Jorge Freire

Actualizado 31/07/2026 - 06:59h.

Hay asuntos ante los que una persona cabal se encogería de hombros y pasaría a otra cosa. Verbigracia, una película de muñecos. ¿Conviene desenvainar la espada por un astronauta de juguetería como Buzz Lightyear, con su escafandra de plástico y su mentón de 'sheriff' tejano? Pues a veces resulta que sí. Son bagatelas, se nos dirá; pero las bagatelas son las ganzúas con que una época se nos mete en casa en plena noche. Una figurita de acción puede contener una metafísica o, llegado el caso, un tratado de servidumbre. Por eso hay días en que toca batirse por un muñeco.

Álvaro Cortina ha escrito una Tercera inteligente y garbosa a cuento de la última entrega de 'Toy Story'. Lleva por título 'La nobleza de un muñeco' (24/7/26) y cabe discutirla muy seriamente. Duerman los artículos malos el sueño de la hemeroteca; los buenos, en cambio, merecen estocada, aunque la empuñadura sea de ceremonia.

Por un lado, Cortina se vale de Aristóteles para explicar que la virtud del juguete estriba en su cumplimiento mediante el uso. Para Aristóteles, los seres naturales contienen en sí el principio de su movimiento y de su reposo. La bellota se torna encina y hasta el renacuajo diminuto lleva dentro, en potencia, una rana de buen porte. En cambio, el vaquero Woody es un muñeco salido del molde de una fábrica del sudeste asiático, y antes de una junta de diseño y Dios sabe de cuántos estudios de mercado. Posee, desde luego, una causa final: ha sido fabricado para que jueguen con él. Pero tomar la finalidad industrial por naturaleza íntima equivale a confundir al cocinero con la cazuela porque ambos intervienen en el guiso.