Juan Linz escribió uno de los ensayos políticos más contundentes para problematizar sobre los distintos regímenes de gobierno. En Los peligros del presidencialismo, el gran maestro español de las ciencias sociales advirtió que la arquitectura del sistema presidencialista, que se sostiene en otorgar todo el poder al Ejecutivo durante un tiempo acotado, guarda el germen de su propia destrucción: si un jefe de Estado no puede acceder a un nuevo periodo, pierde su poder el mismo día en el que se confirma que su mandato tiene fecha de vencimiento. A diferencia de lo que ocurre en un sistema parlamentarista, en el que un primer ministro puede renovar su gestión sin límites pero, a la vez, debe estar siempre preocupado por un posible voto de censura, Linz indicó que la prohibición de la reelección en un sistema presidencialista, no solo priva al electorado de un instrumento de sanción contra ese gobernante, que ya no deberá enfrentarse a una elección, sino que lo más grave es que desde el momento en el que la puerta se cierra para un nuevo periodo, al presidente en ejercicio queda reducido a una figura decorativa. Un presidente que no puede repetir gobierno deja de prometer horizonte: no puede ofrecer lugares en las listas, no puede garantizar ninguna continuidad en el sector público y no puede administrar el mañana. En términos concretos, aunque aun la mantiene, todos, sean oficialistas u opositores, saben que perdió el control de la lapicera. El mandato fijo protege a un presidente de la caída anticipada, pero a su vez, la imposibilidad de volver a competir le quita aquello que en política sostiene toda obediencia: la expectativa de futuro.