poco como la rana de los memes y usar, con la misma cara impávida, la gorra del Che, el bigote de Hitler, el turbante de Bin Laden o el pasamontaña del subcomandante Marcos. Aunque las ganancias solo se derramen sobre un grupo, la posibilidad de opinar, relatar, profetizar, formar, en definitiva, parte de la discusión pública, es más igualitaria. Uno de los grandes debates de las trincheras digitales, dada su importancia en los cambios dramáticos de este siglo, gira en torno de la tecnología. Algunos la tienen de religión, otros la demonizan llegando a hacer pie en la conspiranoia, otros llaman a desconectarse mientras siguen conectados. Prima, salvo algunas honorables excepciones, la subjetividad de verla antes y mejor que el resto. A la euforia anabólica del tecnooptimismo se confronta un caudal enorme de pesimismo. Suenan ideas apocalípticas como riesgo existencial, daño cognitivo o muerte del arte. Se reedita la vieja figura del rebaño que va al matadero. Pareciera que, en línea y ampliando exponencialmente la triada orwelliana, las gobernanzas llevan todas las de ganar en sus peores impulsos haciéndonos tragar que la pérdida es ganancia, la precariedad austeridad, la visibilidad triunfo, etc. En el medio, los que se presentan como tecnorrealistas señalan peligros y oportunidades, luces y sombras de lo inevitable.
El destino de la humanidad
En el inicio de su camino solista a fines de los 70, Terry Gilliam convoca a otro Monty Python, Michael Palin, para protagonizar Jabberwocky, inspirada en el poema homónimo de Lewis Caroll incluido en Alicia. No le fue bien en su momento, se le achacó ser demasiado delirante, cruda, lenta, todo lo necesario para que a la larga devenga en película de culto. Efectivamente es lenta o más bien de un ritmo que se deshilacha para volver al ruedo con dificultad y volver a caer en el sopor, amén de caer, también, en la acostumbrada caracterización de la Edad Media en su dimensión más sucia, sanguinaria y pobre, en su fragor de supersticiones apuntaladas por la inocencia medio macabra de la ignorancia. Pero hay buenos momentos. Uno en particular se lleva todas las palmas por un motivo un poco espurio, que es la conexión con el presente, pero en un diario es maniobra más que legitimada. Nuestro protagonista vaga por calles llenas de animales, basura y gente cubierta con harapos, hasta dar con un artesano en lo que hoy llamamos situación de calle, porque no forma parte de los gremios que organizaban el trabajo en la época. El tipo se acaba de cortar un pie para que pedir limosna sea más rentable. Como el personaje de Palin también está desocupado, le propone hacer lo mismo, es decir, mutilarse. Ajeno a la miseria de su tobillo sangrante, al ver a Palin huir a la carrera, dice con tono superado, “Qué oportunidad de oro se pierde”. Es una escena que hace pensar en los focos más turbios de Internet, donde se monetizan aberraciones que a veces incluyen severos daños físicos para satisfacer el morbo de otros, e incluso en el ánimo de nuestra época. Cobrar por la propia degradación puede parecer algo elegido en un contexto global de pérdida derechos, poca capacidad de adquirir algo dure más de cinco años, sacrificio mal pago y auto explotación creciendo en una escala menos cruenta, pero masiva. El emprendedurismo de redes promete el ascenso social que escasea en el plano del trabajo formal. No demanda grandes inversiones, pero sí un re-brandig acelerado; hay que ser un poco como la rana de los memes y usar, con la misma cara impávida, la gorra del Che, el bigote de Hitler, el turbante de Bin Laden o el pasamontaña del subcomandante Marcos. Aunque las ganancias solo se derramen sobre un grupo, la posibilidad de opinar, relatar, profetizar, formar, en definitiva, parte de la discusión pública, es más igualitaria. Uno de los grandes debates de las trincheras digitales, dada su importancia en los cambios dramáticos de este siglo, gira en torno de la tecnología. Algunos la tienen de religión, otros la demonizan llegando a hacer pie en la conspiranoia, otros llaman a desconectarse mientras siguen conectados. Prima, salvo algunas honorables excepciones, la subjetividad de verla antes y mejor que el resto. A la euforia anabólica del tecnooptimismo se confronta un caudal enorme de pesimismo. Suenan ideas apocalípticas como riesgo existencial, daño cognitivo o muerte del arte. Se reedita la vieja figura del rebaño que va al matadero. Pareciera que, en línea y ampliando exponencialmente la triada orwelliana, las gobernanzas llevan todas las de ganar en sus peores impulsos haciéndonos tragar que la pérdida es ganancia, la precariedad austeridad, la visibilidad triunfo, etc. En el medio, los que se presentan como tecnorrealistas señalan peligros y oportunidades, luces y sombras de lo inevitable.











