Antonio era apenas un niño cuando empezó a trabajar el barro. Hacía 500 botijos cada día. Ahora tiene 84 años y, aunque sigue trabajando sin descanso, apenas hace un botijo al mes. El oficio de la alfarería ha cambiado tanto en los últimos años que apenas quedan alfareros tradicionales. En Navarrete, uno de los pueblos de España con mayor tradición alfarera, los cambios se han ido reflejando en el cierre de alfarerías y en la reconversión de la producción en las que todavía se mantienen.
Antonio Naharro es una institución en el mundo del barro y ha sido testigo directo de la evolución del sector. En sus orígenes, las piezas se hacían para un uso cotidiano. “Todo el mundo tenía en casa un botijo, una tinaja y un orinal de barro, los hacíamos sin parar”, recuerda. Sin embargo, ahora, quien busca una de esas piezas es desde la pura nostalgia o el interés etnográfico.
“A la fuerza hemos tenido que ir renovando el negocio a medida que se renueva la demanda”, explica Marta Merino García, de la empresa La Sobre.mesa, y colaboradora directa de Antonio desde hace siete años. “No podemos mantener un oficio como si fuéramos Copito de Nieve para que la gente venga a vernos”, añade, “hay que vender, y para eso hay que adaptarse a los cambios de demanda”.









