[Este relato, escrito en primera persona, es fruto de una entrevista realizada el lunes al portavoz del Sindicato de Bomberos, Israel Naveso, al término de su jornada laboral. Más de la mitad, de 20.00 del domingo a 12.00 del lunes, se desarrolló en el incendio de la Sierra Oeste de Madrid, en Fresnedillas de la Oliva. Es el quinto día de lucha contra las llamas y el fuego sigue ardiendo sin control en la mayor catástrofe medioambiental en la historia de España. Va acompañado por imágenes grabadas por los propios bomberos que tienen especial valor, ya que los periodistas no pueden acceder a la zona]Me llamo Israel Naveso, tengo 45 años y soy bombero. Llevo en esto 22 años, todos en el parque de Villaviciosa de Odón (Madrid). También soy representante sindical desde chavalín, y estos días, a petición de los mandos, he estado peleando en otro frente, el del teléfono, buscando gente para cubrir relevos. Aunque he aportado más rellenando plantillas que sobre el terreno, estaba muerto por ir y, hoy [domingo], por fin, me toca. Por mucho que te cuenten, la destrucción es tan brutal que solo la entiendes cuando la ves.Entro de guardia a las 8.30 tras acostarme pronto y pasarme la noche comiendo techo, como un campeón. Las noches así pesan. Tengo insomnio permanente, que llevo puesto como quien lleva una cojera. Dicen que los bomberos vivimos 10 años menos: por las sustancias nocivas, por los horarios y por esto, la ansiedad, que no se va nunca.Por la mañana, cinco compañeros van directos al incendio, a San Martín de la Vega, y los otros cinco tenemos que quedarnos en el parque haciendo la vida normal, esperando para darles el relevo. Lo primero, poner los 20 euros para el trus —llamamos así a la comida y la cena y no me pregunten por qué—, hacer la compra y cocinar. Luego, revisar vehículos y atender las salidas, que no dejan de pasar porque la vida sigue. Lo habitual son cuatro o cinco al día. Hacemos tres, nada destacable, incluso una es una falsa alarma porque ahora hay mucha psicosis. Solo queremos que pasen las horas. A las 18.00, nos avisan de Jefatura: en dos horas hay que estar en Fresnedillas de la Oliva. Me pongo el EPI forestal, el U1, un traje ligero que pesa cinco kilos y transpira mejor. El otro, el estructural, el U2, es para incendios de viviendas, son 25 kilos con la bombona y con el calor no aguantaríamos ni 10 minutos en pie. Mientras me equipo, hago lo de siempre: previsualizar. Imaginar a dónde voy, el pantano de San Juan, Robledo de Chavela, las antenas de la NASA. Conozco la sierra de memoria. Y ahí está la carga emocional, muy complicada de gestionar: cuando te desplazas a ayudar a otra comunidad o a otro país, vas con ganas, pero no es tu tierra, no la sientes. Esto es totalmente distinto, perdón por emocionarme, pero me lo he recorrido mil veces corriendo, en bici, con mis hijas. Lo que se está quemando es tu comunidad, la ves arrasada y piensas se acabó, ya nunca más lo voy a ver como era porque tendrán que pasar 30 años.Llegamos a Fresnedillas a las 19.55 y nuestra misión es de vigilancia de zona quemada. Hacemos el solape [relevo] con los compañeros y lo primero que siento es que es el covid otra vez. Las calles vacías. Un compañero lo clava: “Somos Will Smith en Soy leyenda”. Estamos solos en un pueblo que, en verano, tenía que estar rebosando vida. El contraste, es inevitable no pensarlo: hace una semana estaban las calles a reventar con la gente feliz, celebrando el Mundial. Y ahora mudo, evacuado. Nuestro mando vive en Valdemorillo y conoce el monte palmo a palmo, así que nos va llevando por las pistas forestales, un acierto. Nos tiramos toda la tarde y toda la noche recorriéndolas, en tensión, llegando a los puntos calientes, apagando árboles con una llamita de nada. No te puedes confiar, si lo haces, ya la tienes liada. Como una parte no ha ardido y hay un cambio de viento previsto, cualquier rescoldo podía convertir este flanco en la cabeza del incendio justo encima de nosotros. Sabes que una columnita de humo que ignoras puede reventar de nuevo Chapinería, Colmenar del Arroyo, Navalagamella. Ya ha pasado en la urbanización El Encinar del Alberche, donde arrasó 41 viviendas el primer día, y te preguntas cómo es posible que vuelva. Este incendio es una auténtica barbaridad, nunca había visto nada igual, tan poco previsible y tan virulento. Está demostrando tener vida propia y un comportamiento absolutamente extraño, como volver como un bumerán sobre lo ya quemado. El incendio se divide en ocho o nueve sectores con más de 225 efectivos. En