�La primera afirmaci�n que hace la Biblia sobre el mundo no es una ley, es una bendici�n�. Marilynne Robinson (Sandpoint, Idaho, 1943) lleva m�s de 40 a�os regresando, desde lugares muy distintos, a esa misma intuici�n. La recorren sus novelas sobre gente corriente y peque�os pueblos de Iowa, sus ensayos sobre democracia, ciencia o religi�n, sus clases universitarias y ahora tambi�n Lectura del G�nesis (Galaxia Gutenberg, como toda su obra), un libro que propone volver al primer texto de la Biblia no como un campo de batalla doctrinal o ideol�gico, sino como una de las grandes obras narrativas de la historia de la humanidad. �Antes de que existan las leyes, las naciones o las religiones, Dios contempla el mundo y dice simplemente que es bueno. Todo lo dem�s viene despu�s�.No deja de resultar significativo que una escritora que ha dedicado buena parte de su vida a defender esa idea de la bondad terminara convirti�ndose en una de las interlocutoras intelectuales predilectas de Barack Obama. Cuando el entonces presidente estadounidense decidi� entrevistarla p�blicamente en 2015, la conversaci�n -portada de The New York Review of Books- apenas habl� de pol�tica en el sentido habitual del t�rmino, sino de Lincoln, de Emerson, del miedo, de la imaginaci�n, del alma estadounidense y de la democracia como una forma de confianza en la extraordinaria dignidad de las personas.�Leer a Marilynne Robinson me recuerda que existen verdades m�s profundas que las que ofrecen los canales de noticias 24 horas�, confes� Obama. Aquella charla hac�a visible algo que el mundo literario llevaba d�cadas sabiendo, Robinson es mucho m�s que una de las grandes novelistas estadounidenses de nuestro tiempo; es, sobre todo, una pensadora empe�ada en discutir las ideas �empobrecidas� sobre las que nuestra �poca ha terminado construyendo su imagen del ser humano.Y lo es a pesar de una llamativa paradoja: su bibliograf�a apenas ocupa un pu�ado de vol�menes. Debut� en 1980 con Vida hogare�a, una novela que la cr�tica salud� inmediatamente como la aparici�n de una voz excepcional, para desaparecer despu�s de la ficci�n durante m�s de dos d�cadas. En una �poca obsesionada con la productividad, Robinson eligi� el silencio. Cuando regres� con Gilead, una extraordinaria carta que un anciano pastor escribe al hijo que apenas llegar� a conocer, no s�lo obtuvo el Pulitzer, inaugur� uno de los universos narrativos m�s admirados de la literatura actual, completado por En casa, Lila y Jack.Para saber m�sParalelamente fue construyendo una obra ensay�stica que ha cuestionado algunos de los lugares comunes m�s arraigados del pensamiento occidental: la supuesta incompatibilidad entre ciencia y religi�n, la caricatura del puritanismo, el descr�dito de la tradici�n liberal estadounidense o la creciente tentaci�n de explicar al ser humano mediante categor�as cada vez m�s reduccionistas.�Siempre me ha extra�ado que aceptemos con tanta facilidad ideas muy simplificadas sobre nosotros mismos�, dice desde su casa de Iowa, adonde se mud� en 1989 para dar clases en su universidad. La preocupaci�n aparece formulada una y otra vez en su obra. A pesar de su condici�n de escritora profundamente cristiana, Robinson no parece interesada en defender una religi�n frente a otra, ni siquiera una determinada idea de Estados Unidos. Lo que verdaderamente le inquieta es la facilidad con la que la sociedad actual ha terminado aceptando �descripciones tan empobrecidas de la experiencia humana�.Por eso Lectura del G�nesis acaba siendo mucho m�s que una ex�gesis b�blica sobre la lectura, la atenci�n y el asombro. Robinson est� convencida de que hemos dejado de acercarnos a los grandes textos con verdadera curiosidad para convertirlos en documentos hist�ricos, doctrinales o ideol�gicos que interrogamos para confirmar nuestras propias convicciones. �Cuando la Biblia empez� a circular en las lenguas modernas era algo completamente nuevo para la gente. La le�an con entusiasmo, influy� en su literatura, en su imaginaci�n, en su manera de pensar. Pero nos hemos acostumbrado a ella y ya no acudimos a esos textos esperando encontrar algo tan emocionante como las generaciones anteriores�, lamenta la autora.La escritora Marilynne Robinson en una imagen de archivo.La observaci�n parece referirse al G�nesis, pero enseguida se entiende que habla de algo mucho m�s amplio. Robinson sospecha que no s�lo hemos dejado de leer la Biblia: hemos dejado de leer el mundo. �La Biblia es, esencialmente, una descripci�n de Dios. Eso es lo que sabemos de �l y lo sabemos a trav�s