Hay algo inquietante: la sensación de que necesitamos que Jo­na­than Andic haya matado a su padre. Que la tragedia, por sí sola, no nos basta. Que un accidente resulta vulgar para una sociedad acostumbrada a consumir crímenes en capítulos. Necesitamos una trama. Un sospechoso. Un giro inesperado. Un culpable. Es el país de Crims. Y que nadie malinterprete: el primero en advertirnos de que estamos corriendo demasiado es el propio Carles Porta. Porque si algo ha repetido es que los hechos son ­sagrados. Pau Venteo / ShootingSin embargo, basta sentarse a una mesa cualquiera para comprobar que hemos decidido saltarnos todos los pasos. En cenas, conversaciones de ascensor y grupos de WhatsApp se discute ya sobre si Jonathan Andic empujó o no a su padre. Se habla con una convicción que asombra. Personas que no conocen a nadie de la familia, que jamás han estado en el lugar de los hechos, que no disponen de información más allá de titulares. Pero opinan y sentencian: culpable.En cenas y grupos de WhatsApp se discute sobre si Jonathan empujó a su padreLa presunción de inocencia nació como una garantía jurídica, pero es mucho más que eso. Es una conquista moral. Una forma de recordarnos que la sospecha no es una prueba y que la intuición no es un veredicto. Es el muro que separa la justicia del prejuicio.El problema es que hemos acabado considerando la presunción de inocencia como una obligación exclusiva de los jueces. Ellos deben respetarla. Nosotros, no. No podemos ­especular, construir teorías y compartirlas. Como si el derecho al rumor estuviera por encima del derecho a la reputación.X ha acelerado esta deriva, pero no es la única responsable. Lo que ha cambiado es nuestra relación con la incertidumbre. Y no la soportamos. Queremos respuestas inmediatas y, cuando no existen, las inventamos. La justicia tiene tiempos. La conversación pública, no. Pero una sociedad madura debería saber distinguir entre ambas cosas, porque la presunción de inocencia no protege únicamente a quien hoy está bajo sospecha, protege también a toda la sociedad.Mientras no haya juicio, mientras no haya sentencia, lo demás es literatura. Y conviene recordar que la literatura puede ser apasionante, pero nunca debería confundirse con la verdad.