el mío estamos cinco bomberos de Pozuelo, 15 de Zaragoza, 10 del aeropuerto y nosotros cinco. Otras dotaciones no paran, a saco toda la noche, lo nuestro es una labor coñazo, pero esencial: parar cada dos por tres, tirar de manguera, extinguir, recoger y vuelta al camión. La emisora va a estallar, los compañeros de las urbanizaciones del pantano San Román y Costa de Madrid desesperados, pidiendo refuerzos y descargas de medios aéreos. Y, en medio de la devastación, pequeñas alegrías que buscas para no hundirte: muchos árboles enteros se han salvado, parece imposible con semejante carga de fuego, pero ha ocurrido porque fue tan rápido que en ciertas zonas solo quemó pasto. Paramos a dar de comer y beber a tres caballos. Nos encontramos islas verdes en mitad de la nada, allí donde hay animales pastando, el monte se defiende solo. Cae la noche. Los incendios son más peligrosos, pero es cuando mejor se ven. Cenamos en media hora, hacia las 23.00, una ensalada, un plato de pasta y un Aquarius, que paga la administración y que hemos peleado años para que sea digno, antes eran sándwiches Pepi de mierda y ahora, de Viena Capellanes. Y entonces lo veo: al otro lado de la ladera, el resplandor del fuego, la columna de humo. Lo único que nos separa del fuego es una ladera.Estamos acojonados. Me parece bien tener ese miedo, aunque prefiero llamarlo respeto: el día que lo pierdes es el día que pierdes la vida. Tenemos que abandonar la pista para repostar por la 501 a Pelayos de la Presa, a 35/40 minutos y, en el puerto de Navas, cambia el panorama por completo: está todo arrasado. Es un corredor brutal, es por donde van los compañeros del Ayuntamiento de Madrid en ese vídeo que no se ve más que fuego. Es lo más parecido al infierno que he visto, si es que existe el infierno. Tras repostar, nos metemos en Pelayos y vemos el daño estructural. Casas quemadas y salvadas, que los compañeros defendieron muy por encima de lo humano, se la jugaron a lo bestia con el equipo forestal. Que no le haya pasado nada a nadie es un milagro. Cada vez que oyes en la radio la palabra “atrapamiento” se te abren las carnes, arrastramos una racha muy mala: Rafa, muerto en el vuelco de Valdemoro, los dos compañeros de Alcorcón... Y es imposible no pensar en ellos y en tu familia. Nuestro método de autodefensa es el humor negro, jugarte la vida en un minuto y, al siguiente, hacer chistes. Con nosotros van dos chavales de la última promoción, con dos guardias a cañón a sus espaldas defendiendo Pelayos. Se pasan toda la noche como un martillo percutor: “Llama a Jefatura, que nos manden al fuego”. Verlos con esas ganas te devuelve la fe: dicen que el perfil ha cambiado, que vienen con carrera, con una nota de corte de nueve. Pero yo veo que no se ha perdido la vocación. Y eso me llena: son el futuro que defenderá lo que somos.Paramos a mear entre las 4.00 y las 5.00, nos hemos bebido cada uno seis litros de agua con sales. Hace frío, 11°, el humo se vuelve una capa densa pegada al suelo con un olor a quemado que te cagas, la luna muerta, el resplandor de fuego... Y pienso: “Pero qué coño estamos viviendo”. El covid, Filomena, la dana de Aldea del Fresno, Ucrania, el apagón y ahora esto. Diez años de locuras una tras otra que gente con 40 de carrera no había visto ni una sola.Desayunamos a las 9.00, café y bollos. Nos invita el alcalde de Fresnedillas con la cara tiznada, cuatro días sin dormir, en lo único que hay de vida en el pueblo y que está abierto solo para nosotros, la cafetería el Rincón de Cristina. Esos momentos te devuelven la esperanza en la sociedad.A las 12.00 llega el relevo. Antes de llegar a mi casa, me entero de que nuestra ladera ha caído. Robledo de Chavela está fatal, el frente sube hacia Valdemaqueda y, como no lo paremos, puede llegar a la sierra de Guadarrama. Todo nuestro trabajo se ha ido a tomar viento, pero esto es así, es habitual hacer cosas a sabiendas de que puede que no valga para nada. Hoy entro otra vez a las 8.30 y no he podido pegar ojo. Todos los esfuerzos de la noche se han concentrado en el río Cofio, 400 efectivos trabajando para que no llegara a la carretera a Valdemaqueda y no lo ha hecho. Hoy [martes] es sí o sí el día más importante. Está toda la caballería en Madrid, pero sigue avanzando y no tenemos cojones de pararlo.
Diario de un bombero: “Este incendio tiene vida propia y se comporta de forma muy extraña”
Un turno de trabajo en el combate contra las llamas que asolan la Sierra Oeste de Madrid, contado en primera persona por un efectivo