del lenguaje: de la iron�a, de las preguntas, de las alusiones. Si uno se queda fijado en detalles secundarios pierde precisamente aquello que el texto intenta mostrar�. Basta escucharla unos minutos para comprender que, cuando habla del G�nesis, est� hablando tambi�n de Shakespeare, Melville, Dostoievski o Calvino. �La gran literatura nos ense�a a leer el G�nesis, y el G�nesis nos ense�a a leer la gran literatura�.Mientras buena parte del pensamiento contempor�neo ha convertido la sospecha y el cinismo en una forma de inteligencia, Robinson contin�a defendiendo una palabra que hoy casi resulta inc�moda: gracia. No s�lo como concepto religioso, sino como la posibilidad de mirar al otro sin reducirlo a sus errores o sus intereses. El G�nesis, recuerda, comienza con una afirmaci�n radicalmente optimista: �La creaci�n es buena. Antes de la culpa o la violencia, antes incluso de la historia, existe una afirmaci�n sobre la dignidad del mundo y de quienes lo habitan�."Siempre me ha extra�ado que aceptemos con tanta facilidad ideas muy simplificadas sobre nosotros mismos"No es casual que esa idea haya terminado situ�ndola en un lugar singular dentro del debate intelectual contempor�neo. Hace apenas unos meses, a sus 83 a�os, Robinson fue invitada a pronunciar la Conferencia Fosse, creada por el Nobel noruego Jon Fosse, que ha confesado a este suplemento que Gilead es �la mejor novela que he le�do nunca�. Poco despu�s, el Vaticano la reuni� con escritores e intelectuales de todo el mundo para reflexionar sobre literatura y esperanza. Dos escenarios muy distintos que, sin embargo, reconoc�an la misma rareza, la de una autora capaz de hablar al mismo tiempo de democracia, ciencia, religi�n, imaginaci�n y literatura sin que ninguna de esas conversaciones invada el territorio de las dem�s.La sospecha, dec�amos, ocupa un lugar privilegiado en la imaginaci�n contempor�nea. Sospechamos del lenguaje porque puede manipular, de la religi�n porque puede convertirse en dogma, de la democracia porque decepciona, de la ciencia porque no resuelve todos los problemas e incluso del propio ser humano, reducido con frecuencia a un conjunto de impulsos biol�gicos, intereses econ�micos o mecanismos evolutivos. Robinson observa ese paisaje intelectual con desconcierto. �Las grandes tragedias actuales nacen de subestimar al ser humano, de construir antropolog�as que lo animalizan, que lo reducen. Ocurre con la pol�tica. Alguien pregunta: '�Qu� quiere realmente la gente?', y aparece un modelo extremadamente simple de un ser humano con necesidades extremadamente simples. Pero todos sabemos, por experiencia, que las personas son infinitamente m�s complejas que eso�.El entonces presidente Barack Obama con Marilynne Robinson en 2015, antes de su charla en la Biblioteca de Iowa.ANDREW HARNIKEsa desconfianza hacia las explicaciones demasiado simples aclara tambi�n por qu� ha dedicado tantos ensayos a desmontar una idea que hoy parece casi incuestionable, la supuesta guerra entre ciencia y religi�n. �Nunca he entendido por qu� hay que enfrentarlas�, afirma. �Las dos parten del mismo impulso, el deseo de comprender un mundo que nos sobrepasa�. Enseguida aparece Isaac Newton, una figura a la que vuelve con frecuencia. �Dedic� una parte enorme de su vida a la teolog�a y al misticismo. Durante much�simo tiempo ciencia y religi�n, igual que las altas artes, formaban parte de una misma conversaci�n. Despu�s empezamos a pensar que la misi�n de la ciencia consist�a en disipar la religi�n. La gente ha seguido aferr�ndose a esa idea cuando, en realidad, nunca hubo necesidad de que fuera as��.Lejos de sentir que la ciencia erosione sus convicciones religiosas, Robinson sostiene justamente lo contrario: �La f�sica contempor�nea, hasta donde soy capaz de comprenderla, confirma mi teolog�a de una manera muy profunda. Lo extraordinario es que la realidad se ha vuelto todav�a m�s misteriosa. Pens�bamos que la ciencia har�a desaparecer la religi�n, pero lo que ha hecho ha sido multiplicar el misterio�.Su argumento nunca consiste en rebajar la ciencia para proteger la fe, m�s bien al contrario. Cree que el propio �xito cient�fico constituye una prueba extraordinaria de la singularidad humana. �La ciencia ha cambiado inequ�vocamente nuestra experiencia del mundo: los viajes espaciales, las vacunas, las telecomunicaciones... Sin embargo, cuando intenta explicar qu� somos, suele comparar hacia abajo. Se nos dice que somos inteligentes porque los animales son inteligentes y nosotros simplemente dimos unos cuantos pasos m�s. Esa forma de