Con las primeras gotas de lluvia, Paulina Lavista detiene la conversación y pide pasar directamente a las fotos de la entrevista. En un patio repleto de nopales en una galería de Ciudad de México, posa con los brazos en jarra, ahora retocándose el pañuelo azul de seda, luego de perfil con las manos en los bolsillos del blazer verde. A punto de cumplir 81 años, todavía conserva ese aire de chica nouvelle vague que fascinaba al México más exquisito de los sesenta. Un aroma cosmopolita y sofisticado de una infancia de clases de ballet, viajes a Alemania para escuchar óperas de Wagner y guateques en la casa familiar por donde se paseaban Pedro Infante, Dolores del Río o el escritor Salvador Elizondo, su futuro marido. Siempre a la última, con 21 años fue una de las cinco mujeres de la primera promoción de la Escuela de Cine de la UNAM. Pronto se pasó de la imagen en movimiento a la fija. Foto documental, foto conceptual, una especie de juego narrativo que llama fototexto, y muchos retratos, sobre todo de la élite cultural de la segunda mitad del siglo XX de la que ella misma forma parte. Antes de que empiece a caer el agua, Lavista desgrana sus inicios y la primera parte de su carrera, marcada por la decisiva relación con su marido. Pregunta. ¿Cómo fue su infancia rodeada de artistas? Respuesta. Mi papá hacía música para más de 400 películas. Siempre estaba al piano y mi madre era pintora. Los actores y los músicos venían a casa a ensayar. De niña me cargaba Dolores del Río o Pedro Infante. Yo no sabía quiénes eran hasta que llegó la televisión en el 52. Tenía siete años y mi papá salía en un programa estelar en televisión dirigiendo una orquesta en Bellas Artes. P. Con 15 años fue modelo.R. Hubo una crisis en el cine y me puse a ayudar a mi papá con comerciales. Pero siempre quise estar del otro lado. De muy niña tomaba clases de ballet. Veía las fotos en blanco y negro de los bailarines en el aire y decía: “¿Por qué no se caen?”. Esa incógnita me llevó a un camino muy largo. Empecé de achichincle [ayudante] en el cine, después fui jefa de producción, produje cinco películas. P. ¿Cómo decidió entrar en la escuela de cine? R. Por el trabajo de ayudante de producción y porque en la casa de mis padres conocí a escritores como José Agustín, Rosario Castellanos o al que luego luego fue mi marido, Salvador Elizondo, que me recomendaron el CUEC. Fui la primera promoción, de 1963. Tenía maestros estupendos como García Márquez o Angélica Ortiz, que era la productora de Buñuel. P. Trabajó con Jodorowsky en la producción de Fando y Lis.R. Fue mi primera experiencia con un director de cine. Era un hombre loquísimo. No podía creerlo. Había una escena para la que quería 12 gordos y 50 kilos de espagueti para representar La Última Cena. Pues compré unas cubetas e hice los espaguetis. “A ver, niña”, me decía. Y yo, con mi minifalda. El ser productora de cine con minifalda me consiguió muchos permisos. Yo era guapa y la minifalda ayudaba. Una vez en Puebla, me dijeron que fuera con la policía a pedir unos permisos para filmar en la calle. Fui con mi minifalda y al día siguiente había 100 policías. P. ¿Cómo era ese DF de los años 60?R. Muy puritano. No había nada que hacer los domingos. Era aburridísimo. Pero mi padre tenía las reuniones musicales, de un espíritu muy abierto, escuchábamos óperas de Puccini. P. ¿No salía a bailar a los salones de la época?R. Las niñas bien no íbamos a esos lugares. Luego, ya como fotógrafa, sí. Había mucha diferencia de clases. Mi papá me llevó a Alemania a oír a Wagner. Esto es toda una educación. En esos viajes, una amiga alemana me descubrió a los Beatles. El DF era una ciudad muy provinciana. Me tocó vivir todos los cambios, que empecé a fotografiar. Tengo la foto del último tranvía. Con mi marido teníamos un departamento padrísimo en el Parque México que habíamos unido con una puerta. Cada uno tenía su espacio. Al terminar de trabajar, yo le enseñaba mis fotos y él sus textos. P. ¿Cuántos años tenía cuando se fueron a vivir juntos? R. 23. Salvador había sido mi maestro en el CUEC. Aunque lo había conocido antes, cuando yo tenía ocho años y él era uno de los asistentes a las reuniones de mi padre. Era amigo de la familia. Cuando regresó de Europa, yo tenía ya 13 y él, 26. Venía a casa, empezaba a hablar y yo me quedaba fascinada. Pero estaba casado. Siempre le gusté y él me habló cuando crecí. Ya se había divorciado. Nos citamos el 17 de diciembre de 1968 y nunca más nos separamos. Fue increíble.P. Hoy ese inicio de la historia de amor sería polémico. R. Lo fue, se armó un escándalo. Le decían a mi mamá que me iba a matar, que era un drogadicto. Eran puros mitos