Hubo una generación que durante años se creyó la protagonista de Toy Story. La saga habría ilustrado su desarrollo vital, como un Boyhood de plástico. Andy era un reflejo de esos chavales que de forma invariable iban a despedirse de su infancia, así que claro que Toy Story 3 plantearía un final devastador, la llegada definitiva de la madurez. El problema es que la saga no terminó ahí, sino que continuó. Con lo que, si resultaba que no iba de nosotros, tocaba preguntarse de qué iba realmente. Así entenderíamos de paso por qué Pixar seguía acumulando secuelas.
Se erigen, por tanto, y ajenas a este adanismo generacional, dos opciones de interpretación. Una, la más bonita, sería que el gran tema de Toy Story es la paternidad. Las películas —cinco en más de 30 años, sin contar cosas como Lightyear o varios mediometrajes de Disney+ empeñados en despojarle de toda la excepcionalidad que pueda quedarle a la saga— habrían vuelto a él una y otra vez. Los juguetes son padres desdichados que ven crecer a sus hijos mientras inevitablemente van alejándose de ellos, reclamados por la complejidad de la adolescencia y la vida adulta. Siendo la suya una angustia tan irresoluble como el mismo paso del tiempo (esto es, una tragedia atemporal), para que Toy Story pueda seguir encadenando secuelas ha sido necesario… ir cambiando de hijos.











