A Javier Milei le hubiera gustado subordinar todo lo demás a su voluntad de alcanzar los objetivos económicos que se ha propuesto, pero no tardó en darse cuenta de que el gobierno que encabezaba no podría pasar por alto una multitud de temas que no se prestan a las ecuaciones matemáticas de los libros de texto que lo fascinan. Optó por dejarlos en manos de su hermana Karina que, para consolidar el poder que le había cedido, intentaría hundir a sus presuntos rivales, comenzando con el gurú presidencial Santiago Caputo, desatando así una serie de conflictos internos muy costosos que provocarían una caída abrupta del nivel de popularidad del presidente.

Si sólo tienes una motosierra, todo se parece a un arbusto ramoso que necesita ser podado. Aunque a inicios de su gestión Milei hizo de la pulverización de la inflación su meta principal y, por un rato, sus proezas en la batalla contra aquel mal que tantos problemas provocaba le reportarían muchos beneficios políticos, finalmente entendió que para conservarlos tendría que suplementarlos con otros logros que no podría conseguir reduciendo el gasto público. Mal que le pese, un presidente no puede limitarse a manejar las finanzas nacionales como si fuera un funcionario del ministerio de Economía, y su actuación como un rockstar de “la derecha” internacional ya motiva más extrañeza que adhesiones al movimiento político así denominado