Bañarse para asearse y bañarse por ocio, dos historias entrelazadas que llegan hasta nuestros días. Distintos baños públicos y privados habían surgido en la ciudad de Madrid, sobre todo, desde el siglo XVIII. Estos baños, que tomaban el relevo de los que los madrileños habían tomado en el cauce del Manzanares, tenían una vocación terapéutica y evolucionaron en las primeras piscinas de la capital, como El Niágara, situada en la Cuesta de San Vicente. Pero una cosa era disfrutar de los beneficios relajantes de las aguas, y otra muy distinta lavarse.

Durante los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera y los primeros de la Segunda República, el Ayuntamiento de Madrid se tomó en serio la misión higienizadora de construir casas de baño en los barrios populares y obreros en crecimiento. Sin embargo, después del primer impulso, la misión quedó a medias, como veremos, e incluso algunas de las que se proyectaron, como la del barrio del Pacífico, no llegaron a ver la luz.

El 11 de abril de 1928 se abrió la nueva casa de baños de la glorieta de Embajadores, que la prensa saludaba –por boca del alcalde– como una casa de baños “para los humildes”. El emplazamiento, en el popular barrio de Lavapiés, no era casual