La Ciudad de México comenzó a maquillarse de morado para el Mundial. Tan solo esta semana me tocó ver a trabajadores capitalinos pintando bardas y puentes mientras unos ajolotes caricaturizados y sonrientes aparecían sobre las calles. Sin embargo, hay algo profundamente incómodo en esta obsesión por pintar superficies mientras la ciudad se desmorona por debajo.Todos sabemos que el problema de esta ciudad nunca ha sido cómo se ve; el problema es cómo se vive. Mientras se afinan detalles estéticos para el escaparate internacional, miles de personas siguen atrapadas en trayectos interminables para ir a trabajar, cuidar hijos o acceder a servicios básicos. Un estudio del Observatorio de Ciudades del Tecnológico de Monterrey, publicado en 2023, reveló que apenas el 3.61% de niñas y niños menores de cinco años viven en una “ciudad de 15 minutos”, donde escuelas, hospitales, unidades médicas y parques se encuentran cerca de casa. El resto habita ciudades donde vivir lejos se convirtió en una condena cotidiana. Hay algo profundamente simbólico en esa cifra: nuestras ciudades fueron diseñadas para mover automóviles y capital, no para sostener la vida.Quienes más resienten esa fractura son las mujeres. Las ciudades siguen construidas desde una lógica masculina: salir de casa, ir al trabajo y volver. Pero la realidad de millones de mujeres es distinta. La movilidad de los cuidados no es lineal; es fragmentada, agotadora y casi siempre invisible para quienes planean las ciudades.Mucho se ha hablado del morado que ha inundado la Ciudad de México, pero seamos claros, el problema de fondo no son unas bardas moradas. El problema es el modelo de ciudad que construimos durante décadas. Una ciudad donde vivir cerca del trabajo se volvió un privilegio inaccesible, donde el transporte público funciona al límite mientras millones de personas pasan horas atrapadas en traslados agotadores. Donde el concreto desplazó árboles hasta convertir el calor en otra forma de desigualdad. Una ciudad cada vez más cara, más hostil y más diseñada para la especulación inmobiliaria que para quienes la habitan.Por eso resulta tan revelador que, frente al Mundial, la respuesta institucional vuelva a concentrarse en lo superficial. Pintar bardas, embellecer avenidas. Esconder el deterioro detrás de proyectos cosméticos que producen fotografías atractivas, aunque no transformen la experiencia cotidiana de quienes habitan la ciudad. Es la lógica perfecta de nuestra época: administrar percepciones antes que atender problemáticas.Quizá el problema no sea que la ciudad se maquille para el Mundial. El problema es que llevamos años intentando cubrir con pintura las grietas de un modelo urbano profundamente agotado. El Mundial terminará antes de que nos demos cuenta. Los ajolotes pintados sobre las calles comenzarán a despintarse y ese morado vibrante terminará convertido en un lila opaco. Pero después de la fiebre mundialera, millones de personas seguirán despertando todos los días en una ciudad diseñada para producir agotamiento. Lo que vivimos diariamente es la consecuencia acumulada de décadas construyendo una ciudad pensada para mover coches, atraer inversión y administrar la imagen urbana, antes que para sostener la vida de quienes la habitan.Y, sin embargo, no todo está perdido. Otras ciudades han demostrado que es posible construir espacios más caminables, verdes y habitables; ciudades donde el transporte público, los árboles y la cercanía importan. El reto está en dejar de maquillar la ciudad que tenemos y comenzar, por fin, a construir la ciudad que necesitamos.Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
Maquillar (de morado) el caos, escribe Melissa Ayala
La Ciudad de México comenzó a maquillarse de morado para el Mundial. Tan solo esta semana me tocó ver a trabajadores capitalinos pintando bardas y puentes mientras unos ajolotes caricaturizados y sonrientes aparecían sobre las calles. Sin embargo, hay algo profundamente incómodo en esta obsesión por pintar superficies mientras la ciudad se desmorona por debajo.Todos sabemos que el problema de esta ciudad nunca ha sido cómo se ve; el problema es cómo se vive. Mientras se afinan detalles estéticos para el escaparate internacional, miles de personas siguen atrapadas en trayectos interminables para ir a trabajar, cuidar hijos o acceder a servicios básicos. Un estudio del Observatorio de Ciudades del Tecnológico de Monterrey, publicado en 2023, reveló que apenas el 3.61% de niñas y niños menores de cinco años viven en una “ciudad de 15 minutos”, donde escuelas, hospitales, unidades médicas y parques se encuentran cerca de casa. El resto habita ciudades donde vivir lejos se convirtió en una condena cotidiana. Hay algo profundamente simbólico en esa cifra: nuestras ciudades fueron diseñadas para mover automóviles y capital, no para sostener la vida.Quienes más resienten esa fractura son las mujeres. Las ciudades siguen construidas desde una lógica masculina: salir de casa, ir al trabajo y volver. Pero la realidad de millones de mujeres es distinta. La movilidad de los cuidados no es lineal; es fragmentada, agotadora y casi siempre invisible para quienes planean las ciudades.Mucho se ha hablado del morado que ha inundado la Ciudad de México, pero seamos claros, el problema de fondo no son unas bardas moradas. El problema es el modelo de ciudad que construimos durante décadas. Una ciudad donde vivir cerca del trabajo se volvió un privilegio inaccesible, donde el transporte público funciona al límite mientras millones de personas pasan horas atrapadas en traslados agotadores. Donde el concreto desplazó árboles hasta convertir el calor en otra forma de desigualdad. Una ciudad cada vez más cara, más hostil y más diseñada para la especulación inmobiliaria que para quienes la habitan.Por eso resulta tan revelador que, frente al Mundial, la respuesta institucional vuelva a concentrarse en lo superficial. Pintar bardas, embellecer avenidas. Esconder el deterioro detrás de proyectos cosméticos que producen fotografías atractivas, aunque no transformen la experiencia cotidiana de quienes habitan la ciudad. Es la lógica perfecta de nuestra época: administrar percepciones antes que atender problemáticas.Quizá el problema no sea que la ciudad se maquille para el Mundial. El problema es que llevamos años intentando cubrir con pintura las grietas de un modelo urbano profundamente agotado. El Mundial terminará antes de que nos demos cuenta. Los ajolotes pintados sobre las calles comenzarán a despintarse y ese morado vibrante terminará convertido en un lila opaco. Pero después de la fiebre mundialera, millones de personas seguirán despertando todos los días en una ciudad diseñada para producir agotamiento. Lo que vivimos diariamente es la consecuencia acumulada de décadas construyendo una ciudad pensada para mover coches, atraer inversión y administrar la imagen urbana, antes que para sostener la vida de quienes la habitan.Y, sin embargo, no todo está perdido. Otras ciudades han demostrado que es posible construir espacios más caminables, verdes y habitables; ciudades donde el transporte público, los árboles y la cercanía importan. El reto está en dejar de maquillar la ciudad que tenemos y comenzar, por fin, a construir la ciudad que necesitamos.Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.










