Era uno de los placeres del verano. La noche en los pueblos se cubría de estrellas, esas que apenas veíamos en las ciudades por la contaminación lumínica. De chaval podía pasar horas mirando el cielo, identificando constelaciones, localizando planetas y esperando a que se cruzara algún meteorito. Un espectáculo grandioso que nos mostraba la inmensidad del universo y nos invitaba a reflexionar sobre la condición humana. Por aquel entonces, el hombre daba sus primeros pasos en la conquista del espacio y contemplábamos con admiración la trayectoria de un satélite que se dejaba ver sobre las once de cada noche. Tardé años en volver a ver esos cielos cuajados de estrellas hasta que lo contemplé atónito subiendo al Sinaí, donde la altitud, la limpieza del aire y la total ausencia de contaminación lumínica consiguen tal nitidez que muestran un firmamento en relieve casi al alcance de la mano. Toda una noche en camello para alcanzar la cima donde, según la Biblia, Moisés recibió de Dios las tablas de la ley. A Dios allí no lo vi, pero si hay un creador del universo, aquella cumbre es un lugar idóneo para medir la grandeza de su obra.Quienes habitamos el hemisferio norte no siempre somos conscientes de que el firmamento presenta otra cara en el hemisferio sur. Si aquí tenemos como referente la Estrella Polar, del ecuador hacia abajo la que manda es la estrella del sur. El tiempo que pasé en el Amazonas profundo, sin una sola bombilla ni un tendido eléctrico a menos de seiscientos kilómetros, no dejé pasar una noche sin disfrutar de la nítida visión de unos cuerpos celestes inéditos para un norteño. Allí estaban las constelaciones australes como el Centauro y la Cruz del Sur o las llamadas Nubes de Magallanes, solo visibles en aquellas latitudes.Aquí en España aún quedan rincones perdidos para ver el cielo; el mejor para los astrónomos es el Roque de los Muchachos en la isla de La Palma, que combina la altitud con un clima seco y una escasa contaminación lumínica. De allí surgió en 1988 la Ley del Cielo, pionera en la protección de la calidad astronómica, poniendo límites a la luz artificial y la contaminación radioeléctrica o atmosférica. Una ley que, sin embargo, no podrá evitar una amenaza aún mayor para la observación del firmamento, la proliferación de los satélites artificiales. Si cuando era chico hablábamos de un satélite que pasaba sobre las once ahora en una noche oscura, los ves pasar uno tras otro a cualquier hora. En la actualidad hay cerca de 15.000 satélites en órbita, de los que unos 10.000 pertenecen a SpaceX, la empresa de Elon Musk. El creador de Tesla, el segundo tipo más rico del mundo, se está apoderando del cielo sin que exista organismo mundial alguno que regule o autorice el lanzamiento de estos ingenios; solo la Unión Internacional de Telecomunicaciones de la ONU se ocupa de regular las radiofrecuencias y las posiciones orbitales para evitar interferencias entre satélites. La proliferación de estos ingenios, al margen de la ingente basura espacial que generan, puede reducir aún más nuestra capacidad de observar el firmamento.Cuenta el divulgador científico Jorge Alcalde que, de seguir así, en dos o tres décadas podría haber más de un millón de satélites orbitando el planeta. Los satélites, aunque carecen de luz propia, reflejan la luz del sol, lo que aumenta el brillo nocturno, velando la posibilidad de ver lo que hay más allá de la Tierra. Esos ingenios que nadie controla eclipsarían el brillo de los astros y dejaríamos de ver el cielo en toda su inmensidad. Un eclipse que nos robaría las estrellas.
El eclipse que nos robará las estrellas
Cuenta el divulgador científico Jorge Alcalde que, de seguir así, en dos o tres décadas podría haber más de un millón de satélites orbitando el planeta.