describirnos me parece profundamente insuficiente�."La fascinaci�n por la IA nace de una concepci�n disminuida del ser humano, de olvidar todo lo que somos"Sobre la hoy omnipresente inteligencia artificial Robinson no opina desde el catastrofismo, sino desde una pregunta antropol�gica. �Nuestra aceptaci�n acr�tica de la IA revela que hemos permitido que nuestra idea del ser humano se debilite innecesariamente. Recuerda un poco al Proyecto Manhattan, se desarrolla en c�rculos muy especializados y despu�s simplemente nos anuncian que todo va a cambiar y que probablemente no nos gustar� el resultado. Me parece extraordinario. �D�nde estuvo el debate p�blico? �Qui�n pidi� exactamente esa transformaci�n?�. Y hace una breve pausa antes de volver al asunto que verdaderamente le interesa. �La fascinaci�n por estas tecnolog�as nace de una concepci�n disminuida del ser humano. Si uno empieza a pensar que la inteligencia consiste �nicamente en procesar informaci�n, acaba creyendo que somos sustituibles, pero eso supone olvidar casi todo lo que somos realmente�, denuncia.Por ejemplo, la imaginaci�n, que la escritora nunca ha entendido como un lujo reservado a los creadores, pensadores y artistas, sino como una facultad moral. �La imaginaci�n nos permite reconocer la realidad de otras personas. Sin ella resulta imposible la compasi�n, pero tambi�n la democracia�. Esa convicci�n explica buena parte de su lectura de la historia estadounidense. Durante d�cadas ha discutido tanto con quienes reducen Estados Unidos a una sucesi�n de fracasos como con quienes lo convierten en un relato triunfal. Ninguna de las dos simplificaciones le interesa. �Toda naci�n vive de las historias que decide contarse. El problema aparece cuando esas historias dejan de ser verdaderas porque se vuelven demasiado simples y contaminan el presente�.Y lo ejemplifica con uno de los debates m�s delicados del pasado de su pa�s: �La esclavitud fue una tragedia inmensa para el mundo entero. Pero convertirla en una especie de pecado original exclusivamente estadounidense nos a�sla de la propia historia. No le resto gravedad; al contrario. Lo que digo es que deformar el pasado tampoco ayuda a comprenderlo�. Ese empobrecimiento del relato nacional le preocupa menos como fen�meno pol�tico que como s�ntoma cultural. Robinson tiene la impresi�n de que Estados Unidos ha ido olvidando algunos de los elementos m�s f�rtiles de su tradici�n intelectual: la confianza en la educaci�n, la curiosidad religiosa, el debate p�blico entendido como algo compartido y no como lucha.Por eso le cuesta aceptar la separaci�n tajante entre pol�tica y vida espiritual. A su juicio, toda pol�tica descansa, antes o despu�s, sobre una determinada idea del ser humano. �Durante mucho tiempo dimos por supuesto que cuidar de los pobres era una obligaci�n b�blica con consecuencias pol�ticas muy claras. 'Tuve hambre y me disteis de comer', dice el Nuevo Testamento. Es un lenguaje extraordinariamente expl�cito. Ahora parece que algunos han decidido desentenderse de esa responsabilidad�.La democracia, sin embargo, no empieza para ella en las instituciones, sino mucho antes, en la forma de mirar al otro. �Creo que el fundamento de la democracia es la disposici�n a presuponer que los dem�s tienen buenas intenciones. Basta observar la sociedad para comprobar que, en general, la gente intenta hacer lo correcto. Cuando todo empieza a interpretarse mediante conspiraciones o enemigos imaginarios, cuando dejamos de concedernos mutuamente esa confianza b�sica, la democracia comienza a debilitarse. Llevar a la pol�tica el 'nosotros contra ellos' es una terrible corrupci�n de la democracia�, dice."Nuestros l�deres que se declaran religiosos pero expulsan a la gente no han entendido nada"No sorprende, por tanto, que al reflexionar sobre la relaci�n entre cristianismo y democracia, cada vez m�s compleja en su pa�s, Robinson hable de dignidad antes que de pol�tica. �Las personas son imagen de Dios, as� que no existe ninguna alternativa teol�gicamente respetable a tratar a los seres humanos desde esa perspectiva. La democracia me parece la consecuencia l�gica de ese humanismo religioso. Lo que suscita respeto no es la pertenencia a un grupo, sino el ser humano mismo�. Por eso, le apena ver c�mo se confunde todo en Estados Unidos. �Muchos de nuestros l�deres que se declaran religiosos, como nuestro horrible Secretario de Guerra, que expulsan a la gente o provocan guerras y hambre, o no lo son o no han entendido nada. No s� hasta qu� punto esas personas se toman realmente en serio el cristianismo. 