La infancia se quedó encerrada en unos dientes durante casi dos siglos y ahora está obligando a revisar por dónde empezó la esclavización de cientos de africanos. El esmalte de 152 personas enterradas en Santa Elena conserva señales químicas de los territorios donde crecieron, y ese archivo biológico ha permitido rastrear desplazamientos que comenzaron mucho antes de llegar a los barcos negreros.

El estudio, firmado por Xueye Wang y otros investigadores, ha unido esos rastros con ADN antiguo y registros históricos para reconstruir trayectorias que habían quedado sin nombre.

El estroncio permite seguir los cambios de residencia desde la niñez

Vicky Oelze, profesora del Departamento de Antropología de la Universidad de California en Santa Cruz y coautora del trabajo publicado en Science, explica que los dientes se forman durante la infancia y la adolescencia e incorporan la firma isotópica del lugar donde vive cada persona.

Según la investigadora, “los dientes sirven como un archivo biológico de la vida temprana de una persona, preservando información sobre dónde pasó su infancia y adolescencia”. Los valores de estroncio 87Sr/86Sr permiten distinguir entornos geológicos y seguir cambios de residencia registrados en piezas formadas a edades diferentes.