—¿Por qué la economía sexual? ¿Qué lo llevó a plantear ese eje como punto de partida de su investigación, en lugar de abordar el sexo y la familia como un tema más dentro de la economía? —La razón para usar el sexo como eje de una teoría económica es que el capitalismo se comprende mejor a través de cierta pereza de nuestro pensamiento crítico. Tenemos fórmulas hechas para decir qué está mal en el capitalismo: que convierte todo en mercancía, que convierte todo en relaciones de mercado, etcétera. Hay una miopía sorprendente en ese razonamiento, porque en cualquier economía tradicional, en cualquier economía que no sea el capitalismo, el matrimonio se entiende como una institución económica, como un intercambio. Y es en el capitalismo, de todos los regímenes económicos, donde el matrimonio o la familia no deben verse como una institución económica, como una transacción. Sería ingenuo pensar que la extracción del matrimonio del mundo del intercambio pudo haber ocurrido sin transformar radicalmente todas las realidades económicas, sin transformar todos los conceptos económicos, sin transformar la propiedad, el intercambio, el dinero. Por esa razón, el matrimonio, la familia, el amor y el sexo deberían ser la base de una teoría económica del capitalismo. —En su lectura, el deseo no es un agregado externo al dinero sino algo constitutivo de su naturaleza. ¿Cómo llegó a esta idea a partir de autores como Marx, Veblen y Weber?
Noam Yuran:“La propiedad no se trata de tener cosas: desde su origen se trata de tener más cosas que otros”
El economista israelí y profesor en la Universidad Bar-Ilan plantea una idea que desafía el sentido común económico: el capitalismo no puede entenderse sin el sexo. En su libro “La economía sexual del capitalismo”, sostiene que el matrimonio, la familia, el amor y la prostitución, al ser excluidos del mercado, obligan a repensar toda la infraestructura teórica de la economía. Retomando a Marx, Veblen y el psicoanálisis lacaniano, argumenta que el dinero capitalista se define precisamente por su relación con aquello que no puede comprar, y que ese vínculo es el que erotiza mercancías, marcas y tecnologías. Una conversación en la que la teoría económica se cruza con el deseo, la propiedad y el lugar de las mujeres en el capitalismo contemporáneo.











