A las nueve y media de la mañana, varios adolescentes se tiran al agua dando una voltereta en el aire mientras en el otro extremo de la estructura de hormigón una anciana toma el sol y un cuarentón multitatuado baja al agua salada por una escalera vertical. La nueva gran piscina pública de Barcelona se confunde con el mar. En la zona de baños del Fòrum, unas gradas y una plataforma de madera dan acceso a un archipiélago sólido entre espacios líquidos, por los que da gusto nadar. Al fondo, la isla Pangea es todavía un proyecto de bloques de piedra y arena, con vocación de reserva de la biodiversidad.El acceso está mal señalizado. El ambiente es todavía provisional. Pero el lugar tiene algo de manifiesto: el litoral de Barcelona va a ser al fin una unidad. Si la Diagonal tardó 150 años en llegar al mar, no es extraño que durante más de veinte años el Fòrum no haya estado conectado con el resto de la costa urbana. Unos cientos de metros más allá de las piscinas saladas, las obras en marcha –en lo que durante décadas ha sido un parking de tierra con botellones los domingos por la tarde, el último episodio de una larga historia de chabolismo y abandono en este extremo de la metrópolis– anuncian ahora esa inminente conexión entre el macroescenario del Cruïlla y el Primavera Sound, con la gran pérgola fotovoltaica al fondo, y el polideportivo de la Mar Bella. Ya se ha pavimentado una parte, se han construido sombras artificiales y se ha estrenado un gran campo de voley playa, con una arena blanquísima, caribeña, que pone en evidencia la que, justo en frente, sacan del fondo del mar para compensar la erosión de la playa de Llevant.En breve será posible caminar seis kilómetros a orillas del mar, cuando se complete la plataforma marina del FòrumDe modo que en breve será posible caminar cerca de seis kilómetros atravesando, a orillas del Mediterráneo, el gran parque público del distrito de Sant Martí, el Port Olímpic con el Balcó Gastronòmic y su nuevo y fabuloso paseo del Rompeolas y la Barceloneta. Un paseo privilegiado desde el Museu Blau, esa obra de los arquitectos Herzog & Meuron que congela un triángulo de mar y lo convierte en el Museu de Ciències Naturals de Barcelona –que acoge la exposición permanente Planeta Vida y la temporal Animales invisibles– , hasta el hotel Vela, de Ricardo Bofill, que cuenta con penthouses a 10.000 euros la noche. Una caminata que, al tiempo que resume las contradicciones de Barcelona, permite comprobar que la ciudad está culminando un proceso histórico: el de acoger el mar.Un joven se lanza al agua en la zona de baños del Fòrum, una gran piscina de agua salada al aire libre; al fondo, el hotel WXavier CerveraEn el Fòrum, el Parapeto de las ejecutadas y ejecutados. 1939-1952 , un mural de 55 metros con los nombres de las 1.706 víctimas de los fusilamientos franquistas del Camp de la Bota, convive con las tirolinas y los puentes colgantes del Bosc Urbà. La memoria histórica y el ocio diseñado están en tensión en todo el litoral. En las dunas de césped del parque del Poblenou se reciclaron en la época de los Juegos Olímpicos travesaños de las antiguas vías de tren y restos del Ashraf II , un barco naufragado de bandera libanesa, mientras se dejaba para una pequeña placa en el muro del cementerio la memoria de la playa del Somorrostro, en cuyas barracas de madera nació la bailaora Carmen Amaya. La magnética instalación escultórica Una habitación en la que siempre llueve , de Juan Muñoz, en la playa de Sant Miquel de la Barceloneta, con esos cinco personajes encarcelados, mientras a su lado pasan legiones de turistas hacia las sesiones de tardeo con dj se revela como una metáfora inquietante. ¿Pero de qué?Las playas de Nova Icària, Bogatell, Mar Bella y Nova Mar Bella, con la placa del Fòrum al fondoXavier CerveraSi exceptuamos los chiringuitos, restaurantes y clubs, a todas luces exclusivos, con precios cada año más elevados, la playa de Barcelona es muy inclusiva. El nudismo tiene su paréntesis de intimidad entre el Club Nàutic del Poblenou y el chiringuito BeGay. Los amantes de los perros cuentan con su rincón en la de Llevant (1.250 metros cuadrados para 140 personas y 60 mascotas). Todas las edades, todos los deportes son bienvenidos, desde el ping-pong, el atletismo y el voley, hasta el ciclismo, la natación o la vela. Cada mañana a las diez, varias decenas de jubilados hacen gimnasia alrededor de las sillargas y sicurtas , el conjunto