Son las ocho de la mañana y la hora punta está en pleno apogeo en Pipeline, un barrio densamente poblado situado en el extremo sur de Nairobi, Kenia. Cientos de viajeros se dirigen a las paradas de autobús y se abren paso entre vendedores ambulantes, montones de basura sin recoger y un lodo espeso, agravado por las lluvias de la noche anterior. Este barrio es conocido “por el barro y las multitudes”, afirma Ondere Job, un artista de 28 años y residente local. Levanta la vista hacia una obra cercana y observa cómo los obreros cargan sacos de cemento y trepan por andamios de madera. Las calles no están asfaltadas, los cortes de luz son habituales y el agua solo llega dos veces por semana, cuenta. A pesar de esta falta de servicios, el auge de la construcción aquí no da señales de detenerse.Pipeline se asemeja a muchos otros barrios de clase trabajadora de Nairobi. Aunque nunca formaron parte de los planes urbanísticos originales, en las últimas dos décadas han proliferado en las afueras de la ciudad, absorbiendo oleadas de migrantes rurales. Están compuestos por bloques de viviendas muy apiñados ―en cada uno viven entre 200 y 300 inquilinos― y suponen un paso adelante respecto a los infames asentamientos informales como Kibera. Sin embargo, los servicios básicos son escasos o inexistentes, mientras el gobierno trata de gestionar una ciudad que está siendo transformada por los promotores inmobiliarios.Nairobi, una de las ciudades de más rápido crecimiento de África, ve cómo su población aumenta a un ritmo estimado del 4% anual sin una oferta suficiente de vivienda formal y de calidad. Se calcula que el 60% de la población de la capital keniana vive en asentamientos informales con poca o ninguna infraestructura de servicios. El déficit de vivienda es tal que se estima que el país requiere de dos millones de alojamientos, la mayoría en Nairobi. Para albergar a lo que ya es una metrópolis de seis millones de habitantes, la capital ―conocida históricamente como “la ciudad verde bajo el sol”― ha experimentado una rápida urbanización. Aunque este boom de la construcción está proporcionando parte de las viviendas necesarias, la falta de planificación está poniendo al límite la infraestructura de servicios. Lo que ocurre en Nairobi pone en evidencia los efectos de la rápida urbanización que atraviesa el continente africano. Si en los años cincuenta vivían en ciudades 27 millones de africanos, esa cifra alcanza ya los 717 millones. En 2050, se proyecta que la cifra escale a 1.400 millones. Entre las causas no está solo el crecimiento demográfico y la migración interna de jóvenes que buscan oportunidades en las grandes urbes, sino también factores como el desplazamiento climático. Entre 2015 y 2020, más de siete millones de personas se vieron desplazadas por desastres naturales en África Subsahariana y una buena parte terminó en centros urbanos. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) prevé que, para 2050, más de 86 millones de africanos podrían verse desplazados debido a fenómenos medioambientales. Apartamentos de lujo en zonas verdesCada vez que llueve y las calles frente a su oficina se inundan, Alfred Omenya, arquitecto y director de Eco-Build Africa, recuerda el fracaso de la ciudad a la hora de planificar adecuadamente. Su oficina está en Kilimani, uno de los barrios que fueron rezonificados en 2017 para permitir una mayor densidad residencial. En los últimos años, Omenya ha visto cómo parcelas arboladas han sido arrasadas para dar paso a bloques de apartamentos de lujo. “La población de estas zonas ha aumentado, pero la infraestructura sigue siendo la misma”, afirma Omenya. “Uno de los mayores retos de la ciudad es el desajuste entre los niveles de desarrollo que se han permitido y lo que la infraestructura puede soportar realmente”. Fundada en terrenos pantanosos durante la época colonial británica, el primer plan urbanístico de Nairobi, de 1948, preveía zonas verdes y edificios de baja altura. Tras la independencia en 1963, los planes posteriores de 1973 y 2014 propusieron estrategias para gestionar el rápido crecimiento. Pero, como advierte Omenya, estos documentos fueron ignorados por las autoridades. “[El de 2014] es el plan más elaborado y coherente. Han pasado casi 12 años y, una vez más, lo que vemos es que la ciudad no lo está siguiendo”, sostiene.Uno de los mayores retos de la ciudad es el desajuste entre los niveles de desarrollo que se han permitido y lo que la infraestructura puede soportar realmenteAlfred Omenya, arquitecto y director de Eco-Build AfricaNairobi también cuenta con normas de construcción: los promotores deben solicitar numerosos permisos y someterse a inspecciones periódicas por parte del Ayuntamiento. Pero no siempre se cumplen. La aplicación desigual de la ley y la corrupción animan a promotores sin escrúpulos a construir en zonas ribereñas o a superar en varios pisos el límite legal. Un montón de escombros en el barrio de South C evidencia que la corrupción supone un peligro real. En enero, un bloque de apartamentos de 16 plantas que se encontraba en construcción se derrumbó