Quien quiera hacer análisis social debe de estar siempre atento a los productos culturales de su tiempo, sobre todo a los más pop. Acudí recientemente al estreno de la última secuela de Toy Story, Toy Story 5; no hay nada sorprendente en que una franquicia extienda más allá del límite de lo razonable el chicle de las secuelas, pero sí que percibí, no sé si colmada por la nostalgia, una distancia enorme entre Toy Story 4 —que vi a finales de la década pasada— y esta nueva. Toy Story 4 fue una película polémica, que desarrollaba a los protagonistas en direcciones inesperadas, constituía un epílogo que a mí me satisfizo y en revisionados me ha parecido encantador; Toy Story 5, en cambio, me ha parecido infantil, innecesaria, sin que su trama contribuyera nada al sentido global de la saga.

Grafton Tanner, un filósofo, dice que la dinámica que rige nuestro tiempo es la del porsiemprismo. Porsiemprismo es la presencia contratante del pasado en lo contemporáneo: porsiemprismo es nostalgia artificial, negación de los finales y también de toda posibilidad de cambio. Toy Story 5 es la instauración definitiva del porsiemprismo. Si Toy Story 4 representaba un epílogo, tras el cual difícilmente se podía explorar la historia de sus juguetes protagonistas en otra dirección, Toy Story 5 busca obsesivamente los hilos de trama perdidos, todo lo que la película sea capaz de inventarse