OPINIÓN1 de agosto de 202600:052'minutos de lecturaLa hermana Susan François -aspecto monjil, cara redonda con anteojos- pertenece a una especie extraña: es una monja inversora. Pertenece a la congregación de las Hermanas de San José de la Paz (EE.UU.), conocidas como “accionistas activistas”: religiosas que invierten en gigantes tecnológicos y bancarios para presionar a sus consejos de administración a abordar cuestiones morales. Estas monjas tienen participación en empresas como Palantir, Citigroup y Colgate-Palmolive. Hacen uso de su derecho como accionistas a reclamar informes y a exigir que se tengan en cuenta cuestiones como la detención de migrantes, el cambio climático o el derecho a la tierra de los pueblos indígenas. “Si nos ausentamos de los centros de poder, entonces no tendremos voz ni voto en cómo se hacen las cosas”, explica la religiosa. ¿Jesús haría algo así? Probablemente lo aprobaría porque en ningún momento exigió que sus seguidores fueran ingenuos; antes bien, los invitó a ser mansos como corderos y astutos como serpientes. Y además: Las hermanas de San José de la Paz reconocen un límite: jamás invertirán en fabricación de armas ni en energéticas que utilizan fósiles. No tienen grandes sumas invertidas, pero lo obtenido se utiliza para el cuidado de las hermanas ancianas. Roberto Arlt agregaría: “¿te pensás que porque leo la Biblia soy un otario?” Por Mariano DonadíoLA NACION