OpiniónCada elección parece anunciar el fin o la salvación de la patria, pero el país continúa avanzando, a tropezones, entre aciertos y errores.ESCRITOR Y PERIODISTA01.06.2026 22:01 Actualizado: 01.06.2026 22:01 En tiempos electorales, la política se convierte en una fábrica de urgencias. Todo parece definitivo, dramático, irreversible. Los candidatos se presentan como salvadores providenciales o como amenazas apocalípticas y millones de ciudadanos terminan atrapados entre el miedo y la esperanza. La sensación es que el futuro entero depende de una sola jornada electoral. Pero la historia enseña algo distinto: los buenos gobiernos no se miden por el ruido inmediato, sino por las huellas profundas que dejan con el paso de los años.Mientras escribo, no se han celebrado las elecciones que ojalá transcurran en paz y se respeten los resultados. Para muchos colombianos, la decisión parece trascendental. Y lo es, en gran medida. Las políticas de salud afectarán a millones de personas; las decisiones económicas abrirán o cerrarán oportunidades; el tono del Gobierno podrá estimular la confrontación o favorecer el diálogo. Todo eso importa porque tiene consecuencias sobre la vida cotidiana.Pero existe una gran diferencia entre lo importante y lo permanente. Los gobiernos pasan muy rápido aunque parezcan eternos, como el actual. Colombia ha tenido 61 presidentes elegidos y otros más si se cuentan encargados, designados y juntas militares. Se creyó que muchos de ellos serían decisivos en su momento. Algunos despertaron grandes entusiasmos y otros provocaron miedos profundos. Sin embargo, de la mayoría a duras penas nos queda el nombre en algún libro de historia, sin nada que valga la pena recordar. Pocos, en cambio, a quienes se puedan atribuir logros perdurables, cimentación de las instituciones democráticas y pasos ciertos de progreso económico y social.Esa perspectiva histórica debería servirnos para moderar el fanatismo. Cada elección parece anunciar el fin o la salvación de la patria, pero el país continúa avanzando, a tropezones, entre aciertos y errores. Ningún gobernante ha sido capaz de resolver todos los males nacionales, y ninguno ha logrado destruir completamente la nación, por más esfuerzo que algunos hayan hecho. La democracia tiene la virtud de limitar las catástrofes, aunque también haga lento a veces el progreso.A los ciudadanos corrientes nos cuesta ver “más allá de las narices”, para liberarnos de los fanatismos y pensar con cabeza fría qué estamos dejando a las próximas generaciones.Los verdaderos estadistas son aquellos capaces de construir instituciones, conseguir acuerdos colectivos y dejar políticas de largo plazo. Un presidente memorable no es el que genera más titulares o polariza con mayor eficacia, sino el que deja condiciones para que el país avance después de su partida. Las transformaciones duraderas rara vez producen aplausos inmediatos. Requieren paciencia, continuidad y una visión que vaya más allá de las encuestas.Por eso el problema de Colombia no radica en quién ocupa la presidencia, sino en la inexistencia de partidos políticos serios, la ausencia de políticas de Estado y la costumbre de depender de caudillos iluminados –o alucinados–. Cada nuevo gobierno llega dispuesto a desmontar lo anterior y a comenzar desde cero, como si la historia nacional se iniciara cada cuatro años.El debate público también se ha degradado por la lógica de los extremos. Quien piensa distinto es convertido en enemigo moral antes que en contradictor político. Los líderes alimentan ese clima porque el odio moviliza más rápido que la reflexión. Pero gobernar desde el resentimiento suele producir más ruido que resultados. Un país no progresa cuando vive atrapado en la descalificación permanente.Convendría aprender a mirar la política con menos ansiedad y con más memoria histórica. A los ciudadanos corrientes nos cuesta ver “más allá de las narices”, para liberarnos de los fanatismos y pensar con cabeza fría qué estamos dejando a las próximas generaciones. La verdadera dimensión de un liderazgo solo aparece cuando el tiempo decanta las pasiones y deja visibles las obras. Lo inmediato deslumbra; el largo plazo revela la verdad.fcajiao11@gmail.com Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. Recibe las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en tu dispositivo.SUSCRÍBETE AL DIGITALInformación confiable para ti. Suscríbete a EL TIEMPO y consulta de forma ilimitada nuestros contenidos periodísticos.
Ver más allá de las narices
Cada elección parece anunciar el fin o la salvación de la patria, pero el país continúa avanzando, a tropezones, entre aciertos y errores.
Opinión sobre elecciones colombianas: los gobiernos tienen impacto transitorio; los estadistas construyen instituciones duraderas. Para ejecutivos, el aprendizaje es que el cambio real demanda visión a largo plazo y continuidad, no polarización.
















