La pregunta acerca de si la inteligencia artificial (IA) debía entrar a la escuela ha perdido sentido en el último tiempo: ya no discutimos si incorporarla, sino cómo hacerlo sin perder lo que vuelve humana a la enseñanza, y potente el aprendizaje. Y ese desplazamiento, que parece sutil, nos obliga a repensar el rol del equipo directivo en la gestión diaria de la escuela. No es la primera vez que aterriza un dispositivo (tecnológico o no) prometiendo revolucionar el aula. En este sentido, por un lado, la velocidad, la escala del cambio y oscuridad que caracteriza al mundo tecnológico actual claramente presenta desafíos; sin embargo, por otro lado, la creciente evidencia del potencial del liderazgo directivo para transformar los aprendizajes (como lo han demostrado —entre otros— Leithwood y Grissom) nos habla del rol determinante que pueden tener quienes conducen las escuelas en decidir cómo integrar la IA. La manera en que un director o una directora decida —o no decida— incorporar la IA a la gestión pedagógica, organizacional y vincular de su institución no es un detalle técnico. Es, a todas luces, una decisión de liderazgo con consecuencias sobre los aprendizajes de sus estudiantes.