Actualizado Mi�rcoles,

julio

00:22La culpa es un ac�feno que solo parece acallarse con otro ruido m�s grande. O con un dolor que lo entretenga. En el fondo de todo negacionista, hay una culpa atronadora y un miedo cerval que trata de distraer con ideas fantasiosas, con cuentos para adormir conciencias. Pero el zumbido no descansa.Hace un tiempo que el pueblo es para m� un oasis mental. Cuando el asfalto muerde, el pueblo. Cuando el insulto sin cara, el pueblo y todos sus rostros conocidos. Cuando los precios desalmados, el pueblo y sus casas baratas, sus tercios baratos, su alegr�a que ninguna aplicaci�n ha conseguido monetizar. Y, por supuesto, la naturaleza, ese derroche verde y gratuito desplegado alrededor. A veces me maravillo: �a qui�n se le ocurri� un �rbol, un arroyo, encadenar monta�as?No me hablen de idealizaci�n rural ni del beatus ille, lo dice la neurociencia: el cerebro respira mejor entre �rboles. Est� probado que los pacientes hospitalizados que ven �rboles tienen mejor pron�stico.El viernes est�bamos en la plaza del pueblo, esperando noticias del fuego. El incendio de Ejulve parec�a controlado pero a mediod�a el viento gir� bruscamente, con el despecho de un tango, y el fuego se reaviv�. Imposible no ver una queja, un castigo colectivo en el humo, en ese sol rojo. Imposible no volverse medieval y b�blico cuando la Tierra se torna hostil.Aun as�, cen�bamos en la plaza, beb�amos, re�amos a la espera de saber si nos desalojar�an por el humo. Las risas se cortaban de golpe, sin previo aviso, como si pasara un coche f�nebre.Todos pendientes del fuego, el primer escal�n del Antropoceno, la chispa que nos convirti� en animales dominantes, que nos dio calor, carne asada, lanza dura, noche iluminada, y que por una macabra justicia po�tica, quiere escribir nuestro epitafio.Mi pueblo ni siquiera es mi pueblo. Y, sin embargo, creo que morir� all�.Desde mi ventana veo la monta�a, verde y apretada. Cuando le da el sol de la tarde parece una melena viva, el pelo de una ni�a africana del color del br�coli. Pensarla convertida en radiograf�a negra, en esqueleto de troncos, es lo m�s parecido a asomarse a la muerte.Y s� que ya no es opci�n construir una maqueta mejorada del mundo donde refugiarse. Los multimillonarios fantasean con Marte o con b�nkeres antinucleares de lujo mientras los pobres nos conformamos con un pedacito de tierra en un pueblo, la sombra de una higuera. Pero no existen los refugios. El aislamiento es ficci�n. Por debajo se conectan todas las ra�ces, las de los pueblos y las ciudades, las del ganado que ya no pasta y el combustible para el fuego, las de los sueldos y las condiciones miserables de quienes se tienen que jugar la vida en verano y los cortafuegos, el urbanocentrismo y el olvido rural, la avaricia y la destrucci�n.Al final no fuimos desalojados. El domingo volv�amos a la ciudad y desde la autopista vimos otro gran incendio, el de la Vall d'Uix�. El mismo apocalipsis, el mismo humo buscando otra monta�a. El mismo fuego abrasando conciencias.Solo hay una manera de silenciar el pitido: escucharlo. Y hacer algo antes de que suene la �ltima sirena.