de tumbonas y sillas de hormigón monobloc que donó la empresa Escofet al espigón de la Mar Bella (y que aparece en el documental Mercado de futuros de Mercedes Álvarez), y durante todo el día los gimnasios al aire libre, más o menos ruidosos o musicales, convocan músculos de todas las edades.Museos, cine o esculturas frente al marLa costa de Barcelona está llena de propuestas culturales. Frente al mar están el Museu Blau o Museu de Ciències Naturals de Barcelona, así como el KBr de la Fundación Mapfre, especializado en fotografía, el Museu d’Història de Catalunya o, en las Drassanes, el Museu Marítim de Barcelona. También hay varias esculturas repartidas por el litoral, de Una habitación donde siempre llueve, de Juan Muñoz, al Estel ferit de Rebecca Horn o el Pez dorado de Fank Gehry. Sin olvidarse del patrimonio histórico, como la torre de les Aigües de la Catalana de Gas o los restos del Ashraff II. En verano se suma una propuesta cinematográfica con el Cinema Lliure a la Platja los jueves.Donde encontramos más emoción y más verdad, sin embargo, es en los puntos de zonas de baño adaptadas. Las pasarelas unen la pérgola donde se deja la silla de ruedas con el agua en que, niñas y ancianos con movilidad reducida se refrescan y disfrutan en flotadores especiales y sillas anfibias. Esos hombres y mujeres jóvenes, vestidos de azul, que los asisten, podrían protagonizar una versión actualizada, quizás menos sexy pero sin duda mucho más interesante y ética, de Los vigilantes de la playa.La escultura 'L’estel ferit' de Rebecca Horn en la playa de la BarcelonetaAna JiménezCaminando, corriendo o en bicicleta, la fragancia de las flores y de los pinos, las risas o el sudor de la gente, el sol y la brisa: todo se vive con la intensidad de la presencia. Desde el mar, con distancia, en cambio, todo ese trajín humano se ve como un extraño y entrañable decorado animado, un tanto ajeno. Porque esos seis kilómetros del litoral barcelonés también se pueden recorrer a través del agua, al otro lado de las líneas de boyas amarillas que delimitan la presencia de nadadores y bañistas.Desde el Fòrum hasta el hotel Vela se tarda alrededor de una hora remando en lo alto de una tabla de surf de remo. Aunque siempre hay algún motopapi adicto a la velocidad que no ve nada en su moto acuática de alquiler (y hasta una patrulla de motopolis que vigilan las aguas); y grupos de turistas que se agarran desesperadamente a los asideros del churro arrastrado por la lancha motora; en el medio líquido, con su oleaje casi siempre tímido, predomina la lentitud. El skyline de Barcelona, reflejado en su espejo líquido, se observa desde los kayaks, canoas, veleros y golondrinas. Por el sol, la sal y la brisa, el tiempo se vuelve vaporoso en el mar; los bañistas, una masa desdibujada; la ciudad, ajena.Unos niños practican paddle surf frente a la costa de BarcelonaAndrea MartínezEl aire es el espacio de las gaviotas; los espigones, de los cormoranes. Aunque haya más de mil especies marinas, sin ponerse las gafas de buceo solo se ven unas pocas a través del agua por lo general transparente: bancos de palometas y lisas, algunos erizos adheridos a los bloques de roca cercanos a los espigones y medusas clavel (Pelagia noctiluca), luna (Aurelia aurita) y pulmón de mar (Rhizostoma pulmo), mis favoritas: esa natación de sístole y diástole, esa fisonomía blaquiazul y extraterrestre.Una sala de la muestra 'Animales invisibles' en el Museu BlauMiqquel González / ShootingA esa población natural se le añaden dos especies tecnológicas. Desde el surf de remo se pueden observar de cerca las boyas inteligentes que miden la intensidad de las olas y la temperatura del agua, y las balizas luminosas que te recuerdan que estás a unos doscientos metros de la costa. A esa distancia, entre semana ves un metro o dos entre quienes toman el sol; los sábados y domingos, una cierta congestión; siempre los mismos edificios reconocibles y verticales en primer y segundo plano y el perfil montañoso al fondo, y ahora una única sucesión de paseos marítimos. Todo eso se refleja en el espejo líquido, vibrante, borroso. Parece mentira, a veces, Barcelona.
Una ruta para descubrir el litoral de Barcelona: playas y zonas de baño, museos, esculturas...
Del Fòrum al hotel Vela, un paseo a pie, en bicicleta o en surf de remo para redescubrir las playas, así como los museos, esculturas, parques y otros espacios curiosos de la costa de la ciudad