'Ama a tu pr�jimo como a ti mismo' se supone que debe ser dif�cil, es contraintuitivo, y ah� est� su grandeza como idea�, asegura.Ese mismo humanismo explica su desconfianza hacia el lenguaje econ�mico que ha terminado colonizando casi todos los �mbitos de la vida. En aquella conversaci�n con Obama confes� que, si pudiera borrar una palabra del diccionario, elegir�a �competencia�. �La idea de �xito es el gran c�ncer moral contempor�neo, es un lenguaje de coerci�n, de miedo. Le decimos a las personas que estudien aquello que resulta �til para el mercado, no aquello que aman y terminamos convirti�ndolas en herramientas eficientes en lugar de ayudarlas a descubrir qui�nes son�, insiste ahora.Ah�, probablemente, se encuentra el verdadero coraz�n de toda su literatura. Sus personajes apenas cambian el curso de la historia. No protagonizan haza�as memorables ni ocupan los grandes escenarios del poder. Sin embargo, Robinson los contempla como si cada conciencia individual constituyera un acontecimiento c�smico. �La gente suele pensar que mis novelas hablan de personas corrientes�, comenta, �pero nunca he entendido muy bien esa expresi�n. No existen personas corrientes, cada persona posee una vida interior infinitamente m�s rica de lo que podemos imaginar. Y eso deber�a despertar en nosotros una enorme humildad y hacernos considerar nuestra humanidad como un privilegio�. La misma sensibilidad atraviesa su relaci�n con la historia. En sus novelas, los muertos siguen acompa�ando a los vivos y el pasado nunca aparece como un museo clausurado: �Cada persona que ha vivido constituye una nueva respuesta a la pregunta de qu� significa ser humano y mirar hacia atr�s forma parte de comprender qui�nes somos. Deshumanizamos a generaciones enteras simplemente porque vivieron antes que nosotros en lugar de conversar con ellos�.Esa conversaci�n incluye tambi�n la muerte. John Ames, el pastor protagonista de Gilead, escribe una larga carta a su hijo sabiendo que apenas le queda tiempo. Han pasado m�s de 20 a�os desde aquella novela y Robinson sonr�e cuando se le pregunta si hoy comprende mejor a su personaje. �Pienso mucho m�s en mi propia mortalidad�, admite. �Sobre todo porque intento terminar un libro y empezar otro y tengo la sensaci�n de que debo darme prisa�. Despu�s guarda silencio unos segundos antes de a�adir, casi divertida: �Cuando pienso en la muerte, la idea de que la vida contin�e sin m� me entristece, hay tanto que echar� de menos... La muerte sigue siendo un misterio, pero tambi�n una forma de iluminar retrospectivamente la propia existencia�.La escritura participa de ese mismo proceso de descubrimiento. �Nunca tuve la intenci�n de convertirme en escritora, me parec�a imposible y, sin embargo, aqu� estoy�, dice, y asegura que a�n le sorprende haber escrito los libros que ha escrito. �Cuando escribes aparece una voz interior que no es exactamente la tuya, se convierte casi en un personaje con el que dialogas. A veces est� ah�, otras desaparece. Es un uso muy extra�o de la mente, pero tambi�n profunamente humano, supongo�. Y al igual que con la literatura, despu�s de toda una vida leyendo la Biblia, ense��ndola, escribiendo novelas y ensayos, tampoco cree haber agotado la pregunta por Dios, al contrario. �Mi comprensi�n de Dios se ha ampliado. Es mucho m�s rica que hace d�cadas. Mi pensamiento religioso y mi vida intelectual est�n profundamente unidos�.Porque al final, todo vuelve al G�nesis, a esa escena inicial en la que todav�a no existen leyes, fronteras, Estados ni doctrinas; s�lo un mundo que comienza a existir y una voz que lo nombra por primera vez. La escritora hace una breve pausa antes de afirmar lo que sostiene toda su obra: �Por encima de todo, sigo creyendo que la bondad es el centro de nuestro mundo y nuestra vida, y que resistir� a nuestro abuso de ella�. Ah� reside la singularidad de Robinson. Pocos escritores contempor�neos han dedicado una vida entera a pensar una idea aparentemente tan sencilla y, al mismo tiempo, tan revolucionaria, a volver una y otra vez sobre una intuici�n que nuestra �poca parece haber olvidado. Quiz�s porque, antes incluso que una conclusi�n teol�gica, Robinson entiende esa frase como una decisi�n sobre la manera de mirar el mundo. Y tambi�n de habitarlo.
Marilynne Robinson, la conciencia moral de EEUU: "La bondad es el centro de todo y resistir� a nuestro abuso de ella"
«La primera afirmaci�n que hace la Biblia sobre el mundo no es una ley, es una bendici�n». Marilynne Robinson (Sandpoint, Idaho, 1943) lleva m�s de 40 a�os...








