Es imperativo que el electorado cambie su forma de decodificar esta táctica. 30 de julio, 2026 - 09h00A escasos meses de acudir a las urnas, nuestras ciudades amanecen súbitamente secuestradas por un frenesí de supuesto progreso. Las calles, abandonadas durante años a su propia suerte, se llenan de la noche a la mañana de tractores, vallas anaranjadas y cintas de peligro. Es el clásico y lamentable ritual del alcalde oportunista: el milagro del asfalto electoral.Superficialmente, la maquinaria pesada intenta proyectar la imagen de una administración incansable. Pero en la realidad, este despertar de última hora es la bandera roja más gigantesca de la política local. Es la confesión táctica de una gestión que desperdició tres años y medio en el letargo de la desidia, y que ahora, con el agua de las encuestas al cuello, intenta comprar la memoria del votante a punta de inauguraciones apresuradas.Este fenómeno no debería arrancar aplausos; debería encender las alarmas de cualquier ciudadano con sentido crítico. La concentración extrema de la obra pública en el ocaso de un mandato demuestra de forma inequívoca que el interés primordial del funcionario jamás fue el bienestar de la ciudad, sino la preservación de su propia cuota de poder, la rentabilidad política y, muy a menudo, la opacidad de los contratos urgentes.PublicidadLas consecuencias de esta astucia perversa las paga, como siempre, el ciudadano. Tratar de amontonar 20 obras estructurales –que requerían años de planificación, socialización y ejecución meticulosa– en un margen de seis meses, genera una asfixia urbana insoportable. Las arterias viales colapsan, los tiempos de traslado se duplican y los pequeños negocios, atrapados tras meses de zanjas abiertas y polvo, son empujados a la quiebra. Se sacrifica la vitalidad económica de la ciudad en el altar de la campaña política del alcalde de turno.A este caos logístico se suma una garantía fatal: la pésima calidad del resultado. La ingeniería y el urbanismo no toleran los atajos del calendario electoral. Una obra acelerada para coincidir con la fecha de las elecciones es sinónimo de materiales mal fraguados, estudios técnicos ignorados y fiscalizaciones hechas a la ligera. Son infraestructuras nacidas de la prisa, diseñadas para resistir solo hasta el día de la foto inaugural y el corte de cinta, destinadas a desmoronarse en el primer invierno del siguiente periodo.Es imperativo que el electorado cambie su forma de decodificar esta táctica. PublicidadPublicidadLa fiebre constructiva de última hora no es una razón para reelegir a un funcionario; es la prueba irrefutable de que debe ser relevado de su cargo. Debería ser el catalizador automático de un voto castigo. Un líder que necesita asfixiar a su propia ciudad durante seis meses para fingir que trabajó durante cuatro años, no administra, extorsiona. Ya es hora de dejar de agradecer el cemento del cinismo. (O)Anthony Steven Ramia Mantilla, estudiante de Agronegocios, TabacundoPublicidad¿Tienes alguna sugerencia de tema, comentario o encontraste un error en esta nota?