Actualizado Jueves,
junio
21:05El arrepentimiento est� lleno de callejones sin salida. Spinoza, por ejemplo, no le encontraba mucho sentido. En su razonamiento materialista, cabal y algo mecanicista (sin exagerar), dado que actuamos compelidos por causas ajenas y encadenadas, sentir culpa por haber tomado una mala decisi�n es lo m�s parecido a una ilusi�n. Pero no una ilusi�n cualquiera o solo vana, sino una de las malas, una de esas que nos hace sentir mal con nosotros mismos y nos detiene en un pasado est�ril. En el catolicismo en general y en Agust�n de Hipona muy en particular, la cosa cambia. Para el padre de la Iglesia, menos dado a los determinismos demoniacos, arrepentirse es siempre el primer paso a un cambio interior en el que la gracia de dios tiene mucho que ver. Se trata de un acto de sinceridad donde el alma reconoce su culpa, se duele por su error y se abre a la misericordia. Lo siento, me he equivocado, no lo volver� a hacer.La luz es una pel�cula que presume de spinoziana, por su rigor, certeza y confianza en las leyes de la naturaleza (y del propio cine), pero que no esconde su afici�n agustiniana. No en balde su protagonista es cura. Se cuenta la historia de un hombre que se arrepiente. Primero lo hace por evitar males mayores (atrici�n, de acuerdo a la moral cat�lica) y luego, por lo que parece una verdadera fe en la verdad (contrici�n). Hablamos de un sacerdote que tiempo atr�s abus� de sus alumnos cuando se dedicaba a dar clases y que, ahora, cuando se platea abandonar la Iglesia y retirarse a una nueva vida lejos de la culpa, se da de bruces con su pasado. Fernando Franco plantea una situaci�n que, en puridad y en la realidad, hasta el momento no se ha dado nunca. Y esa es la primera de las novedades. La segunda es que toda la cinta est� contada desde la mirada del personaje principal, el culpable en busca de perd�n, con todos los riesgos que eso conlleva. Nada tan peligroso como mirar cara a cara al monstruo, una criatura a la que, por definici�n (y por fea incluso), se le niega y nos niega sistem�ticamente la mirada.Franco vuelve a demostrar su afici�n por los personajes que caminan al borde de todos sus abismos. Su cine es un cine inc�modo, pugnaz y febril que sistem�ticamente se ofrece como un reto para el espectador. Su cine, desde La herida a Subsuelo pasando por Morir y La consagraci�n de la primavera vive y se nutre de la verdad servida en crudo. Por muy inc�moda que resulte. Cuesta digerirla, pero alimenta m�s. �Es posible perdonar lo imperdonable? �O es acaso igual de culpable acercarse, aunque sea un instante, y reconocer un gramo de virtud en la m�s nefanda de las criaturas? La luz es met�dica a la ahora de exponer la actitud de encubrimiento que hasta la fecha ha seguido la Iglesia en todos y cada uno de los casos de pederastia. Sin caer en el docudrama y sin dejarse arrastrar por la denuncia evidente, la pel�cula se las arregla para describir sin juzgar, para analizar sin caer en la justa ira. Y es ese tono de medio ambiente fr�o el que desconcierta con la misma fuerza que asombra y alerta. Acto seguido, es el turno del monstruo. Y es aqu� donde el trabajo de Alberto San Juan y la met�dica (por spinoziana) puesta en escena afilan cada �ngulo de la narraci�n hasta herir, hasta hacer sangrar. Todo son dudas y por cada duda, una revelaci�n. �Confesar el pecado, que en verdad es crimen, como hace nuestro monstruo es hero�smo o simple narcisismo? �La actitud persistentemente culpable de la instituci�n es estrategia por aquello de evitar males mayores o simple maldad? �Y las v�ctimas? Si aceptamos, como es justo aceptar, que solo ellas pueden conceder el perd�n, �acaso es imaginable, o solo admisible, semejante desprop�sito? Y as�. No hay manera de mirar a los ojos de lo terrible sin quedarse sin ojos. Si se compara con las pel�culas anteriores del director, �sta es la m�s expl�cita, la menos derivativa, la m�s directa. En lo que a la direcci�n se refiere, es la m�s clara, sin esos planos torturados que ha presidido su filmograf�a. Y eso que, en efecto, se antoja un logro, por momentos, resta esquinas a un asunto que es casi por definici�n solo esquinas. Sea como sea, queda una pel�cula que, como el propio arrepentimiento, es toda ella un callej�n sin salida, una fr�a y muy inquietante disecci�n de la imposibilidad del perd�n. —Direcci�n. Fernando Franco. Int�rpretes: Alberto San Juan, Pedro Casablanc, Miguel Rell�n. Duraci�n: 118 minutos. Nacionalidad: Espa�a.











