Una barriada, por caótica y fea que sea, por mucha basura que tenga tirada por las calles, con más de cinco mil comercios y que genera un volumen anual de negocios de alrededor de 1.500 millones de euros, no responde al estereotipo convencional de gueto, lo mismo que la favela de Rocinha en Río de Janeiro, Kibera en Nairobi, Alexandra y Soweto en Johannesburgo u Orangi Town en Karachi. La mezcla de riqueza y pobreza hace difícil clasificar a Dharavi, uno de los mayores de Asia.Un millón largo de habitantes (muchos no están censados) se apiñan en una extensión de poco más de 2.4 kilómetros cuadrados, una antigua marisma emparedada entre dos de las líneas de ferrocarril que atraviesan Bombay, que por el desarrollo demográfico ha quedado como una isla rodeada de apartamentos y bloques de oficina de lujo que cuestan varios millones de dólares. Los habitantes originales eran pescadores del estuario del río Mithi que fueron expulsados por los británicos para construir sus astilleros, trenes y fábricas textilesEn los estrechos callejones de Dharavi, con frecuencia de menos de dos metros de ancho, las “fábricas” son una sola habitación en casas de tres o cuatro pisos (accesibles sólo por escaleras externas), que durante la noche cumplen la función de sala de estar o dormitorio para familias numerosas. La cocina es una simple bombona de butano, y los cuartos de baño son comunales (uno para cada 1.440 individuos), operados por una compañía privada que cobra por su uso. El suministro de agua dura entre dos y cuatro horas al día, que la gente aprovecha para llenar barreños, cubos, botellas y demás.Con frecuencia una sola habitación hace de vivienda, fábrica y mercadoEn estas precarias condiciones de vida prosperan miles de negocios (de curtiduría, cerámica, jabones y detergentes, ropa, bolsos, cinturones y productos de piel que las grandes marcas de diseño venden luego por una fortuna, instrumentos quirúrgicos, cuchillos, reciclaje, destilación de licor...), sin necesidad de bancos ni intervención alguna de la burocracia gubernamental, un micro sistema autogestionario que no sería viable en ninguna otra parte.Con una abrumadora densidad de población de 418.000 personas por kilómetro cuadrado, Dharavi está dividido en 85 sectores (de unos cuantos callejones cada uno) por razón del origen y la religión de sus habitantes (muchos emigrantes de Uttar Pradesh y otros estados de la India), o del tipo de comercio. Si se quiere ampliar el negocio, o comprar una cortadora de plástico que cuesta 500 dólares, se acude a prestamistas locales o a un tipo de crédito en el que veinte personas de confianza se comprometen a aportar una cuota mensual, y se turnan periódicamente para recaudar los fondos.Lee tambiénLa principal industria es el reciclaje del 80% de la basura que genera Bombay, unas seis mil toneladas al día, con negocios especializados en plástico, componentes eléctricos, metales, botellas de cristal, cartones... El trabajo es manual, sin guantes, en pequeños habitáculos con una máquina desfibradora, martillos o un tambor alimentado por queroseno. Las pelotitas en que quedan convertidos los materiales se venden para usos varios a setenta rupias (unos sesenta céntimos de euro) el kilo.Los especuladores quieren expulsar a los habitantes llegados después del año 2000El sistema educativo en Dharavi -una especie de república autónoma en pleno Bombay- es una combinación de escuelas públicas y otras organizadas por los propios vecinos en las azoteas; tiene sus propias redes comerciales, estructuras de gobernanza y redes de suministro; no hay normas de planificación urbana, ni arquitectos que diseñen los edificios multiuso que hacen a la vez de fábricas, mercados y viviendas; no hay jueces ni tribunales, y las inevitables disputas sobre deudas, pago de alquileres, cuestiones laborales y asuntos matrimoniales se resuelven por miembros de la comunidad de prestigio cuya autoridad es aceptada. Hay clínicas estatales, pero la mayoría de gente de acude a médicos privados que cobran cantidades modestas.La inseguridad y la violencia machista son un problema generalizado en la India, hasta el punto de que el metro de grandes ciudades como Bombay, Bangalore o Calcuta tiene vagones especiales que a determinadas horas son exclusivos para mujeres. En Dharavi, tras la puesta del sol en los oscuros y estrechos callejones, las mujeres van lo más deprisa posible del punto A al punto B, con los oídos bien atentos y mirando por encima del hombro.Transeúntes pasan por delante de un mural pintado en el suburbio Dharavi de Bombay. PUNIT PARANJPE / AFPDharavi es lo que pasa cuando a más de un millón de personas les es negado el acceso a infraestructuras básicas durante décadas, y se ponen de acuerdo para crear las suyas propias. La clave de su viabilidad es el enorme volumen de negocio, aunque sea con ganancias pequeñas, que le permite genera más dinero que el producto interno bruto de algunos países.Cinco mil pequeños negocios generan unos 1.500 millones de euros al añoSu ubicación geográfica y enorme productividad hace que el gueto -si se le puede llamar así- sea una golosina demasiado dulce como para que los especuladores no quieran comérsela. Desde hace veinte años circulan proyectos para demoler Dharavi y construir rascacielos donde se ubicarían sus negocios, sin tener en cuenta que ello haría imposible el acceso de los camiones de suministros a las plantas bajas que existen en la actualidad. La última iniciativa al respecto corresponde al poderoso grupo Adami, próximo al gobierno de Modi, que ha propuesto invertir dos mil millones de dólares, pero sólo reubicaría en pisos a un 40% de los desplazados, aquellos que llevan en el barrio desde antes del año 2000. El resto se quedaría sin casa, sin trabajo y sin manera de ganarse la vida.Tours organizados con guías locales muestran la cara positiva de Dharavi con sus miles de pequeños negocios y una economía increíblemente boyante. Pero dejan para mejor ocasión las áreas residenciales donde familias hacinadas comen y conviven en el mismo espacio que hace de fábrica, con turnos para dormir, las instalaciones sanitarias son compartidas por 1.400 personas y los niños aprenden en escuelas informales en lo alto de las azoteas.Abogado y periodista. Corresponsal de 'La Vanguardia' en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.