en torno a Farabeuf [la gran obra de Elizondo sobre el amor y la muerte]. Era un hombre maravilloso. Un poco alcohólico y muy celoso. Tenía algunos defectos, pero eran más las virtudes. P. ¿Cuáles?R. Me enseñó a ver y aplicar leyes de la divina proporción, a cómo resolver la obra en un espacio. Lo admiraba mucho. Era un hombre sumamente inteligente, vivaz. Tuve muchos pretendientes muy guapos. Pero necesitaba un hombre como él. En el momento en que me compré la cámara fue cuando me hice novia de él. Hicimos un matrimonio muy riguroso dedicado a construir una obra. Imagínate, escribió una novela en torno a una foto [Farabeuf]. Vio la foto, estudió chino y empezó a inventar cómo armar ese texto. Sigue siendo vanguardista a 60 años de su publicación. P. Ha dicho en alguna ocasión que consideraba la obra de su marido más importante que la suya.R. Sí. Le di más importancia. Muere en 2006 y estaba yo un poco empolvada porque me dediqué a él. Le publiqué 14 libros en vida. Le hice un documental. Y ahora estoy editando sus diarios. Dejó 84 cuadernos. El resto de su archivo está en Princeton.P. ¿Siente que su obra ha quedado algo opacada? R. No, nunca. La competencia es mi admiración por él, nada más. Él me decía: ‘me voy a morir sin haber hecho un libro’. ¿No hay un libro de mi obra, sabes?P. ¿Se siente poco reconocida?R. No, nunca lo pretendí. He hecho muchas cosas. La exposición en el Museo de Arte Moderno. He publicado en todas las revistas. No puedo quejarme. Pero sí, le di un poco más de importancia a su obra. ...Después de las fotos adelantadas por la lluvia, la conversación continúa mientras Lavista va recorriendo la exposición Temáticas en blanco y negro, una panorámica sobre su carrera en la galería del Seminario de Cultura Mexicana. Cuando llega al bloque de su obra más conceptual, composiciones con guiños a Matisse o Giacometti, confiesa que son sus favoritas: “Mi verdadero yo está aquí”. En el banco del patio donde se desarrolló la primera parte de la entrevista, hay restos de ceniza por el suelo que van desapareciendo con el agua. Durante esa primera hora, Lavista se ha fumado cinco cigarrillos light. Ha abandonado la idea de dejarlo: “No puedo trabajar. Al menos, ya no fumo en el cuarto oscuro”. Pregunta. ¿Por qué tantos retratos de figuras intelectuales? Respuesta. Por admiración y porque era mi entorno. Aunque muchos fueron por encargo. Vivíamos de eso. Salvador de escribir en el periódico y yo, de fotos por encargo. P. ¿Es verdad que las editaba con un pincel? R. No, bueno, en parte. Ninguna fotografía cuando sale del cuarto oscuro está limpia, tiene muchos puntitos. Eso se llama retocar. Pero a veces una señora me pagaba dinero y le echaba un pincelazo en la cintura. P. ¿Es cierto que le retocó la papada a Octavio Paz?R. Sí, le encantó y por vanidad se la llevó. Pero le tomé muchas fotos. P. ¿Cómo era? R. Insoportable, muy dogmático. Una vez se peleó con Salvador por Paul Valéry, pero luego se arreglaron. Fue un gran protector de Salvador. P. Y Borges, le hizo su única foto en México. R. Salvador trabajaba con él y tuve el privilegio de platicar una media hora. Ya estaba muy mayor y ciego. Tenía la piel como transparente. Parecía un santo. P. Sobre Rulfo hizo incluso un documental.R. Mi maestro Antonio Reynoso hizo un corto con guion de Rulfo en 1960. Les veía trabajar juntos, pero no me dijo que también era fotógrafo hasta mucho después. Hasta me regaló una foto. Fumaba muchísimo y tomaba mucho café. Era muy tímido, de una humildad extraordinaria. Pero sabía de todo, de música, de medicina, de pueblos mexicanos. Era un hombre muy culto.P. ¿Qué opina de la reciente denuncia por violación de Poniatowska sobre Arreola?R. La creo. Era una niña y él tenía 50. Fíjate que de todos los escritores que ves aquí, Arreola jamás me volteó a ver. Lo fotografié varias veces, pero no tuve ninguna empatía, nunca cruzamos la mirada. Era un hombre muy raro. P. Ninguno de estos hombres intentó al menos insinuarse.R. No. Además, yo estaba muy enamorada de Salvador y ninguno le llegaba a la altura. El único fue Alejandro Rossi, que no está retratado aquí por eso. Se me lanzó varias veces. Y escribió sobre mí algo que no leyó Salvador. Dijo que yo tenía “un cuerpo de cabaretera imperial”. La verdad es que sí tenía un buen cuerpo. Pero menos mal que no lo leyó Salvador porque le hubiera ido a partir la madre.P. ¿Alguna vez se pegó por celos? R. Sí, ¿cómo no? Pero era chaparrito. Pero eso mi papá le puso en una escuela de boxeo. Una vez se descontó a Carlos Fuentes, que era más alto. P. ¿Se pegaron?R. Sí. Pero fue por una cosa de póker. Eran del mismo estrato social. Hijos de diplomáticos.