Miércoles 24 de junio, última sesión de control al Gobierno antes del cierre veraniego del Congreso. La corrupción, protagonista. Con desatada velocidad verbal, el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, recita un totum revolutum de casos del PP, “la Gürtel, la Lezo, la Púnica, la Kitchen”, para luego jalonar su intervención de nombres bien conocidos: los de dos exministros populares condenados, Eduardo Zaplana y Rodrigo Rato, el de otro que está siendo juzgado, Jorge Fernández Díaz, el de otro que está siendo investigado, Cristóbal Montoro, más el de un expresidente madrileño que previsiblemente se sentará el año que viene en el banquillo, Ignacio González. No para de nombrar casos y políticos. “Me falta el aire”, resopla para ilustrar el desafío de repasar los casos de corrupción que afectan al PP.Las palabras del diputado sobre el PP, aunque incluidas en una intervención crítica con el Gobierno por instalarse —dijo— en el “y tú más”, ejemplifican un fenómeno frecuente en el debate sobre la corrupción: con el PSOE corriendo para apagar fuegos por casos judiciales, son numerosas las voces que recuerdan que su principal alternativa, el PP, también tiene difícil dar lecciones.Es uno de los consuelos que le quedan a los socialistas, que ven cómo fuerzas de izquierdas y nacionalistas emplean el mismo recurso que Rufián: después de atacar al PSOE por sus escándalos, enfatizan el escaso crédito del PP como estandarte anticorrupción. El propio presidente, Pedro Sánchez, tiraba de ese repertorio en el mismo debate en el Congreso. “No mientan afirmando que este es el Gobierno más corrupto de la historia cuando ustedes tienen más de 30 casos abiertos con 150 implicados”, le soltó al líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. La proliferación de mensajes así pone de relieve que la corrupción es para el PP un arma de doble filo. Por un lado, es el principal ariete para su tarea de oposición, retomado con brío tras las condena al hermano de Pedro Sánchez. Por otro, multiplica el ya de por sí enorme protagonismo de un tema que presenta contraindicaciones para el PP, partido que no es reconocido —ni por la mayoría de las fuerzas políticas, ni por los votantes de dichas formaciones, ni por sus índices de calidad democrática— como una autoridad para solucionar el problema, lo cual estrecha su margen para aprovechar en beneficio propio la erosión del PSOE.Un malestar difícil de capitalizarCon el PSOE en plena crisis por la acumulación de casos judiciales, el PP sigue en las encuestas por debajo de su resultado de las generales de 2023. Es una constante detectada por los sondeos: si Feijóo está ahora más cerca de La Moncloa, no es por los números del PP, sino por la subida de Vox, sumada al retroceso del PSOE y de la izquierda alternativa. Los datos disponibles muestran que el PP está lejos de ser el principal beneficiario de las fugas de voto socialista tras los últimos escándalos de corrupción. Según la media del CIS y 40dB., comparando mayo y julio —es decir, antes y después de la imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, la impactante imagen de la entrada de la UCO en Ferraz por el caso Leire y la sentencia del caso Mascarillas que ha condenado el exministro y exdirigente socialista José Luis Ábalos—, el trasvase del PSOE al PP ha subido menos de medio punto, proporcionalmente menos de lo que lo ha hecho a los partidos a la izquierda de los socialistas y a la bolsa de los indecisos. La subida del trasvase del PSOE al PP es tímida pese a que baja el voto socialista que va a Vox y a Se Acabó la Fiesta, una caída que los populares no logran capitalizar. El espacio que en conjunto sale mejor parado de las salidas de voto socialista es la izquierda alternativa, sobre todo Sumar, pero no por ello logra alcanzar un pico en una trayectoria global declinante.Con prudencia por la cantidad de casos abiertos que pueden deparar novedades, Víctor Pérez Guzmán, director del centro de investigación Ateneo del Dato, cree que los números muestran que la erosión del PSOE se produce sin que haya “ningún actor que salga claramente beneficiado”. “En 2015 sí había dos partidos nuevos con un discurso centrado en la regeneración, Podemos y Ciudadanos, que capitalizaban el descontento. Ahora no es fácil identificar esa figura”, señala. Coincide Eli Gallardo, autor de El año que votamos peligrosamente (Rapitbook, 2024), que ha analizado los cambios introducidos en el sistema de partidos por la llamada “nueva política”. A su juicio, ni siquiera “con Vox frenando su ascenso y habiendo perdido atractivo como opción antipolítica al entrar en cuatro gobiernos con el PP”, los de Feijóo son capaces de capitalizar el descontento. ¿Por qué? “Porque el PP no es percibido como capaz de limpiar la corrupción”, responde Gallardo sobre una formación que, en la última clasificación de calidad democrática de los partidos, publicada en junio por la asociación +Democracia, obtiene 2,9 puntos, siendo la media 5,7 y la nota del PSOE 3,6. Solo Vox queda peor que el PP