En 1976, año en que EL PAÍS llegó a los quioscos, el gran sueño y prioridad de las familias españolas era la consolidación del hogar: el piso en propiedad, el patrimonio familiar construido con décadas de esfuerzo. En aquel momento, el sector seguros ya recaudaba 132.000 millones de pesetas (unos 793 millones de euros), y llegó un punto en el que ya no sólo se trataba de proteger cuatro paredes, sino toda una nueva forma de vida, con aventurados proyectos empresariales, con comodidades inéditas, con inmuebles y bienes materiales en abundancia, que se abría camino y requería ser asegurada. El estado de bienestar.Esta relación entre progreso y riesgo viene de mucho antes. Hace casi cuatro mil años, un mercader babilonio que preparaba una travesía comercial ya sabía que un imprevisto podía arruinar de un plumazo su empresa. Para protegerse, los antiguos recurrían a un mecanismo recogido en el Código de Hammurabi, el llamado préstamo a la gruesa ventura, un contrato en el que un prestamista costeaba el viaje del comerciante y asumía el riesgo financiero de la misión. Si la expedición llegaba a buen puerto, el prestamista recibía de vuelta el dinero con intereses añadidos; en cambio, si la expedición fracasaba, el prestamista perdía el capital adelantado. Aquel sistema fue una de las primeras formas documentadas de transferencia (o reparto o división) del riesgo.