El k-pop, nacido en los noventa como un género estrictamente coreano, se ha expandido hasta convertirse en un fenómeno mundial. En la última década hemos visto cómo los grupos BTS y Blackpink —y sus solistas por separado— han roto récords en YouTube y han colaborado con estrellas occidentales como Coldplay o Rosalía. Para comprender mejor semejante auge, el público hispano dispone ahora de K-Pop Idols. Cómo se fabrica un género global, un ensayo publicado originalmente en 2019 y escrito por el periodista Hark Joon Lee y el académico Dal Yong Lin. En la introducción, los autores afirman que las páginas que nos esperan “combinan de forma única la teoría y la práctica” y ofrecen “una mirada fascinante” sobre el tema. Tales promesas, sin embargo, no tardan en esfumarse como lágrimas en la lluvia.La primera parte del ensayo brinda una contextualización general del fenómeno que, si bien aporta información útil, se queda corta y resulta superficial. La panorámica fracasa además en su intento de proporcionar un marco conceptual con el que analizar el k-pop, pues se sirve de referencias teóricas poco esclarecedoras y casi siempre metidas con calzador. Por no hablar de su prosa, llena de repeticiones y con un estilo más propio de un informe de la Confederación Hidrográfica del Duero.En la segunda parte, el ensayo da un volantazo y se convierte en el diario personal de Hark Joon Lee. Aquí el periodista comparte sus experiencias durante el año en que, tras haberse infiltrado en una agencia, asistió al proceso de formación de 9MUSES, un grupo de aspirantes femeninas a idols. El cambio a la primera persona resulta refrescante, aunque el diario enseguida se atraganta: está trufado de reflexiones pueriles, diálogos intrascendentes y saltos temporales que parecen obra de Faulkner si le hubiera dado un ictus. La traducción, por su parte, tampoco rema a favor.Aun con sus limitaciones formales, Lee nos hace llegar un mensaje claro: el sistema de producción de estrellas de k-pop es un infierno. Su diario muestra cómo las jóvenes aspirantes, movidas por el anhelo de ser famosas, se someten a un régimen de presión y control extremos por parte de las agencias. Durante los años que dura la formación, las chicas tienen que repetir las coreografías sin descanso y seguir dietas estrictas a las órdenes de sus mánagers, hombres que las dirigen con mano de hierro para convertirlas en productos “sexis y adorables”.El entrenamiento se basa en inculcar ad nauseam la determinación y la capacidad de sacrificio, algo especialmente cuestionable si tenemos en cuenta que las chicas son elegidas por su atractivo físico y carecen de aptitudes especiales para el canto o el baile. Así, como retrata Lee, se normaliza que las candidatas practiquen las canciones de madrugada mientras lloran de frustración y ansiedad. Una de ellas resume el asunto con crudeza: “Solo hay una forma de tener éxito: ser maltratada”.En resumen, y por criticable que sea, el ensayo presenta el mérito de enseñar la realidad sombría que se esconde tras el luminoso k-pop, una realidad oculta que no hace sino encarnar el carácter tan competitivo y a la vez jerárquico de la sociedad coreana. No obstante, esta cara escondida ya no lo es tanto. Hoy existe una conversación pública sobre los problemas de salud mental y las violaciones de derechos humanos en el mundo del k-pop. Y quien abrió el debate fue precisamente 9 Muses of Star Empire (2012), el documental que el mismo Hark Joon Lee realizó tras su experiencia como infiltrado en la industria. Este documental posee todas las virtudes del libro que vendría después y se libra además de todos sus defectos. Se trata, en resumidas cuentas, de un artefacto más logrado y efectivo que el hermano literario del que se ocupa esta reseña. Aprovechemos la ocasión para llevarle la contraria a los pedantes y proclamar, por una vez, que el libro es peor que la película.
“Solo hay una forma de tener éxito, ser maltratada”: dentro de la máquina de ‘hits’ del k-pop
Pese a sus limitaciones formales, ‘K-Pop Idols’, un ensayo del periodista Hark Joon Lee y el académico Dal Yong Lin, enseña la realidad sombría que se esconde tras el luminoso género musical coreano