en un ranking de 17 partidos.Los partidos y la corrupciónLa escasa autoridad del PP como fuerza llamada a “devolver la decencia” a la política española —como promete su presidente— se la muestran no solo los portavoces de la mayoría de las formaciones en el Congreso, que se han llegado a referir al de Feijóo como el “partido de la Gürtel”, sino también una parte significativa de los votantes. En una encuesta de Ateneo del Dato realizada en junio en pleno chaparrón de noticias judiciales golpeando al PSOE, el PP es citado como el partido más asociado a la corrupción por la mayoría de los votantes de todas las fuerzas con grupo parlamentario, salvo el propio PP y Vox. Entre los seguidores de estas dos fuerzas, logran que el PSOE salga como el partido más asociado a la corrupción, pero ello no oculta que el PP recibe un no mayoritario como posible encargado de la regeneración.“El PP tiene difícil decir: ‘Vamos a convocar elecciones porque ha habido corrupción’. Ellos mismos perdieron su último gobierno por una sentencia [del caso Gürtel]. De ahí viene en parte la situación de bloqueo y la imposibilidad de articular una moción de censura”, señala el director de Ateneo del Dato, para quien la falta de “galones” contra la corrupción impide al PP darle la vuelta a unas percepciones en su contra que están tanto “mediadas por la ideología” de los entrevistados como condicionadas por la historia reciente del partido. Una historia que hace que si un portavoz del PP exige a un socio del PSOE que contribuya a tumbar a Sánchez por el caso Mascarillas, es usual que le recuerden que el PP tiene su propio caso Mascarillas en Almería; si habla del caso Leire, no es raro que le señalen el caso Kitchen; si apela al caso Begoña Gómez, puede oír cómo le replican con el caso González Amador; si clama contra el Gobierno por denunciar persecución judicial, le recuerdan que al estallar el caso Gürtel Mariano Rajoy solemnizó: “No es una trama del PP, es una trama contra el PP”.Hay otro factor que limita el calado del discurso anticorrupción del PP. Más del 65% de los ciudadanos consideran que existe lawfare o guerra política por medios judiciales. Y el porcentaje de los que creen que se usa sobre todo contra el Gobierno y los partidos de izquierdas (28%) está cerca de doblar al de quienes consideran que su principal víctima son fuerzas de derechas (14,8%). Los que piensan que los jueces tienden a favorecer a la derecha (34,1%) también superan con holgura a los que creen que lo hacen con la izquierda (16,3%), todo ello según una encuesta de primeros de julio de 40dB. Aunque las respuestas están muy marcadas por la ideología, la percepción general se inclina algo más hacia la conclusión de que la justicia es menos justa con las fuerzas progresistas. Los datos de liderazgo de Feijóo tampoco son los más propicios para quien quiere presentarse como una alternativa regeneradora frente a un jefe del Gobierno que describe como desacreditado. El presidente del PP ha caído entre mayo y julio —antes y después del agravamiento de la corrupción que afecta a PSOE— en dos de los tres principales indicadores de liderazgo —confianza y valoración— y solo ha subido levemente en uno —deseo de que sea presidente—. A pesar de que Pedro Sánchez ha caído en los tres, el líder del PP sigue claramente por debajo del secretario general del PSOE.“Todos son iguales”A pesar de todas estas grietas en su cruzada anticorrupción, el politólogo Eli Gallardo cree que el PP sale ganando con su ofensiva. “Aunque de momento no la rentabiliza directamente, el PP mejora su posición porque el PSOE se desgasta y los socios del PSOE se pueden desgastar también. Una vez que el PP ha asumido públicamente que está dispuesto a gobernar con Vox [en España], no le hace falta crecer mucho, sino que la suma con Vox le dé. Pues bien, la corrupción en el PSOE facilita esta suma. Así que al PP le conviene que se hable de corrupción. No solo por el debilitamiento del PSOE y de sus rivales, sino porque en las generales podría hacer algo de pesca de arrastre con los votantes del PSOE ahora indecisos”, resume. El sociólogo Carlos M. Abella sostiene que el PP no aspira a presentarse como contraejemplo virtuoso del PSOE, sino a “extender la mancha” de la corrupción y la idea de que “todos los partidos son iguales”, algo que —afirma— “penaliza electoralmente” más a la izquierda. Su “estrategia extrema” de ataque al PSOE, señala el consultor político, tiene como objetivo no la movilización propia, sino la “desmovilización del electorado de izquierda”, suficiente para que le den los números para llegar a La Moncloa de la mano de Vox. Partiendo de esa premisa, “para el PP perder por poco o empatar en la percepción ciudadana de corrupción se traduciría en una victoria electoral”, añade. El director de la consultora AV cree que el riesgo que corren Feijóo y los suyos es que “el votante progresista perciba” que en esta ofensiva “se han traspasado líneas rojas”, lo que podría provocar en este electorado un efecto contrario al buscado por el PP.