y causó la muerte de dos personas. Posteriormente, se supo que cuatro de esas plantas se habían añadido de forma ilegal, pese a estar sujetas a inspecciones públicas.Estos derrumbes se han vuelto cada vez más comunes: entre 1990 y 2020, más de un centenar de edificaciones se vinieron abajo en el país, la mayoría en Nairobi, según un estudio de la Autoridad Nacional de la Construcción de Kenia. De los que colapsaron entre 2016 y 2019, el 65% eran residenciales. Según la Inspección Nacional de Construcción, el 77% de los edificios en el país son muy peligrosos o inseguros.Con una corrupción rampante y un desarrollo priorizado a cualquier precio, la infraestructura pública se ha deteriorado, advierten los informes. El problema, además, se hace especialmente visible durante la temporada de lluvias de este año. A medida que los promotores urbanísticos pavimentan los espacios verdes y los residuos sin recoger obstruyen el alcantarillado, aumenta el riesgo de catástrofe. Cuando llegan las lluvias torrenciales, las principales carreteras se vuelven intransitables, los edificios son arrastrados por el agua y se pierden vidas. La peor tragedia de este año se produjo en marzo, cuando más de 30 personas fallecieron en Nairobi a causa de incidentes relacionados con las inundaciones.Aumentan las demolicionesOtra mañana, los sonidos de los martillos y la maquinaria de construcción inundan el barrio obrero de Kamukunji. Pero esta vez los equipos tienen una misión distinta: demoler bloques de apartamentos construidos ilegalmente junto al río Nairobi.En la orilla recién despejada se encuentra Mumo Musuva, representante de la Comisión de los Ríos de Nairobi, un organismo gubernamental creado para recuperar los ríos de la ciudad. Habla con seguridad, tras más de dos décadas trabajando en este ámbito. “Este es el precio de la corrupción”, afirma, señalando los escombros. Explica que todos los apartamentos se construyeron ilegalmente en una llanura aluvial.Creada en 2022 para restaurar los cinco ríos principales que atraviesan el condado, la Comisión impulsa también una inversión masiva de 350 millones de dólares (unos 300 millones de euros) en infraestructura. Ya se han puesto en marcha las obras de viviendas sociales, mercados públicos y redes de alcantarillado. Sin embargo, el proyecto tiene detractores: la sociedad civil y los políticos de la oposición denuncian que las demoliciones afectan de manera desproporcionada a los más pobres.La infraestructura que ahora se está construyendo debería haberse hecho hace 30 añosMumo Musuva, representante de la Comisión de los Ríos de NairobiDe pie sobre un montón de escombros, Rose Mwangi observa cómo las excavadoras derriban lo que queda de su calle en Kamukunji. “Llegaron de repente”, cuenta, “10 días no fueron suficientes para nosotros”. A su lado, Morris Njagi asiente. A este joven de 23 años le dieron ese mismo plazo para marcharse, después de que las autoridades declararan ilegal su bloque de apartamentos. Irónicamente, ahora trabaja para el proyecto de recuperación del río, empleado por la empresa china que ha sido contratada para construir una nueva red de alcantarillado.Njagi ha oído hablar de los planes para un parque fluvial y ve cómo se construyen cerca bloques de viviendas asequibles. Pero, como la mayoría de los kenianos de su edad, no confía en el actual presidente, William Ruto, ni en su Gobierno. El mayor temor es que la infraestructura no se construya y que los promotores se apropien del terreno. “Simplemente desconfiamos”, dice Njagi. “Pero si todo va bien, estaremos de su lado”. Musuva reconoce que, aunque estas obras pueden resultar dolorosas para la población, son necesarias para recuperar el terreno perdido después de que sucesivos gobiernos hayan descuidado la planificación adecuada de una ciudad en crecimiento. “La infraestructura que ahora se está construyendo debería haberse hecho hace 30 años”, afirma. “Y la estamos construyendo pensando en los próximos 50 años”. Un futuro inciertoAunque las recientes tendencias económicas apuntan a una desaceleración en la construcción residencial, ya se ha vertido suficiente hormigón como para causar graves problemas. Omenya considera que la labor de la Comisión de los Ríos de Nairobi es un avance positivo, pero sigue escéptico sobre el compromiso de otros funcionarios del Gobierno.El 4 de junio, el director de Urbanismo de Nairobi, Patrick Analo, fue detenido en su domicilio con 500.000 dólares en efectivo, según se informó, en el marco de una amplia investigación de la Comisión de Ética y Anticorrupción sobre presuntas aprobaciones irregulares de obras. Dos días después, Analo y más de 80 personas fueron imputadas en relación con el bloque de apartamentos que se derrumbó en enero.Las detenciones han puesto de manifiesto que la corrupción ha infectado a las más altas esferas del Ayuntamiento. Tal y como se están gestionando las cosas ahora, “en realidad se está socavando la eficacia de Nairobi como ciudad normal y funcional”, afirma Omenya. “No todo está perdido, pero la situación está empeorando. Realmente está empeorando”.