¿Cuántos de ustedes viven en un infierno urbano? ¿Es decir, en una ciudad de muy alta densidad poblacional, con graves desequilibrios, múltiples carencias y polución desbocada?A juzgar por la cada vez más concurrida etiqueta Urban Hell (infierno urbano), los avernos de este tipo proliferan por doquier, de Dhaka, en Bangladés, a los suburbios de Nápoles, pasando por Temirtau, en Kazajstán, las metrópolis chinas de Zhuzou, Chongqing o Macao, las villas del Lejano Oriente ruso, el Brasil de las favelas o la periferia de ciudades tan felizmente gentrificadas como París, San Francisco, Nueva York, Londres o Sídney. Incluso las barracas del pont del Treball, en el barrio barcelonés de Sant Andreu, han merecido recientemente en redes sociales el bochornoso hashtag #UrbanHell.Ciudad de DiosAlrededor de cien siglos después de que apareciesen en el planeta los primeros asentamientos humanos de más de 2.000 habitantes, la decadencia urbana parece un fenómeno imparable, por mucho que se esfuercen en revertirlo iniciativas como el movimiento internacional smart cities. Según proyecciones de las Naciones Unidas, en torno a 2050, el planeta Tierra habrá alcanzado ya los 9.800 millones de habitantes, 6.600 de los cuáles (más del 68%) residirán en grandes aglomeraciones urbanas.Gran parte de esos terrícolas de nuevo cuño encontrarán acomodo en metrópolis que están creciendo a un ritmo frenético, como Malappuram (es posible que no hayan oído hablar de ella, pero la urbe india ha cuadruplicado su población en apenas 15 años, de poco más de un millón de vecinos a 4,2 millones), Can Tho, Suqian, Abuja o Suzhou. Cuando una ciudad entra en el carril rápido y acelera con semejante contundencia, no hay planificación urbana que resista. Lo más probable es el camino al infierno acabe pavimentado de buenas intenciones.Lo que ya no era tan de prever es que esta época nuestra se acabaría celebrando los urban hells, encontrando en ellos más un objeto de rechifla, fascinación y solaz estético que de horror o de denuncia. Basta con leer las reglas del juego del lugar en el que se generó la etiqueta, subreddit r/urbanhell, que existe desde hace ya diez años y acumula miles de imágenes de infiernos urbanos repartidos por todo el globo terráqueo. Entre las últimas, encontramos instantáneas de rincones no precisamente selectos de Cairo, Los Ángeles, Calcuta, Hong Kong, Toronto, Belgrado, San Petersburgo, Nairobi, Buenos Aires o Tlajomulco de Zúñiga, en el estado mexicano de Jalisco.Los responsables de la página reconocen que durante años se ciñeron a una política de puertas abiertas y reconocieron el carácter de infierno urbano a casi cualquiera de las ciudades que retrataban y compartían sus usuarios. Hoy, una vez alcanzados los 1,2 millones de miembros, 650.000 visitantes y 6.800 contribuciones semanales, se han vuelto bastante más selectivos. Ya solo les sirven testimonios gráficos de sitios genuinamente “espantosos” (“nadie sabe cómo es el infierno”, explican, “pero vamos a dar por supuesto que no se trata de un buen lugar”), rechazan cualquier consideración nacionalista, racista o clasista y exhortan a los miembros de la comunidad a mostrar sus propios infiernos (los que padecen a diario, no los ajenos) y hacerlo, a ser posible, con sentido del humor, ánimo constructivo e incluso algo de sensibilidad hacia su paradójica belleza.Alicia en las ciudadesPor supuesto, las percepciones de lo que resulta infernal varían enormemente de unos usuarios a otros. Tal y como destaca el canal de Youtube WorldSpire, algunos se toman la etiqueta como un punto de encuentro en el que expresar su rechazo a la arquitectura contemporánea. En especial, al brutalismo y su culto a las moles de cemento. Otros, en cambio, convierten en carne de Instagram ejemplos de urbanismo calamitoso, insensatez, impericia, desvergüenza o falta de consideración a los ciudadanos.Alan March, profesor de planificación urbanística de la Melbourne School of Design, repasó la exhaustiva galería de horrores que ofrece r/urbanhell y compartió sus conclusiones. De entrada, empezó precisando que “los expertos en planificación muy rara vez tenemos un verdadero control sobre los procesos de desarrollo urbano o una capacidad real para corregirlos: somos un actor más en un complejo proceso en el que intervienen promotores inmobiliarios, burócratas, otros departamentos de la administración local o general, políticos o agentes de interés. Ojalá pudiésemos sentarnos a planificar sin interferencias las ciudades del futuro, pero eso, por desgracia, muy rara vez ocurre”. No por casualidad, los ejemplos de abominación urbana más llamativos, como las favelas latinoamericanas, “son fruto del desarrollo espontáneo y precario, sin restricciones normativas o administrativas de ningún tipo”.Dicho esto, añade March, muchos infiernos no espontáneos son el fruto de la acción combinada de jinetes del apocalipsis como la corrupción, la incompetencia, las dinámicas especulativas, la excesiva dependencia de automóviles y, en general, estrategias de movilidad ineficientes y obsoletas, por no hablar del egoísmo y la insolidaridad, que conducen a ciudades “poco integradas, inequitativas y con servicios deficientes”, la estupidez o el simple mal gusto. No cabe duda de que Urban Hell ha conseguido un eco que trasciende las redes. En su particular selección de los infiernos urbanos recogidos por el hashtag, la revista digital Architecture and Design recorre el planeta de punta a punta apostando por cumbres del despropósito como los vertederos al aire libre de Basra, en Irak; las junglas de cemento chinas; la nube de polución que cubre los cielos de Dubái; las minas al aire libre del corazón de Mirni, en la Yakutia rusa; los arrabales misérrimos de Puerto Príncipe, en Haití, o las agresivas barreras arquitectónicas anti-indigentes de Guangzhou, un “infierno” de 19 millones de habitantes.A los redactores de la web Bored Panda les producen una mezcla de fascinación y repulsa los horrísonos muros cubiertos de grafitis de la periferia de Belgrado, los paseos marítimos de Mumbai rebosantes de basura arrojada al mar y que los mozones traen de vuelta a tierra, el desolador aspecto del puerto de Beirut, los kilométricos vertederos de Delhi o las jaulas de alquiler de un par de metros cuadrados en que se ven obligados a vivir cada vez más habitantes de Hong Kong, víctimas tanto del éxodo rural acelerado como de la atroz especulación inmobiliaria. Aunque uno de los ejemplos más elocuentes del efecto corruptor del urbanismo desaprensivo es un montaje fotográfico, también recogido por Bored Panda, que muestra el aspecto idílico que tenía a finales del siglo XIX la ciudad belga de Ostende y la descorazonadora sucursal del infierno en que se ha acabado convirtiendo.El urbanista y podcaster estadounidense Andy Boenau asume que se trata de ejemplos llamativos de una pesadilla que se ha hecho realidad, pero que puede revertirse. Tal vez no en tiranías feudales o potencias emergentes con regímenes autoritarios, pero sí en un primer mundo en el que, al menos en teoría, “los ciudadanos pueden articularse para hacer preguntas incómodas, pedir explicaciones o exigir responsabilidades”. Magro consuelo. La deriva infernal progresa y, por mucha belleza esquinada que seamos capaces de encontrar en sus manifestaciones más extremas, cada vez son más los seres humanos que se sienten atrapados en insalubres y caóticas pesadillas de la que no son capaces de despertarse.La guinda la pone Amanda Ferder, fundadora y CEO del medio online Architecture Hunter: más allá de aberraciones flagrantes y alevosas, algunos infiernos urbanos son consecuencia de “la mala arquitectura”. En especial, de la que opta por ceñirse a “modas efímeras” sin tener en cuenta que “los edificios, a diferencia de las piezas de ropa, perduran, no pueden desecharse sin más de una temporada a otra”. La mala arquitectura “tiene un impacto negativo sobre las ciudades, sabotea sus expectativas de futuro y genera desigualdades y exclusiones”. Incluso puede crear emergencias climáticas, “como ese celebre edificio londinense de fachada curva reflectante [se refiere al 20 Fenchurch Street] que amenazaba con abrasar las viviendas y automóviles circundantes con su indeseado efecto lupa”. También la arquitectura desnortada crea infiernos urbanos y condena a la gente a vivir en ellos.